Mairbek Vachagaev :::: En 2011, se perfila la idea del trasvase de la población del Cáucaso Norte a otras regiones de Rusia y la repoblación del Cáucaso por rusos étnicos (el llamado “plan de Alexander Jlopónin”, representante plenipotenciario del Presidente de la Federación de Rusia en el distrito federal del Cáucaso Norte). Se firmaron acuerdos con 66 regiones del país para acoger y dar empleo a personas procedentes de las repúblicas norcaucásicas. Ocho regiones se han negado: las de Kurgán, Kírov, Sverdlovsk, Samara, Tiumen y también Moscú. Curiosamente, son las regiones más atractivas para los habitantes del Cáucaso Norte. En realidad, no se trata de dar trabajo a la población norcaucásica: para eso no haría falta organizar negociaciones y firmar acuerdos de tan alto nivel. Para eso sería suficiente que la llegada de la gente del Cáucaso a pueblos abandonados de la Rusia profunda no se viera como un acto de agresión. El problema es que, en Rusia, los censos poblacionales descubren un número cada vez mayor de pueblos y aldeas deshabitados (entre los años 2002 y 2010, se han registrado 8,5 mil nuevos pueblos deshabitados). Sin embargo, la llegada de inmigrantes caucasianos a esas localidades se ve con bastante enemistad. Así funciona el principio del «perro del hortelano» que «no come ni deja comer». La hostilidad de las autoridades locales y de la policía hace la integración de los recién llegados aun más difícil.

Otro acontecimiento importante fue, en mi opinión, el cambio en la localización de la Brigada motorizada de alta montaña desde Botlij (Daguestán) a Maikop (Adygueya). A día de hoy, Rusia sólo tiene dos brigadas motorizadas de alta montaña, ambas acantonadas, evidentemente, en el Cáucaso Norte; pero hasta el año 2011, una de ellas se emplazaba en la localidad de Zelenchúk en Karachaevo-Cherkesia, y la otra en el pueblo daguestaní de Botlij, en la frontera con Chechenia. Por un lado, estas brigadas estaban designadas para combatir la guerrilla en las montañas pero, por otro lado, también podían ser utilizadas en las zonas fronterizas con Georgia y Azerbaiyán. El problema es que la Brigada de Botlij se había quedado sin campo de entrenamiento, porque el terreno que estaba destinado a este fin en Chechenia, resultó formar parte de un espacio histórico y cultural protegido, al amparo de la legislación de la Federación rusa. De modo que la Brigada pasó casi 10 años sin campo de entrenamiento y, al final, la base militar valorada en 15 billones de rublos, pasó a formar parte, a efectos contables, de los activos de la administración de Botlij, mientras que los militares fueron trasladados a Maikop, en Adygueya. De esta manera, las dos brigadas están ahora concentradas en la parte occidental del Cáucaso Norte, lo cual, probablemente, no sea una casualidad, ya que las autoridades rusas necesitan refuerzos adicionales para hacer frente a la guerrilla, en la víspera de los Juegos Olímpicos de Sochi, previstos para el año 2014.

Siempre en el contexto de los preparativos para las Olimpiadas, se está llevando a cabo un rearme a gran escala en el sur de la Federación rusa. En los últimos diez años, los fondos destinados a la militarización de la región han superado con creces las inversiones en la economía de las repúblicas norcaucásicas. El rearme actual, con reequipamiento de grandes unidades militares en un tiempo record, es, aparentemente, el más rápido de toda la época postsoviética.

Han sido rearmadas prácticamente todas las unidades blindadas en el sur del país; los viejos carros de combate han sido sustituidos por los T-72B con armamento tecnológicamente más avanzado. Las divisiones motorizadas de Osetia del Norte y la región de Volgograd, así como los batallones de infantería motorizada en Daguestán y Abjazia han sido reequipados con tanques de combate T-90A, vehículos de combate de infantería BMP-3 y blindados BTR-82A.

Se han modernizado completamente los sistemas de misiles y se han instalado nuevos sistemas de defensa antiaérea, en primer lugar en Chechenia. El control sobre el espacio aéreo de Chechenia se va a realizar desde la base militar de Kalinovskaya (en el Norte de Chechenia, en las proximidades del río Terek) por un nuevo sistema de mando y control para las unidades antiaéreas, el moderno Barnaúl-T (información de la agencia ITAR-TASS del 14 de diciembre de 2011). Indudablemente, el Cáucaso Norte es, hoy en día, la región más militarizada de todo el territorio ruso.

Todo esto es consecuencia del estado de tensión que está viviendo la región. El organismo independiente Kavkazskii Uzel, que basa sus datos solo en informes públicos, ha contabilizado, en los once meses del año 2011, al menos 1205 víctimas del conflicto armado en el Cáucaso Norte: 683 personas murieron y 522 resultaron heridas. Según los datos provisionales, en el año 2011 se han perpetrado 64 desapariciones forzadas; 28 personas han sido secuestradas en Daguestán; veinte, en Chechenia; trece, en Ingushetia; tres, en Kabardino-Balkaria.

Un acontecimiento trágico que marcó el año 2011 fue el asesinato, el 15 de diciembre, de Jadyimurad Kamálov, un conocido periodista daguestaní y fundador del periódico Chernovik. Su muerte viene a completar la lista negra de los caídos en la confrontación con las autoridades. Como todos los demás asesinatos de este tipo, no hay razones para creer que el crimen se vaya a resolver algún día.

El final del año se ha visto marcado por la décima visita (desde 1999) a Chechenia del antiguo y futuro presidente de Rusia Vladímir Putin, quien visitó la república el 20 de diciembre de 2011. Con unas cifras abrumadoras de votos por el partido Edinaya Rossiya [Rusia Unida](hecho a medida para Putin), el actual primer ministro declaró que considera dañino hablar de cualquier posible separación del Cáucaso Norte (los nacionalistas rusos proponen la secesión de Chechenia, Ingushetia y Daguestán de la Federación Rusa). Y, por primera vez, habló de un posible efecto dominó en caso de la disgregación de una de las regiones del país. De este modo, veinte años después del desmembramiento de la URSS, Putin volvió a los mismos argumentos que, en su tiempo, había esgrimido Borís Yeltsin. Con lo cual, poco ha cambiado en la visión de los hechos por el gobierno ruso, desde 1991. Seguimos teniendo los mismos problemas que hace veinte años. Con la diferencia de que antes se trataba solamente de Chechenia, mientras que ahora estamos hablando ya de Chechenia, Ingushetia y Daguestán. El problema no ha hecho más que extenderse.

También recordaremos el 2011 porque, después de un año de luchas internas, el grupo checheno de la guerrilla se unificó, al emitir una declaración en la que reconocía como su líder a Doku Umárov. Éste, por su lado, reconocía sus errores para con los tres comandantes díscolos más importantes de Chechenia: Husein Gakáev, Aslanbek Vadálov y Tarján Gazíev. Al mismo tiempo, la guerrilla sufrió importantes pérdidas en el grupo kabardino-balkario del que, entre marzo y mayo de 2011, fueron aniquilados casi todos los líderes guerrilleros de alto y medio rango. Estas bajas afectaron a la situación operacional en esta parte del Cáucaso Norte, reduciendo el número de ataques a las autoridades por parte de la Jamaat de Kabardino-Balkaria. La Jamaat más activa siguió siendo, al igual que en 2010, la de Daguestán.

El año 2011 demostró también que la política de “chechenización” de las demás repúblicas del Cáucaso, con la que contaban las autoridades, no dio resultados. De hecho, podemos hablar del fracaso de esta política, ya que ninguna de las repúblicas, incluso Ingushetia, tan cercana a Chechenia, pudo adoptar los métodos de la “chechenización”. Lo que funcionó en Chechenia no lo hizo en otras partes. Lo que pasa es que Chechenia es hoy una república prácticamente mononacional y, por lo tanto, no necesita maniobrar para mantener la equidad entre diferentes etnias. Además, en las repúblicas de la zona noroccidental del Cáucaso, la minoría rusa sigue siendo importante, mientras que en Chechenia (al igual que en Ingushetia y Daguestán), la población rusa es casi inexistente.

En 2011, se aprobó un plan de creación de varios enclaves turísticos en todo el territorio del Cáucaso Norte. Sin embargo, esta iniciativa no podrá cambiar una creciente actitud antirrusa en el Cáucaso Norte, donde el gobierno central ya no se ve como el poder único e incondicional. Cada vez más personas se dirigen a instituciones internacionales para reivindicar sus derechos, lo que debilita aun más la de por si precaria posición de Moscú en la región.

En este difícil contexto, el Cáucaso Norte está viviendo un proceso de progresiva islamización, lo cual es, realmente, un paso adelante comparado con el estado de estancamiento de los años noventa. Es de esperar que en algún momento, estas fuerzas, basadas en los preceptos islámicos, sean el principal actor en la arena política regional. No hay que temerlo; al contrario, hay que comprender este proceso y dialogar con todas las fuerzas políticas. Sólo así la situación se podrá mantener en el marco de la tradición y la costumbre nacional, lo que automáticamente excluiría cualquier radicalización de esas fuerzas políticas.

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