Marta Ter :::: La oposición de Rusia recibió un fuerte golpe el pasado día 4 de marzo, día de las elecciones Presidenciales. Después de haberse hecho ilusiones de cambio, se dio cuenta de que, aparentemente, todo continua.

Ese día, la mayoría de opositores al régimen que se habían manifestado durante 3 meses constataron dos realidades: primero, la popularidad innegable de Putin entre buena parte de la población. Y segundo, se dieron cuenta de que, a pesar de la observación electoral llevada a cabo por la sociedad civil, hubo de nuevo un fraude masivo. Hasta 4.000 irregularidades. Y todo continúa igual: mientras la OSCE denuncia fraude y asegura que los comicios han sido “claramente sesgados” a favor de Vladímir Putin, éste recibe felicitaciones de los líderes europeos que, por descontado, no le pedirán que rinda cuentas de nada.

Y así, Vladimir Putin será nuevamente presidente de Rusia los próximos 6 años. Oficialmente, ha obtenido el 64,06% de los votos. Grazhdanin nabliudateli, una de las redes de voluntarios más importante de observadores que se ha organizado asegura que, sin fraude, Putin habría recibido el 47,53% de los votos. Y la asociación Golos, que también supervisó las elecciones, le otorga un 50,76%. En cambio, esta misma organización asegura que Rusia Unida, el partido de Putin, no hubiera ganado la mayoría que tiene en la Duma (el Parlamento ruso) si no hubiera habido fraude el pasado mes de diciembre. Por tanto, si los comicios hubieran sido limpios, ahora el panorama sería bastante diferente: Putin posiblemente se enfrentaría a una segunda vuelta en las elecciones y el Parlamento ya no estaría dominado por su partido.

Putin continúa presentándose como la piedra angular de la estabilidad rusa, como el baluarte ante el caos que reinaría en el país si él no estuviera al mando. “En la televisión rusa hace una década que nos machacan con la idea de que si él desaparece, Rusia se hunde. Y la gente se lo acaba creyendo”, me comentaba Vitali Yaroshevski, periodista especializado en temas políticos de Nóvaya Gazeta.
Putin subió al poder en marzo de 2000, pocos meses después de que se produjeran unos atentados en unos bloques de apartamentos en Rusia, en los que murieron casi 400 personas. Los atentados, según algunos analistas, fueron obra de los servicios secretos rusos, pero el gobierno de Yeltsin de aquel momento los atribuyó a la guerrilla chechena, la cual siempre negó su implicación. Así, el enemigo interno interrumpió “milagrosamente” en plena campaña electoral, hizo que a la gente el entrara pánico y la popularidad de Putin aumentó como la espuma después de asegurar que perseguiría a los terroristas y los liquidaría, incluso “aplastándolos en las letrinas”. La gente atemorizada secundó de una manera indiscutible al nuevo dirigente que, con un lenguaje contundente, prometía mano dura e iniciaba sin contemplaciones la segunda guerra de Chechenia.

En ese momento Putin parecía que era la solución de la complicada situación en la que se encontraba Rusia: prometía seguridad en relación a los terroristas y proponía estabilidad y orden en un país empobrecido después de la crisis económica de 1988, harta de la mala gestión y del alcoholismo de Yeltsin, y del reparto de riqueza entre unos cuantos oligarcas.

Entonces Putin empezó a construir la conocida “vertical de poder”, centralizando el sistema de toma de decisiones, haciendo que los gobernadores de las regiones de la Federación Rusa fueran designados por él en lugar de ser elegidos por sufragio universal y marginando a los partidos de la oposición en el parlamento. Recortaba derechos fundamentales de la ciudadanía y ésta lo contemplaba impasible porque, mientras esto ocurría en la esfera política, la economía mejoraba espectacularmente gracias, en parte, a la buena coyuntura que ofrecían los altos precios de las materias primas que Rusia exporta. Esto hizo posible que emergiera y se desarrollara una clase media que, como bien señala el analista Andrei Soldatov, “aceptó de buena gana el pacto que Putin le ofreció cuando llegó al poder: la oportunidad de hacer dinero a cambio de no interesarse por la política”.

Pero esta clase media apolítica, después de una década, ha roto el pacto tácito y ha salido a las plazas para manifestarse contra Putin. Porque ha visto que algunos oligarcas eran encarcelados o desterrados (Jodorkovsky, Gusinsky y Berezovsky), pero sus lugares eran ocupados por nuevos oligarcas afines a Putin. Y ha visto cómo el eterno enemigo interno, Chechenia, continúa representando una amenaza real para su seguridad al mismo tiempo que la élite que la gobierna se embolsa cantidades ingentes de dinero de los contribuyentes.
De este modo, la indiscutible mejora en bienestar conseguida por la bonanza económica se ve empañada por la corrupción, por un clima político atrofiado, por la injusticia reinante y por la falta de respeto con que la ciudadanía es tratada. Dos hechos han sido los catalizadores del malestar latente en la sociedad: en primer lugar, el acuerdo hecho público el septiembre del año pasado entre Putin y Medvédev, de que Putin volvería a presentarse como presidente. Y, en segundo lugar, el fraude masivo perpetrado en las elecciones de la Duma del pasado mes de diciembre.

Putin no ha demostrado interés alguno en dialogar con los representantes de los que se manifestaron, ni se ha referido a ellos respetuosamente en sus declaraciones. O los ha despreciado, calificándolos de “urbanitas aburridos”, o los ha considerado la quinta columna de occidente, que urde extrañas maniobras con tal de que Rusia no ocupe el lugar que le corresponde en el mundo.
Pero en paralelo, Medvédev presentaba al Parlamento 4 leyes que actualmente se encuentran en trámite que revisan y corrigen algunas de las principales enmiendas restrictivas que fueron aprobadas durante la última década: simplificación de los procedimientos de registro de partidos políticos, reinstaurar las elecciones para los gobernadores y simplificación de los trámites para competir en las elecciones.
La mayoría de los que han salido a la calle querrían nuevos dirigentes políticos pero por ahora ningún candidato les atrae. Ningún personaje político les aglutina. Con la falta de alternativas a que se enfrentan, estos días sólo aspiraban a tener unas elecciones transparentes. Pero han vuelto a ser engañados.

Se manifestaron el día 5 de marzo, y han vuelto a hacerlo el día 10. Prometen más concentraciones, pero parece que por el momento no saben qué más hacer. ¿Hasta cuándo las manifestaciones? ¿Buscarán construir una nueva alternativa política? ¿Y quien será el líder, si la oposición está, por ahora, tan atomizada?

En opinión de Tania Lókshina, directora de Human Rights Watch: “es importante que la oposición no se desespere ni se atrinchere en una pugna contra el poder. Hay que trabajar desde dentro para construir una alternativa política real en los próximos años. Hacerla crecer desde la oposición. Y no permitir que haya peleas entre todos aquellos que la conforman.”

Por tanto, aunque aparentemente todo siga igual que antes de las elecciones, en realidad Rusia ha cambiado. Putin se enfrentará a un mandato en el que no le será sencillo satisfacer y controlar una parte de la población que ha aprendido a salir a la calle para mostrar su descontento. La clase mediana urbana ha entrado en la esfera política y parece que condicionará, poco o mucho, las decisiones que se tomen desde el Kremlin.

Anuncios