Mairbek Vatchagaev :::: Los habitantes del Cáucaso poco pueden esperar del nuevo presidente de la Federación: Putin va a seguir aparentando que tiene el control en el Cáucaso Norte y no renunciará a la resolución militar.

Los resultados de las “elecciones” presidenciales en Rusia no han sido ninguna sorpresa. Curiosamente, la comunidad internacional sigue llamando “elecciones” a lo que pasó en Rusia, aunque el desenlace ya se conociera mucho antes de que empezara la campaña electoral. Tampoco es novedoso el estratosférico número de votos favorables a Moscú que proporcionan las autonomías étnicas. No es más que una forma que tiene la élite local prorrusa de demostrar su lealtad al Kremlin.

Es llamativo que entre las diez regiones que más votos aportaron a Putin se encuentren ocho repúblicas autónomas y sólo dos regiones propiamente rusas. Entre esas ocho autonomías donde Putin recibió más del 90% de los votos, cuatro son repúblicas norcaucásicas: Chechenia (99,76%), Daguestán (92,84%), Ingushetia (91,91%) y Karachaevo-Cherkesia (91,36%). No del todo al estilo caucasiano votaron los kabardinos-balkarios (77,74%) y los osetios del Norte (70,06%).

Los dirigentes locales se excedieron tanto en su celo por demostrar cuánto quieren a Vladímir Putin, que éste tuvo que dar explicaciones para justificar un apoyo tan unánime a su persona. Según él, las tradiciones locales del Cáucaso exigen que todos voten siguiendo el ejemplo de la persona más respetada y de mayor edad.

Parece que el antiguo/nuevo presidente de Rusia cree que los chechenos y los demás pueblos del Cáucaso Norte viven en una especie de comunidad tribal, al menos es la única forma de explicar su razonamiento. Si seguimos esta lógica, el ejemplo de Chechenia demostraría que, mientras más civiles asesines, más pueblos y ciudades destruyas con bombardeos e incursiones sangrientas, más ardiente es el amor de la población hacia quien ordena la matanza. Los habitantes de Daguestán e Ingushetia adorarían a Putin por las atrocidades de los paramilitares, las desapariciones forzadas, los asesinatos y palizas a los periodistas y abogados que intentan defender a la gente de la política de terror que llevan a cabo las fuerzas de seguridad rusas. De modo que, según las autoridades rusas, la población del Cáucaso Norte debe ser simplemente masoquista.

En las últimas elecciones, tanto los observadores electorales como los ciudadanos, que han seguido el curso de la votación a través de las cámaras web instaladas en todos los colegios, han denunciado numerosas irregularidades. La mayor parte de las veces se trataba de falsificación masiva de papeletas y de los llamados «carruseles», que consisten en trasladar en autobuses a grupos organizados de estudiantes o funcionarios para votar en varios colegios electorales.

En Osetia del Norte, a los observadores no les dejaron ni acercarse a los colegios. Sin embargo, nadie ha sido sancionado, nadie ha asumido la responsabilidad por estas irregularidades.

En realidad, los líderes locales auspiciados por el Kremlin no tienen peso alguno fuera de sus autonomías. Más allá de las fronteras de sus dominios, no son un referente; muchas veces ni siquiera se les conoce. La única excepción es, seguramente, Ramzán Kadírov, que sí es conocido en todo el país. Los dirigentes locales designados desde el poder central no pertenecen a los grupos étnicos autóctonos. De hecho, están ahí en función de vigilantes. De los siete fiscales, en las repúblicas del Cáucaso Norte, seis son rusos. Todos los Ministerios del Interior regionales dependen directamente del Ministerio del Interior de la Federación Rusa, es decir, están fuera de la jurisdicción de las autoridades locales. Por regla general, si un ministro es de la etnia local, el viceministro debe ser obligatoriamente ruso. Por ejemplo, el ministro del Interior de Daguestán es daguestaní, pero el primer viceministro, Vasiliy Saliútin, es ruso. Esta práctica, común en los tiempos soviéticos, se ha recuperado desde el comienzo de la segunda guerra de Chechenia, en otoño de 1999.

Pero el esfuerzo preelectoral a favor del candidato oficial no se puede atribuir sólo a los funcionarios regionales del Cáucaso. El Kremlin, por su parte, apostó por la versión de un supuesto atentado contra Putin una semana antes de las elecciones. El primer sospechoso fue, por supuesto, checheno, porque esta versión parecería bastante verosímil a la mayor parte de la población rusa. Pero pocos días después de los comicios se descubrió que el atentado jamás había tenido lugar, entre otras cosas, porque el sospechoso, Adam Osmáev, detenido en Ucrania, nada tenía que ver con la guerrilla chechena. De hecho, resultó ser sobrino del antiguo Presidente del Soviet Supremo de la Chechenia prorrusa en los tiempos de Zavgáev (1995-1996) y Ajmad-Jayí Kadirov (1999-2000). El joven estudia en la Universidad de Buckingham en Inglaterra.

Al parecer, se equivocaron de persona, ya que existe otro Adam Osmáev buscado por la policía. Durante la campaña electoral, la prensa evitó dar información sobre la familia del sospechoso. De hecho, parece que Rusia no tiene ninguna prisa por pedir la extradición del supuesto terrorista desde Ucrania.

Moscú ha vuelto a jugar la carta chechena para favorecer a su candidato, lo cual hace pensar que esta carta chechena es todavía válida para Putin y su equipo. La utilizarán, seguramente, en el futuro, para ganar puntos ante el electorado.

Por su parte, Ramzán Kadírov fue bastante explícito cuando habló de las manifestaciones de protesta que tuvieron lugar en Moscú. El presidente checheno dijo que los que participan en este tipo de actos, son “enemigos del país”, dando a entender que todo aquel que no apoya a Putin, es considerado enemigo.

Esta actitud no es exclusiva de Kadírov. Todos los altos funcionarios en el Cáucaso Norte piensan de la misma forma. Cualquier cosa que represente una amenaza para sus amos en Moscú, también pone en peligro a las élites dirigentes locales. No es de extrañar, pues, que las protestas de Moscú no hayan tenido ninguna réplica en la región norcaucásica. En el Cáucaso no es costumbre manifestarse en contra de Moscú. No hay ninguna fuerza política bien definida, capaz de organizar una protesta contra el poder central, a excepción de los que luchan bajo las banderas del islamismo. Las protestas en Ingushetia o Daguestán van normalmente contra las autoridades locales, mientras que se mantiene lealtad al poder central. Sin ninguna duda, la gente entiende que los funcionarios locales están criados por el Kremlin, pero no se ve suficientemente fuerte para enfrentarse al poder a dos niveles: local y nacional.

Sin embargo, las manifestaciones como la que tuvo lugar en Majachkalá (Daguestán) el pasado mes de diciembre, que exigía acabar con los asesinatos y secuestros por parte de las fuerzas de seguridad, y organizada bajo eslóganes islámicos, marcan una nueva etapa en el movimiento de protesta en la región. A diferencia de lo que pasó en Moscú, las protestas en el Cáucaso van a ser de carácter más radical, lo que puede resultar peligroso tanto para las autoridades locales como para el gobierno central; porque la política que lleva a cabo Moscú está provocando una mayor politización de la comunidad musulmana en el Cáucaso Norte.

Hoy en día, hay cuatro repúblicas potencialmente explosivas en la región: Chechenia, Daguestán, Ingushetia y Kabardino-Balkaria. Hace cinco años, Kabardino-Balkaria no formaba parte de esta lista. Parece que Karachaevo-Cherkesia está también a punto de unirse al grupo de las regiones conflictivas, lo que puede crear muchos problemas para Moscú, ya que todos estos territorios se sitúan en la franja fronteriza donde Rusia limita con Georgia y Azerbaiyán.

¿Qué pueden esperar, entonces, los habitantes del Cáucaso Norte de la nueva presidencia de Putin, que va a durar doce años (la nueva legislación alarga el mandato presidencial de cuatro a seis años y autoriza dos mandatos consecutivos)? La respuesta es: nada. Putin no cambiará su política en la región. Fue él quien hizo que el conflicto armado se extendiera por todo el Cáucaso, fue él quien apostó por la resolución militar en Chechenia en 1999 y quien designó a los dirigentes actuales. Jamás reconocería que todo lo que se hizo hasta ahora ha sido un error. Va a seguir aparentando que tiene el control en el Cáucaso Norte y no renunciará a su apuesta por la resolución militar del conflicto.

Pero el problema es que, en 2014, se van a celebrar los Juegos Olímpicos en la ciudad de Sochi. Para ese entonces, las posiciones de Putin en la región pueden verse hasta tal punto debilitadas, que tendrá que hacer concesiones a algunas fuerzas exteriores que quieran aprovechar esta situación. Porque para Putin personalmente las Olimpiadas son todo un símbolo de que tiene el Cáucaso bajo control. Si no, el mundo entero lo va a ver como un dirigente fracasado, que no ha sabido cumplir con su cometido y que estaría dispuesto a aceptar cualquier compromiso para mantenerse en el poder. No quiere marcharse de la misma manera que él mismo obligó a hacer a Boris Yeltsin el día de Nochevieja, el 31 de diciembre de 1999.

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