Vladímir Putin ha vuelto a ganar las elecciones presidenciales. Los otros candidatos, sin nada realmente interesante que ofrecer, se han quedado lejos del porcentaje obtenido por Putin. Los manifestantes siguen en las calles, pero sin un líder claro.

Vladímir Putin, siguiendo el previsible guión, ha vuelto… sin haberse ido. Las elecciones tampoco se han salido esta vez de lo previsto: se presentaron quienes debían hacerlo para mantener el nivel habitual de democracia formal, se han denunciado las irregularidades recurrentes, la OSCE se ha pronunciado con relativa dureza sobre la legitimidad de las elecciones, etc.

Los candidatos a la presidencia más allá del caballo ganador, tampoco han ofrecido novedades. Sólo el apego al poder y cierta esclerosis institucional puede explicar que Ziugánov siga siendo el líder del Partido Comunista de Rusia. Tampoco el seno de dicho partido parece ser un buen sitio para encontrar prácticas democráticas. Zhirinovski sigue enriqueciéndose con la política y cuando se acercan las elecciones recupera su incendiaria retórica para luego votar en la Duma lo que mande el presidente. Rusia Justa, partido creado en su día desde el Kremlin para restar votos (aún más) a los comunistas, juega a socialdemocracia indignada pero, hasta ahora, con poca credibilidad. Mirónov, que hasta hace dos días parecía el principal admirador de Putin, no parece el líder adecuado para dirigir una socialdemocracia que pide a voces refundarse. Por su parte, el patetismo ultraliberal de Prókhorov y su retórica de más derecha, menos subvenciones y menos corrupción ha acabado llevándose buena parte de los votos “liberales” de quienes salieron a la calle en las últimas manifestaciones.

Claro está, el volumen de esas manifestaciones ha sido lo único que se ha salido del guión y esta situación ha provocado que el ganador de las “elecciones”, Vladímir Putin, sea también quien sale peor parado de las mismas: ha dejado de ser una figura “intocable” y decenas de miles de personas lo han culpado personalmente (a él, y no a sus ministros o al “corrupto funcionariado” como tantas otras veces) de los problemas del país. La oposición a lo que representa Putin ha vuelto a quedarse fuera del juego partidista, y ahí parece que seguirá por mucho que un Medvédev, convertido en parodia de sí mismo, prometa (ahora) reformas políticas estructurales.

En el Cáucaso Norte, por cierto, las cifras oficiales apuntan cifras muy por encima del 90% de apoyo a Putin. Sin novedad, también en esto, en el frente.

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