Ricard Altés Molina, Lliga dels Drets dels Pobles ::: El Valle de Pankisi, al este de Georgia, supone una realidad desconocida incluso para los mismos georgianos. Ricard Altés nos cuenta la historia, presente y futuro de sus gentes.

Entre los años 1999  y 2002, al inicio de la segunda guerra en Chechenia, parte de la población y algunos insurgentes huyeron para refugiarse en el valle del Pankisi (Georgia), donde desde hace unos doscientos años viven los kists, emparentados con los chechenos. En aquel periodo, los recién llegados importaron una nueva lectura del Islam a la población kist, lo cual rompió con generaciones de convivencia pacífica en el valle.

El pueblo vainaj. Un poco de historia
En un pequeño valle georgiano viven los kists, que en territorio ruso, en la vertiente norte de las montañas del Gran Cáucaso, son conocidos como ingusetios o chechenos. Estos tres etnónimos hacen referencia al mismo pueblo, los vainajs, nombre con el que ellos mismos se denominan y que se puede traducir como “nuestro pueblo”. Así, kists, ingusetios y chechenos son exónimos que georgianos y rusos dan al pueblo vainaj.

Paciente y afable, Zaur Gumaixvili, profesor de historia en la Universidad de Telaví, de unos cincuenta y cinco años de edad, me recibe en su casa custodiada por su imponente y fiel perro de raza caucasiana. Mientras Zaur me regala parte de su tiempo y conocimientos, toda la familia se pone en guardia por la llegada de un huésped al que agasajan con ensaladas, tsatsivi (plato frio de pollo con salsa de nueces) y los omnipresentes khinkali georgianos, cocinados en su versión kist. “Durante siglos ha habido un contacto continuo entre los pueblos georgianos o de lengua kartveliana y los clanes o teips vainajs”, explica Zaur. “Los señores feudales georgianos admiraban el coraje y el arrojo guerrero del pueblo vainaj, por eso a menudo los contrataban como mercenarios para luchar contra sus enemigos, ya fueran lesguianos, mongoles, persas, turcos, etc. Como pueblos autóctonos del Cáucaso, tanto georgianos como vainajs comparten una serie de tradiciones y valores éticos, como por ejemplo la hospitalidad, el valor, el rapto de novias o la defensa del honor por medio de la venganza de sangre”.

A pesar que actualmente los vainajs son en gran parte musulmanes, no siempre fue así. Zaur explica que a partir del s. IV, cuando los georgianos se fueron convirtiendo poco a poco al cristianismo, “los clanes vainajs con quienes mantenían contacto fueron asimilados y asumieron las tradiciones cristianas de los georgianos como propias. Los vainajs que vivían lejos de la influencia georgiana conservaron las tradiciones animistas, pero a partir del siglo XIX, el pueblo vainaj, influidos por el daguestanos Iman Shamil, adoptó de forma definitiva el islam como religión, concretamente el islam sunita pasado por el cedazo de la tradición sublofí de las tariqa o hermandades Qadiriyya o Naqsbandiyya presentes en el Cáucaso Norte”.

Organización social
La sociedad vainaj se divide en diversas subestructuras, en las cuales destacan los clanes o teips. Los vainajs siempre han comentado con orgullo que su sociedad ya era democrática mucho antes que Europa. En cada teip todos los miembros pueden tomar la palabra y son igualmente escuchados. Ningún teip puede considerarse por encima de otro, ya que ello podría derivar en un conflicto; por esta razón, todos los teips se encuentran en un mismo nivel de igualdad de derechos. Otra cuestión es la consideración y el respeto social que cada teip tiene dentro de la comunidad. En lo que se refiere a las relaciones intraclánicas, los miembros de un mismo teip no pueden casarse entre ellos; siempre deben encontrar esposa o marido fuera del propio clan.

Entre brindis y brindis de vino blanco de Kakheti, y rodeados por sus hijos, Zaur continua hablando de las tradiciones de su pueblo. “La institución central de la sociedad vainaj es el adat o ley consuetudinaria, que es la base jurídica sobre la que muchos pueblos caucasianos se han regido para dirimir conflictos”. El adat está vigente todavía hoy, y en algunos sitios conviven el adat con la ley propia del país o territorio, ruso o georgiano, e incluso, en determinados periodos, el adat convivió con la sharia islámica. A pesar de ello, el adat es el sistema jurídico que prevalece. “Formado por un consejo de personas mayores,” comenta Zaur, “este tiene la potestad de resolver sobre asuntos de honor, tierras, asesinatos, ofensas, etc. Generalmente, si se produce un conflicto dentro del propio teip, la persona que profesa más respeto interviene para solucionarlo. Pero en el caso de que el conflicto transgreda los límites del teip, interviene una persona ajena al propio teip, que también es respetada y que dirime una solución para los dos teips enfrentados”.

En el caso de Georgia, hace unos años que el gobierno Saakashvili aprobó una ley que prima el cumplimiento de las leyes del país para resolver cualquier conflicto, siempre por delante de la ley consuetudinaria. A pesar de ello, después de que el infractor haya respondido ante la ley georgiana, eso no lo libra de responder ante la comunidad según las leyes del adat.

La realidad en el Pankisi
El valle del Pankisi, de poco más de dieciséis kilómetros, situado en el distrito de Ajmeta, al este de Georgia, supone una realidad desconocida incluso para los mismos georgianos. La población autóctona desde hace doscientos años, los kists —así como los chechenos en territorio ruso—, durante siglos se han ganado fama de bandidos, asesinos y pueblo salvaje. Por desgracia, gracias a la propaganda rusa, este es el estigma con el que se les conoce en todo el mundo.

“Parte de los kists que viven actualmente en el valle” continúa narrando Zaur, “son hijos de las cincuenta y cuatro familias que se trasladaron desde las montañas del Cáucaso Norte en la década de 1830. Con la penetración de los rusos durante la conquista del Cáucaso en el territorio que hoy es Chechenia y Daguestán, se iniciaron las guerras múridas, encabezadas por el Iman Shamil, que impuso la sharia. Parte de la población, de religión animista y gobernada según el adat, se negó a aceptar esta imposición, y liderados por Jokolo se trasladaron al valle del Pankisi; otros llegaron huyendo de las venganzas de sangre todavía presentes en gran parte del Cáucaso”. Cabe destacar que en estas venganzas se encuentran involucrados todos los miembros de la familia del infractor, con lo cual la única salida es emigrar todo el clan hacia otro territorio. “Los vainajs que llegaron eran fundamentalmente animistas, pero con el tiempo se convirtieron al Islam, religión que han mantenido hasta hoy. A su vez, después de la fundación de la iglesia de Jokolo el 1888, algunos kists se convirtieron al cristianismo”.

Con un Islam de base sunita, entre los pueblos musulmanes de todo el Cáucaso se propagaron las hermandades sufíes. Uno de sus signos de identidad es el zikr, una oración en comunidad que se basa en cantos rítmicos. En el caso del Pankisi, también hay hermandades de mujeres que se reúnen los viernes para llevar a cabo el ritual del zikr. La creación de las hermandades femeninas no es tan extraña si tenemos en cuenta el papel central de la mujer en la sociedad del Cáucaso, que representan el núcleo y el motor de la vida familiar.

A pesar de los tópicos negativos contra los vainajs, la realidad es muy diferente. El honor y la hospitalidad son dos de los elementos que todavía perviven entre los kists, así como el respeto que profesan a toda persona mayor. Como en gran parte del Cáucaso, cuando una persona mayor entra por la puerta, todos se levantan en señal de respeto para saludar el recién llegado. Cuando un huésped llega a una casa kist, automáticamente, mientras se encuentre en aquella casa, recibirá la protección de la familia que le ha acogido. Cualquier insulto u ofensa contra el invitado se interpretará como un ataque a la propia familia que le ha acogido y, en consecuencia, tiene que responder a la ofensa.
Su conversión relativamente reciente al islam ha hecho que los kists se hayan mostrado muy laxos en la observación de las leyes islámicas. Además, el agradecimiento por la acogida que recibieron de los georgianos ha derivado hacia un respeto hacia los restos de las iglesias georgianas ubicadas en el valle, y que a veces ellos mismos han empleado en sus rituales.

La irrupción del fundamentalismo
Duisi, situada en la ribera derecha del rio Alazani, se extiende a ambos lados de la carretera, eje vertebrador del valle. En la entrada del pueblo está la nueva comisaria de policía, un edificio prefabricado de cristales transparentes —símbolo de la nueva política anticorrupción del gobierno Saakashvili— con una decena de funcionarios que controlan la llegada de recién llegados. Siguiendo la carretera, está la oficina para los refugiados, la escuela municipal, pequeños comercios y un imponente edificio de ladrillos rojos, la que se conoce como mezquita nueva y que domina parte del valle. El año 2001 comenzó la construcción de la nueva mezquita, financiada con fondos de Arabia Saudí. Al frente de la mezquita está el joven imán Hadji Amur Dzhankhushvili, de tan solo treinta años, que me recibe muy amablemente en la sala de oración de la mezquita, después de dirigir el zuhr, la segunda oración del día. Me habla en tono pausado de la situación actual en el valle. “Ya en el año 1994 algunos de los jóvenes del valle cursaron estudios islámicos en países árabes y posteriormente volvieron al valle para formar a las nuevas generaciones en el camino del islam, en la versión wahabita”. “Es cierto que se produjeron algunos malentendidos y enfrentamientos con personas más mayores, a las cuales respetamos. Nosotros ponemos sobre la mesa lo que dicta el Corán y nuestras leyes tradicionales, que respetamos, ya que las hemos heredado de nuestros padres, pero allí donde vemos alguna contradicción, nuestra obligación es corregirla según dicta el Corán”. Hadji Amur afirma que su comunidad cuenta con unos trescientos feligreses. Además, en la mezquita funciona una madraza en que los días lectivos, por la tarde, se imparten dos horas de lectura del Corán y lengua árabe.

El valle empezó a ganar mala fama a partir del año 2000, durante la segunda campaña chechena, ya que parte de los refugiados chechenos (en total llegaron unas 8.000 personas) y algunos de los grupos insurgentes, huyendo de los rusos, cruzaron la frontera georgiana y se refugiaron en el valle, donde viven sus hermanos kists. Algunos de los chechenos que llegaron, influidos por la lectura wahabí del Corán, intentaron introducir la sharia, pero la población autóctona se opuso, lo que provocó tensiones entre ambas comunidades. Hasta el año 2002, el Gobierno georgiano no tuvo ningún control sobre el valle, que se convirtió en foco de tráfico ilegal de armas y drogas, de secuestros y fundamentalismo. Fue un periodo difícil para la población kist, ya que los recién llegados impusieron poco a poco su interpretación del islam, sin mostrar respeto por la opinión de los ancianos.

En agosto de 2002, presionados por el Kremlin y después del ataque aéreo de las fuerzas rusas a la población de Matani, que provocó una víctima mortal, la policía georgiana organizó una operación para imponer el orden y detener algunos de los insurgentes que se refugiaban. A pesar de esta operación, las ideas wahabitas calaron en el valle y gran parte de los jóvenes empezaron a apoyar las actividades de los islamistas. Muchos de los feligreses de las mezquitas fundamentalistas que se han construido en los últimos años en el valle son jóvenes sin trabajo ni un futuro claro. Para los jóvenes kists, los insurgentes chechenos representan los héroes que luchan por una patria que anhelan, y más de uno lleva algún símbolo de la lucha en su ropa diaria. Actualmente, aunque la mayor parte de los chechenos volvieron a sus localidades, todavía hay unos cuatrocientos refugiados, a algunos de los cuales el Gobierno georgiano está otorgando pasaporte y nacionalidad georgianos.

Las relaciones entre los fundamentalistas y la población local se han enfriado, cada comunidad hace su vida sin involucrarse en las actividades de la otra comunidad. Algunas personas se quejan que al Gobierno georgiano le interesa mantener esta situación por razones políticas, y no prestan mucha atención a las necesidades de la población autóctona. Es mas, según algunos, los islamistas incluso reciben ayudas y atención del Gobierno georgiano. A los kists les preocupa esta situación, ya que no ven ninguna salida, y los islamistas cada vez tienen una posición económica más preponderante en el valle, gracias a la financiación exterior. De todas formas, ambas comunidades no deben ni pueden vivir mucho mas tiempo ignorando que, en realidad, entre ellos hay una situación de conflicto que se debe resolver de alguna manera.

Las almas del valle
“Kushai, kushai!” [¡Come, come!], dice en su peculiar ruso Makvala Margoshvili, más conocida por todos como Badi. Es una mujer respetada y venerada en todo Duisi que, a sus setenta y tres años, cuenta con una energía incombustible. El 1995 fundó la asociación “Marshua Kavkaz”: “Los rusos siempre han difundido estereotipos negativos contra los chechenos, y yo solo quería demostrar que el pueblo checheno también quiere vivir en paz y que tiene muchas cosas positivas para aportar al resto de culturas. Con nuestro grupo de voces femeninas, el Ensemble Aznach, hemos podido mostrar parte de nuestra cultura al público europeo”. Recientemente, el noviembre y diciembre de 2011, Ensemble Aznach participó en una gira por Alemania, Bélgica y los Países Bajos. “Nos acogieron con el corazón abierto en todas partes y la gente quedó sorprendida por nuestros cantos polifónicos”. Es curioso que al este de Georgia ─un país donde el canto polifónico tiene una larga tradición y donde la mayor parte de coros tradicionales los forman voces masculinas─, en un entorno social islámico, sean as mujeres las que hayan creado un grupo de música. De hecho hay pocos hombres kists que canten en público.

Ya hace dos años que Badi y su nuera, Nata, gracias al impulso de una organización polaca, empezaron a trabajar en un proyecto de agroturismo que se va consolidando poco a poco (http://www.pankisi.org). “Hicimos un par de viajes a Polonia para recibir formación de cómo teníamos que acoger a los huéspedes. Nos sorprendió mucho la primera vez cuando nos dijeron que teníamos que cobrar una cantidad de dinero a los huéspedes. En nuestra cultura un huésped es alguien que Dios nos envía y nunca se nos hubiera ocurrido cobrarles dinero”, comenta Nata.

De todas formas, con eso no es suficiente para que el valle pueda progresar. La tasa de desempleo supera cualquier estadística. La economía del valle es básicamente de subsistencia, incluso no hay suficiente con el poco terreno cultivable para alimentar la población. Durante gran parte del día, a un lado y otro de la carretera, se ven pequeños grupos de hombres y jóvenes que se reúnen para contarse las últimas novedades, sin ninguna otra ocupación y con poca esperanza de progresar.

El futuro del valle
Aunque parte de la generación que vivió durante la Unión Soviética se muestra poco esperanzada de tirar adelante y refractaria a cualquier cambio en su forma de vivir, los jóvenes, sobre todo los que han podido acceder al a universidad, tienen muchos proyectos y miran el futuro con un poco mas de optimismo, aunque tampoco a ellos les será fácil construirse un futuro, ya que no sólo representan una minoría étnica, sino que además son una minoría dentro de un país prácticamente desconocido en el resto del mundo. Muchos de estos jóvenes han descubierto qué es el islam, un conocimiento vetado durante décadas de dominio soviético a sus padres. Por este motivo, los que ahora ejercen de padres son incapaces de dar respuesta a las preguntas sobre religión que sus hijos les plantean, los cuales recurren a las fuentes originales (el Corán o los jadiz) para encontrar respuesta a sus dudas. Muchos jóvenes se han cogido con fuerza al islam para reivindicar sus tradiciones y, sobretodo, su identidad ante un mundo globalizado, en proceso de cambio y que les ignora. Esta es su manera de reivindicarse.

Algunos de estos jóvenes estudian en universidades de Tiflis, como es el caso de una joven kist, estudiante de relaciones internacionales. Participa en un proyecto impulsado por alumnos de ciencias políticas que se llama Free Caucasus, con el que quieren promover las diferentes culturas esparcidas en las dos vertientes del Gran Cáucaso. Nacida en el Pankisi, es una de las dos representantes vainaj en este proyecto, integrado básicamente por jóvenes georgianos. “Nos gustaría que algún día la gente viera el Cáucaso como un territorio pacífico, lejos de la visión negativa que el resto del mundo tiene actualmente de nosotros. Por este motivo, hemos creado diferentes páginas web desde donde queremos dar a conocer el bagaje cultural de los pueblos del Cáucaso, los cuales, a pesar de las diferencias lingüísticas y religiosas, compartimos un territorio que durante siglos ha modelado nuestro carácter peculiar.” Una de las iniciativas en que trabajan es la denuncia del genocidio contra el pueblo adigués (más conocido por el exónimo turco “circasiano”) que perpetraron los rusos hace ciento cincuenta años durante la conquista del Cáucaso Norte. Como parte de esta iniciativa, reclaman un boicot contra los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 que tendrán lugar cerca de Sochi, en territorio históricamente adigués, y donde parte de la población circasiana fue enterrada en fosas comunes. Por otra parte, el 20 de Mayo de 2011, el Parlamento georgiano condenó por mayoría absoluta el “genocidio” cometido por los rusos contra el pueblo adigués.

Algunos de los proyectos que están desarrollando (http://www.roddyscott.co.uk y http://www.pankisi.org) suponen una pequeña ayuda a nivel económico y de mejora social para la población del valle y fomentan una imagen más amable de la comunidad kist. Cualquier persona puede comprobar el respeto que este pueblo profesa hacia otras culturas y religiones, y sólo el desconocimiento, la desinformación y los prejuicios hacen que se tenga una visión sesgada de quien es nuestro vecino.

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