Ana Sánchez Resalt :::: Quizá suene a expresión muy manida, pero las cosas hace tiempo que parecen estar cambiando en Rusia, sobre todo desde las elecciones a la Duma del 4 de diciembre de 2011. Jóvenes periodistas y activistas están aprovechando el poder de las nuevas tecnologías y de las redes sociales para informar libremente, para unir fuerzas y alzar su voz contra un sistema que sienten que ya no los representa. En enero de este año contactamos con Anna Sokolova (Russia Today), Ilya Barabanov (The New Times), Ekaterina Krongaus (redactora jefe de Bolshoi Gorod), Pavel Sujov (redactor jefe de Vedemosti), Oleg Kashin (Kommersant) e Ilya Yashin (del movimiento Solidaridad) para hablar de sus impresiones sobre los últimos acontecimientos acaecidos en Rusia. Aún faltaban por celebrarse las manifestaciones de febrero y las de marzo que seguirían a la poco transparente victoria de Vladímir Putin en las elecciones presidenciales, pero poco ha cambiado desde entonces. Los ánimos siguen enardecidos, la oposición sigue estudiando modos de unir fuerzas y ganar voz, y gran parte de la población rusa sigue queriendo salir a las calles porque están hartos de que les tomen el pelo desde su gobierno. Para abril ya han convocado nuevos mítines y en mayo, cuando se proclame oficialmente al nuevo presidente de la Federación Rusa, habrá, con toda seguridad, nuevas y masivas protestas.

Durante mucho tiempo, los rusos han tenido que enfrentarse y sobrevivir a líderes que gobernaban al pueblo sin el pueblo (no es una excepción; pasa en muchos países de esos a los que llamamos “democráticos”). La diferencia es que en Rusia muchos de los gobernantes que han tenido a lo largo de su historia han acumulado tanto poder que han hecho lo que les ha dado la gana, sin ningún pudor, ignorando leyes y derechos humanos, ninguneando a sus ciudadanos. Las elecciones se supone que son una herramienta de la democracia, pero a veces son una herramienta para legitimar forzadamente un régimen autoritario. Este podría ser el caso ruso. Sin embargo, todo llega a su límite. Pavel Sujov lo ve así: “El descontento de los ciudadanos por el cinismo de las autoridades se puso claramente de manifiesto en dos episodios: la proclamación del acuerdo entre Putin y Medvédev, en el que Medvédev le dejaba el puesto presidencial a Putin, y la falsificación de las elecciones parlamentarias. En el mundo hay muchos ejemplos de gobiernos con un sistema judicial independiente, un menor nivel de corrupción y garantías más desarrolladas para los derechos y la libertad de los individuos”. Y eso precisamente lo que quieren ellos.

La gota que colmó el vaso
Poco después de que se publicaran los resultados oficiales de los comicios parlamentarios, comenzó la tormenta. Facebook, Twitter, Livejournal y otras web sociales eran un hervidero con toda clase de informaciones y vídeos sobre los supuestos fraudes. Parecía evidente para mucha gente que Rusia Unida había falsificado los datos para conseguir su victoria, y esto hizo saltar la chispa del descontento latente entre parte de la ciudadanía rusa. Por lo menos, el fraude es incuestionable para todos los entrevistados en este artículo.

El fraude electoral no es nada nuevo, pero, ¿qué hizo que esta vez la gente decidiera salir a la calle y protestar? Oleg Kashin nos contaba que “la falsificación fue mayor de lo habitual (…), pero el desarrollo de los medios sociales y el incremento del activismo ciudadano – muchos participaron en las elecciones como observadores por primera vez en su vida- han conducido hasta la situación actual, en la que mucha más gente ha visto con sus propios ojos cómo se producían estas infracciones”. Para Ilya Yashin, el fraude empezó antes incluso de las elecciones: “Las elecciones para el parlamento ruso fueron fraudulentas desde el inicio. Sólo aquellos partidos que habían alcanzado un acuerdo previo no oficial [con las autoridades] participaron en la carrera por las elecciones (…) Se impusieron a los partidos un enorme número de prohibiciones formales. Por ejemplo, estaba permitido la crítica a la corrupción de forma abstracta, pero estaba categóricamente prohibido especificar en casos concretos de corruptos del entorno de Putin”. Sujov añade que hubo infracciones tanto en los distritos electorales, como en el momento introducir los datos del recuento en los informes del sistema general de elecciones. Barabanov aporta algunas cifras: “Según los expertos, es posible hablar de casi 15 millones de votos “extraños” para Rusia Unida. Esto quiere decir que, haciendo un cálculo rápido, el resultado real del partido en el poder podría haber sido del 30-35% de los votos. Si se hubiesen producido unas elecciones limpias, creo que las protestas nunca habrían tenido lugar”. Meses después, el 4 de marzo de 2012, y pese al trabajo de los miles de observadores voluntarios y de las cámaras de vídeo vigilancia colocadas en los colegios electorales, los votos “extraños” se volvieron a producir y se registraron un gran número de infracciones que apuntalaron una nueva victoria de Vladímir Putin, nuevo presidente con el 63% de los votos, seguido muy por detrás del líder comunista, Ziuganov, con algo más de un 17%.

Llegó la hora de salir a la calle
La primera protesta de diciembre tuvo lugar al día siguiente de las elecciones parlamentarias. Cuando el Comité Central Electoral declaró que el partido de Putin había conseguido la mitad de los votos nadie lo creyó, y miles de personas salieron a las calles para manifestarse contra lo que consideraban que había sido una usurpación del poder. Los primeros días de las protestas estuvieron acompañados de detenciones en masa de manifestantes en Chistie Prudy y en la plaza Triumfalnaya de Moscú. “Arrestaron a más de mil manifestantes, entre los que estaba yo”, nos cuenta Yashin. Una nueva protestas tuvo lugar el 10 de diciembre en la plaza Bolótnaya bajo el lema “Por unas elecciones limpias”, y los medios de todo el mundo se hicieron eco de las nuevas y masivas manifestaciones en las que miles de rusos de todo el país expresaron su indignación por el resultado de las elecciones. Al contrario que la protestas en Chistie Prudy, la de la plaza Bolótnaya pudo ser coordinada con las autoridades y no hubo detenciones. “En el centro de Moscú nos reunimos entonces sobre 100 mil personas”, comenta Yashin. Apenas dos semanas después, el 24 de diciembre, la gente volvía a salir a las calles, esta vez en la avenida Sajárov. Esta vez fueron incluso más los que acudieron a un mitin en el que participaron personajes como el ex presidente Mijaíl Gorvachov, el activista Borís Nemtsov, el ex ministro de Finanzas Alekséi Kudrin o el bloguero Alekséi Navalny. “Es muy importante que la sociedad por fin se haya despertado. El país parece estar en el umbral de nuevos cambios”, concluye Barabanov. Las manifestaciones de febrero y marzo no fueron secundadas de forma tan masiva, ya fuera por el frío o porque el interés fue decayendo debido a que el gobierno no había hecho caso a ninguna de las demandas exigidas por la oposición. Además, estas protestas, al contrario que la mayoría de las que se celebraron en diciembre, fueron seguidas del arresto de algunos líderes de la oposición, como Sergéi Udaltsov, del Frente de Izquierda, o Eduard Limónov, de La Otra Rusia. Los medios internacionales ya no estaban tan pendientes como en las de diciembre, así que no era necesario mantener las apariencias y terminar las protestas con un saldo de 0 arrestados.

Una Rusia sin Putin es posible… y necesaria
“Rusia sin Putin” no significa “Rusia con otro Putin”. “Una Rusia sin Putin, al menos como yo lo veo –explicaba Oleg Kashin-, es un país en el que el presidente sólo es el presidente, no un zar o un dios. Un país en el que el poder cambia como resultado de unas elecciones y nadie se refiere a ello como si fuera una catástrofe”. Eso es precisamente lo que temen algunos entre la oposición. ¿Era Projórov un candidato “aséptico” con respecto a Rusia Unida? ¿Lo son Zhirinovsky o Mirov? Lo cierto es que es una opinión bastante extendida la de que tanto los partidos representados en el parlamento como los candidatos que pudieron presentarse a las presidenciales, todos, recibieron el “visto bueno” del Kremlin. Por el momento, las alternativas de liderazgo entre la oposición no son realmente fuertes, no tienen un ideario claro, ni tampoco aglutinan a la gente necesaria para formar una fuerza realmente competitiva frente a Rusia Unida.

Barabanov y Yashin hablan sobre el mito de la “falta de alternativa” a Putin (“bezalternativnost”) cultivado por la propaganda del Kremlin a lo largo de los años. “Hay 100 millones de adultos en Rusia, gente capaz, muchos de ellos probablemente más inteligentes y con más talento que el existente-futuro presidente. Las alternativas son todas esas que representan los miles de personas que salieron a las calles. Las alternativas son esos miles que enviaron su dinero a proyectos como el de Alekséi Navalny”, explica Barabanov. Para Yashin, Putin tiene miedo de una competencia real y la alternativa al sistema actual es una competencia justa dentro de los límites de los procedimientos democráticos y de la intercambiabilidad del poder. “Él quiere gobernar como Stalin y vivir como Abrámovich. Esa es su debilidad”.
Anna Sokolova es de las que aún no ve una alternativa real en este momento. A pesar de que Projórov podría parecer un buen candidato, “nadie realmente sabe quién está detrás de él”. Pese a todo, un 7% de los votantes en las presidenciales confiaron en él. Kongraus cree que “los factores que han auspiciado las protestas [de diciembre] son un flagrante desprecio por su propia gente y las mentiras abiertas [de Putin]. Por otro lado, si no cultivas el suelo, no crecerá nunca nada. Las alternativa aparecerán cuando exista una atmósfera política más sana que la que tenemos hoy”. Si de algo están sirviendo todas las concentraciones que se vienen produciendo desde diciembre es precisamente para eso, para preparar el terreno de unos futuros procesos electorales transparentes y justos. Ya se han dado algunos tímidos (y tardíos) pasos: Medvédev ha aprobado unas mínimas reformas en el sistema de registro de partidos que facilita la inclusión en el sistema electoral de más grupos, al eliminar algunas de las trabas existentes anteriormente.

Los mítines de diciembre reunieron en un mismo lugar a partidos, movimientos, grupos y ciudadanos de muy diferentes posturas ideológicas. Sus demandas eran comunes: elecciones libres y una Rusia sin Putin ni Rusia Unida. Krongaus cree que el poder del movimiento de oposición está precisamente en su diversidad, pero Sujov opina que “la oposición [los partidos registrados] no es verdaderamente una fuerza pública. Sin embargo, durante las protestas ha aparecido una nueva figura de oposición colectiva: el activista civil, una persona sin un nombre importante, pero que lleva adelante un importante trabajo público”, como Navalny, la activista Evgeniya Chirikova o la periodista-experta legal Olga Romanova. A pesar de esto, el problema, en opinión de Sokolova, es que al “movimiento de oposición le falta un líder fuerte y una idea común”. Otro problema, añadimos nosotros, es que la figura del activista civil ha despertado la conciencia o la indignación dormida de parte de la población, pero aún no ha logrado conseguir un “vehículo” eficaz a través del cual poder materializar las demandas de la calle.

Manifestantes, medios de comunicación y redes sociales
Los manifestantes de los países árabes, de España, Rusia y los Estados Unidos tienen en común una característica: el uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales para organizar acciones y difundir información permanentemente actualizada desde el lugar de la acción. Todos los entrevistados estaban de acuerdo en que el “valor añadido” de los periodista de hoy día es su conocimiento de las herramientas de Internet y el saber cómo aprovecharlas al máximo, pero para Ilya Barabanov “es mucho más interesante el fenómeno de la gente de a pie que ha participado como observador, grabando en vídeo o fotografiando las infracciones. Ellos se han convertido en periodistas de facto, difundiendo esta información en internet”. Durante mucho tiempo, apunta Yashin, la juventud en Rusia era apolítica y leal a las autoridades, pero este tiempo ha terminado: “Esta generación del Facebook ha demostrado que es capaz de protestar no sólo en las redes sociales, sino también en las plazas”. Ekaterina añade que esta oleada de protestas “está directamente relacionada con los medios de comunicación, que durante muchos años han hablado mono-tónicamente sobre violaciones de los derechos humanos, sobre la sociedad civil, sobre conciencia, responsabilidad…”. Vedemosti, Kommersant, Bolshoi Gorod, Novaya Gazeta, New Times, Eco de Moscú, RainTv y muchos otros medios han estado trabajando siempre en esta dirección.

Al final, la realidad siempre terminan enturbiando las expectativas de justicia y democracia del pueblo, y pese a las multitudinarias manifestaciones y las denuncias de fraude, lo único que es seguro a día de hoy es que Rusia Unida domina el parlamento ruso y que en mayo Putin se volverá a poner la corona de presidente de Rusia. Eso sí, el futuro presidente y los suyos se enfrentarán a una legislatura que no será tan plácida como la anterior, porque los rusos ahora saben que una nueva Rusia es posible, y la quieren. Habrá que seguir luchando.

Este artículo es una actualización del publicado originalmente en la web de Objective Mind
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