Adrián Tarín, Observatorio Eurasia ::: El miedo al avance del ideario panturquista pudo llevar a los gobiernos zaristas y soviético a poner en marcha políticas que fomentaban el nacionalismo étnico.

Como ya se ha apuntado en no pocas ocasiones, durante la época soviética se sucedieron diferentes políticas de fomento de un nacionalismo étnico como elemento desestabilizador de los pueblos musulmanes. A resultas inmediatas, esta estrategia tuvo una efectividad aparentemente notable: las comunidades islámicas de Asia Central y el Cáucaso, cada una en su propia medida, fueron sometidas culturalmente y convivieron, fuera o no de manera forzada, bajo las fronteras administrativas de la Unión durante sus casi setenta años de existencia. No obstante, abordando el fenómeno desde la posición que proporciona el paso del tiempo y desde un intento de mirada no occidental, cabe la posibilidad de concluir que podría haberse incurrido no sólo en un crimen sociocultural, sino también en un error político; en otras palabras: quizá, no era necesario.

Tradicionalmente, la población musulmana eurosasiática se encontraba mayoritariamente adscrita al ideario panturquista, lo cual encendió las alarmas del poder zarista primero y, posteriormente, del soviético. La formación de un gran Estado turco resultaba un obstáculo geoestratégico para las pretensiones imperiales rusas/soviéticas. Sin embargo, el concepto islámico de la nación puede ser diferente al occidental, al priorizar éste a la religión y a la cultura asociada a la religión antes que al Estado y su soberanía. Millet, voz turca de la palabra árabe millah -traducido habitualmente como ‘nación’-, comprende la unión bajo una misma administración religiosa de la comunidad islámica (también de otras confesiones). Teniendo en cuenta que para algunos creyentes el Islam es definido como un sistema antes que como una religión, puesto que les dota de un estilo de vida que rige cualquier dimensión (desde la vestimenta hasta el sistema legal), el millet puede no ser más que un gobierno dentro de otro, un sistema aparte, lo cual implicaría que la comunidad islámica podría haber convivido dentro de los dominios de la URSS sin tener aspiraciones a nada más. Este panturquismo podía no ser otra cosa que una aplicación del millet, algo semejante al panislamismo pero con connotaciones culturales turcas, una visión que compartían los pueblos de Asia Central: la unión religiosa (y cultural, por ende) de la umma, compatible con la cohabitación soviética.

Tanto la represión abierta ejercida por Iván el Terrible, Alejandro I o Stalin, como la rusificación lingüística y cultural orquestada por Catalina II o el primer bolchevismo, fueron los detonantes de los movimientos de resistencia islámica que tuvo que sufrir la URSS en la primera mitad de su andadura, dada la simbiosis existente entre etnia, cultura y religión para el mundo islámico, por encima del concepto de nación occidental. Tanto los jadids, el movimiento reformista heredero de la salafiyya que revolucionó el mundo islámico en siglos anteriores, como los basmachis (concepto no utilizado por la resistencia, ya que traducido podría significar ‘bandidos’), más conservadores y contundentes en su lucha, se rebelaron contra el poder soviético considerándolo extranjero, no por una cuestión de banderas, sino por un sentimiento de agresión cultural. Las leyes soviéticas impedían el desarrollo del millet, su autoridad dentro del mundo islámico, torpemente sustituido por el muftiado oficial. Tal es así que uno de los líderes más reconocido de la insurgencia basmachi, Enver Pasha, era de origen turcomano y panturquista, en la línea antes comentada.

Por ello, a la vista de la actual geografía centroasiática, caucásica y, en particular, del conflicto checheno-ingusetio-daguestano, hay razones para considerar un fracaso la estrategia soviética de entender que el nacionalismo islámico implicaba la secesión y que, por ello, había que dividir a la ummaa través de la difusión de naciones y lenguas artificiales, puesto que precisamente esto insufló la oleada de independentismos de los años 90. Además, desde la llegada al poder de Atatürk en Turquía en los años 20, apenas tenía sentido considerar la creación de un Turkestán físico, como podría argumentarse desde el panturquismo occidental: la laicización que propugnó el dirigente impedía cualquier unión religiosa, y el colapso del imperio otomano, sin más, no dejaba opción a imperio alguno.

Es posible, tras lo expuesto, que una política más acertada hubiera sido la tolerancia cultural hacia las prácticas islámicas y un esfuerzo educativo por parte de las élites soviéticas, no sólo para alcanzar el objetivo de una coexistencia pacífica, sino por mera coherencia con las pretendidas ideas progresistas del marxismo-leninismo.
Apéndice:
En relación a esto último, se ha argumentado con valiosas dosis de razón que las prácticas religiosas y, concretamente, las islámicas, son incompatibles con la aplicación del socialismo y que, por ello, se hacía necesaria la mencionada represión cultural. Si bien puede ser cierto el carácter antimarxista de determinadas prácticas islámicas, ello no legitima en la mayor parte de los casos la violencia directa y estructural sufrida por la comunidad islámica en este periodo, máxime al no suponer ésta una amenaza de subversión vigorosa para el poder soviético por su carácter eminentemente pacífico.

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