Tras los años de la URSS, la jerarquía ortodoxa vuelve con fuerza al Kremlin, donde se siente cada vez más fuerte.

El pasado 22 de abril, decenas de miles de personas se congregaron ante la Catedral de Cristo Salvador en Moscú, respondiendo así a la llamada del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, Kiril I. La jerarquía ortodoxa escenificaba, con este acto, el repudio a la campaña de blasfemias y acoso a la que, según el propio Kiril I, esta viéndose sometida la organización que él lidera.

La “blasfemia” más mediática de los últimos meses fue protagonizada, el pasado 21 de febrero, por el grupo punk PussyRiot, cuyas integrantes subieron al altar de la catedral de Cristo Salvador donde ejecutaron una especie de oración-performance, pidiendo a la Virgen que librara a Rusia de Vladímir Putin. La brevísima actuación fue grabada en video y ha tenido un gran éxito en Internet, suscitando opiniones diversas. Las integrantes de PussyRiot fueron detenidas, pero el papel político de la Iglesia Ortodoxa ha vuelto a la agenda mediática.

Nos hemos acostumbrado ya a ver cómo se santiguan en Rusia los antiguos profesores de ateísmo científico, miembros del KGB que persiguieron, en su día, a los popes y secretarios generales del PCUS, espectáculo que forma parte de la reincorporación de la jerarquía ortodoxa a la primera línea de la actividad política en Rusia. El Patriarca, y en esto Kiril I no se diferencia de su antecesor, Alexis II, ha apoyado abiertamente a Putin y se manifestó en contra de las protestas de la oposición iniciadas el pasado diciembre. Por otra parte, la presencia de la Iglesia Ortodoxa en la educación va en aumento, y resulta cada vez más evidente su papel político en la Rusia actual, con el apoyo expreso del presidente, que tiene entre sus referentes ideológicos un reaccionario conservadurismo nacional-ortodoxo. Pero no todos son parabienes en la Ortodoxia oficialista; dentro de la propia Iglesia hay colectivos muy críticos con el acercamiento entre la jerarquía y el Kremlin, así como con el lujoso modo de vida del propio Patriarca.

Pedro I convirtió a la Iglesia Ortodoxa en un ministerio más, y de gran importancia para el control de una población que veía en el cristianismo ortodoxo un rasgo casi inseparable del “ser” ruso. Tras los años de la URSS, la jerarquía ortodoxa ha vuelto al Kremlin, donde parece sentirse… como en casa.

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