Mykola Riabchuk, Open Democracy ::: ¿Qué peso tienen las fuerzas y mitos nacionalistas entre la oposición y los manifestantes? ¿Podría llegar a influir notoriamente en las protestas y futuros cambios?

El peligro que se avecina en algunos países árabes en los que islamistas radicales podrían “secuestrar” revoluciones contra la autoridad, plantea una pregunta similar con respecto a las futuras protestas anti-gobierno en Rusia: ¿cuán fuertes y radicales son los nacionalistas en los campamentos de manifestantes, y cuánto pueden llegar a influir con su manifiesto extremismo si el régimen de turno se encuentra en peligro de colapso?

A corto/medio plazo esto parece poco probable, aunque la incapacidad de llevar a cabo las reformas necesarias en el país, combatir la corrupción, y restablecer alguna legitimidad a las rígidas políticas autoritarias, deben considerarse potenciales factores para un posible colapso.

Los grupos radicales o individuos en cualquier coalición política se encuentran en una difícil situación. Por un lado, la línea que divide a los grupos radicales y los no tanto es “fluida y vinculante”. Por el otro lado, cualquier oposición política, especialmente anti-autoritaria, requiere una movilización lo más amplia posible, con la participación de miembros de la oposición de distintos “colores” e ideologías, quienes irán, naturalmente, una vez concluida y obtenida la victoria, por distintos caminos.

“Muy pocos rusos nacionalistas son disciplinados, valientes, y lo suficientemente honestos para reconocer que la tan necesaria emancipación de la Rusia como nación con respecto a la Rusia como imperio, requiere en primer lugar liberarse de los mitos imperialistas y los complejos profundamente arraigados de la psique rusa”

Este fue el caso en la mayoría de los países post-comunistas, donde los movimientos democráticos perseguían una agenda que no sólo era anti-autoritaria sino también anti-imperialista y de liberación nacional. Todas contenían un significativo elemento nacionalista, aunque esto es ignorado o subestimado, probablemente por el profundo arraigo de parcialidades anti-nacionalistas en la educación occidental y la visión política que define al nacionalismo como incompatible con el liberalismo y la democracia.

Imperialismo ruso

Rusia es una nación imperialista, pero los rusos han sido siempre contrarios a enmarcar su nacionalismo en términos de liberación nacional, a pesar de los intentos de representar la rebelión de Yeltsin contra Gorbachov con respecto a la disolución de la Unión Soviética como la emancipación de Rusia como nación de la Rusia como imperio. Dentro de este marco de pensamiento, Rusia es normalmente vista como la principal, o más bien la única víctima del imperialismo ruso:

“Rusia nunca ha sido un imperio según la visión occidental del mundo. Si era una prisión para alguien, lo era para los rusos, que no ganaron nada con la explotación de las colonias debido a que Rusia no tenía colonias –contaba con periferias, en las que dio más de lo que tomó. Uno puede entender por qué la delimitación de fronteras era necesaria: principalmente la lógica estaba basada en consideraciones político-militares. Rusia se ve atrapada por vientos cruzados, en el corazón de Eurasia, no pudiendo ser protegida de sus enemigos ni por montañas ni por mares.

Algunos territorios, como el Cáucaso, eran adquisiciones necesarias ya que suponían un alto a las constantes incursiones y detener las agresiones. Pero las periferias no estaban sujetas al sistema de explotaciones, debido a que los zares de Rusia no conocían la ciencia europea. “Alas”, era la gente de Rusia que soportaba las cargas y obligaciones de la construcción de la nación. Si alguien estaba esclavizado –en el significado habitual del término- era el ruso.” (Konstantin Krylov, blog en Ruso).

Los rusos se encontraban en desventaja por su imperio opresor, ya estuvieran gobernados por los zares o los comisarios. Su desarrollo se encontraba indudablemente retenido, pero disfrutaban de muchos privilegios que otras naciones no poseían. Como grupo sobrevivieron a políticas terribles, tales como el exterminio de poblaciones nativas (Siberia y Extremo norte), esclavización en masa (Asia Central), genocidio (campesinos ucranianos y nómadas kazajos), deportaciones (chechenos, balkares y tártaros de Crimea), persecuciones (polacos y alemanes), segregación (judíos) y otras tantas.

La profesa auto-victimización de los rusos tiende a oscurecer cualquier forma de desarrollo “periférico”, promoviendo el mito de la “misión civilizadora”. También se presta a la peligrosa posibilidad de que se los rusos abandonen la responsabilidad del colonialismo e imperialismo que habían detentado como los principales depositarios del imperio e, incluso, lo que resulta más peligroso aún, que asignen esa responsabilidad a otros –georgianos, polacos, ucranianos y por supuesto judíos, que supuestamente gobernaron el Imperio Ruso.

Mitos del Imperio

Muy pocos rusos nacionalistas son disciplinados, valientes y lo suficientemente honestos como para reconocer que, la muy necesaria, emancipación de Rusia como nación de la Rusia como imperio requiere primariamente liberarse de los mitos imperialistas y los complejos profundamente arraigados de la psique rusa. El mito de una “unidad eslava-ortodoxa” (Slavia Orthodoxa) y la eterna hermandad “Rusa-Ucraniana-Bielorrusa” es crucial para la identidad (imperial) rusa. Creada en el cambio del siglo XVII, para retratar a “Moscovia” como la dinástica-política y eclesiástica-espiritual sucesora de la Rus de Kiev, que efectivamente se descarriló del eventual desarrollo de la moderna identidad (nacional) rusa, así como de las nuevas identidades nacionales de ucranianos y bielorrusos. El recién nacido imperio ruso se apropió de todo las características sacras, primordiales y espirituales de Slavia Orthodoxa, pero impregnada del simbolismo del estado y una agenda política –algo que nunca había sucedido en esa escala con los similares fenómenos premodernos del “ummah” musulmán o la occidental “Pax Christiana”.

La identidad imperial que se forjó en este sentido apareció para fomentar principalmente premodernos valores incivilizados y paternalistas. Formado por discursos y practicas imperialistas, ésta aún es apoyada, de diversa forma, por los dominantes “powerbrokers” en Rusia y Bielorrusia, y con algunas fluctuaciones en Ucrania. Las elites post-Soviéticas se resistieron a cualquier radical “desovietización” de sus feudos, ya que no pueden, pero no pudieron sino comprobar cómo esos soviéticos (los imperiales o los mitológicos “eslavos-ortodoxos”) se transformaban en rusos, ucranianos y bielorrusos, lo que significaba convertir a los obedientes y casi feudales sujetos en ciudadanos libres y seguros de sí mismos.

Desafortunadamente, el gobierno ruso no es el único incapaz de reconocer el problema. Con la excepción de un pequeño grupo de liberales comprometidos, la oposición no lo percibe. En algunos casos pueden llegar a estar de acuerdo en detectar nuevamente las políticas imperialistas rusas en el Cáucaso o donde sea, pero no contradicen el mito de la “Rusia de Kiev” como la piedra angular de la identidad imperialista y como una importante fuente de resentimiento y ansiedad. Tampoco están dispuestos a promover la “desovietización” radical, a pesar de que todo el proyecto de crear rusos modernos sin desmantelar soviéticos es altamente problemático.

Alexei Navalny

Alexei Navalny, uno de los líderes opositores que se definieron como liberales nacionalistas, apoya la necesidad de restaurar la “unidad orgánica del pasado ruso” desde la Rusia de Kiev a la URSS (blog de Navalny, en ruso). Aunque ningún mito de la Rusia de Kiev o soviética es visto como un obstáculo para la nueva identidad rusa, o en general, para la modernización de Rusia. Esto los convierte más en “imperialistas liberales” que en “nacionalistas liberales”. Cuando Boris Akunin le preguntó: ¿te lamentas de que la URSS ya no exista?, él respondió:

“Todos quieren que su país sea el más grande, el más rico y el más fuerte. Es completamente normal, y es lo que yo quiero. La URSS fue destruida no sólo por factores externos, sino por el Partido Comunista, el Comité de Planificación Estatal y la Elite Política Soviética. Eso es un hecho histórico. Otro hecho es que el núcleo y fundación del Imperio Ruso y la URSS era nuestro país, Rusia. Y Rusia continua, tanto económicamente como militarmente, siendo el estado dominante de la región. Nuestro objetivo es preservar y construir en base a eso; no deberíamos pensar en la expansión, nuestra misión es hacernos más fuertes y ricos, así nuestros vecinos serán parte de nuestra zona de influencia, no tendrán otra opción”. (Blog de Akunin, en ruso)

En el sentido de que enfatiza la debilidad de Rusia, en vez de su fortaleza, podría considerársele liberal. Pero su intención de construir una Rusia dominante basada en lo económico y militar es un tanto ambigua, lo que podría provocar cierto nerviosismo en sus vecinos. Sobre todo en vista del apoyo incondicional para el reconocimiento de la independencia de Osetia del Sur, Abjasia y Transnistria –difícilmente sostenida sin la intervención militar rusa.

Los observadores estarán en lo cierto al interpretar la ambigüedad de las declaraciones de Navalny como pragmáticos (aunque algunos podrían decir oportunistas) deseos de evitar alianzas con potenciales aliados, bien fueran liberales democráticos o radicales nacionalistas. Sus propias visiones, en dos asuntos cruciales que podrían determinar u obstruir el desarrollo de la identidad cívica moderna de Rusia –legado soviético y la Unidad del Este Eslavo- no son muy distintas a las de su archirrival Vladimir Putin.

Nacionalismo ruso: imperial contra étnico

En este aspecto, dos ramas de nacionalismo que han estado compitiendo en Rusia durante dos siglos –imperialista/estatista y etno-cultural- tienen algo muy importante en común: ambos son esencialmente no cívicos. Uno de ellos, como apunta Igor Torbakov, “adora al estado, su poder y prestigio internacional”, la otra, “glorifica a la nación, su cultura y su fe”. En efectos prácticos, la diferencia es marginal, tan pronto como los nacionalistas étnicos obtengan el poder se convertirán en estatistas, La Realpolitik exilia a los radicales a casi cualquier parte, y no hay razones para creer que Rusia, integrada en la economía global e instituciones internacionales, pueda ser la excepción.

La privación económica y el resentimiento étnico, unidas a un descontento general con el gobierno de “estilo imperial”, han dado lugar a “la mayor popularidad del nacionalismo étnico a expensas del imperial”. Sin embargo, esto no significa que los radicales nacionalistas van a obtener el poder en Rusia, e incluso si lo logran, que aplicaran políticas más fascistas que los actuales titulares.

De hecho, el principal problema de la oposición de hoy día, y de Navalny en particular, es que simplemente se convierta en una reencarnación de Putin y su régimen. Probablemente menos corrupto y más comprometido con las reformas genuinas, pero sin duda cargada con los mismos mitos nacionales con los que eventualmente se obstaculizará cualquier intento de modernizar el país.

Mykola Riabchuk es investigador principal del Ukrainian Center for Cultural Studies en Kiev, y es co-fundador y miembro del consejo editorial de Krytyka, revista intelectual líder en Ucrania.

Este artículo fue originalmente publicado en la web de Open Democracy.

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