Miguel Vázquez Liñán :::: Hace unas semanas, en una entrevista a la emisora de radio Eco de Moscú, el historiador Yuri Afanásiev alertaba del peligro de que la movilización ciudadana iniciada en diciembre fuese utilizada, en su favor, por el Kremlin.

¿A qué se refería Afanásiev? Fundamentalmente, a que la indefinición política de las movilizaciones (al mismo tiempo su fortaleza y su principal debilidad), la ausencia de un claro liderazgo y de un “programa concreto” pudiera ocasionar la lenta disolución del movimiento tras las elecciones de marzo. De esta forma, la élite que gobierna Rusia no precisaría más que moderar su impulso represor y “sentarse a mirar” la descomposición de un movimiento difuso y, con el tiempo, dividido en disputas internas. El resultado, en este escenario, sería la vuelta a la “normalidad” y la sensación de que, mal que bien, la única opción seria de gobierno es la de los últimos años.

El conocido historiador proponía la comparación con los primeros años noventa, cuando cientos de miles de personas salieron a la calle a mostrar, entre otras cosas, su hartazgo ante un régimen esclerótico y autoritario. De aquellas protestas emergió el gobierno de Yeltsin, iniciador, al fin y al cabo, de un sistema político que, con modificaciones (algunas significativas) se mantiene en la Federación Rusa. Afanásiev, muy involucrado en la política de aquellos años, interpretaba este desenlace como una derrota de quienes entonces se movilizaron. No le faltan, desde luego, argumentos. La advertencia de Afanásiev es seria y tiene sentido. Resulta, además, comprensible en quien cree estar viviendo de nuevo una situación similar y quiere evitar cometer de nuevo el mismo “error”.

Pero no es menos cierto que la evaluación será otra si subrayamos el hecho de que, en efecto, el régimen se desmoronó. La Unión Soviética dejó de existir (también) porque una parte significativa de su ciudadanía dijo basta. En aquel momento, además, el referente, la alternativa imaginada a la “construcción soviética” en la que la mayoría pensaba era la democracia liberal capitalista. Y, con toda su crudeza, es lo que reemplazó a la URSS. La Rusia de hoy padece de autoritarismo y corrupción pero, en esos rubros, no es necesariamente “peor” que la URSS de Brezhnev, ni tampoco que la de Gorbachov. Pero claro, llueve sobre mojado.

Los indignados de diciembre pedían elecciones limpias y una Rusia sin Putin. No sería un mal comienzo, al menos como ejercicio de “higiene política”. Se ha repetido mucho, pero quizás no sobre volver a hacerlo: era difícil, en noviembre de 2011, pensar que decenas de miles de ciudadanos podrían salir a la calle en Rusia para protestar contra el gobierno y personalmente contra Putin (hasta ahora al menos, la figura que sale más tocada, políticamente, de las movilizaciones). Y ocurrió. Esto ha cambiado la vida política rusa, porque lo que era inimaginable, pasó. En adelante, podrían darse otros hechos hoy difícilmente pensables; por ejemplo, unas elecciones libres y una Rusia sin Putin. Hoy parece más posible que hace un par de meses, y esto hay que apuntarlo en el haber de quienes salieron a la calle en diciembre y de quienes, no lo olvidemos, lo han hecho reiteradamente durante los últimos años.

También la reacción de Putin a los sucesos de diciembre ha recordado a tiempos pasados. En sus primeras declaraciones denunció la mano de Occidente tras las manifestaciones. No está del todo equivocado; que en “Occidente” hay quien quiere tener más posibilidades de intervenir en los mercados rusos no es un secreto para nadie. Pero esto tampoco es nuevo, y Putin sabe que Occidente tiene amplias tragaderas y no suele correr riesgos. Soportaría a casi cualquiera durante casi cualquier plazo si es lo mejor para sus negocios; y con Putin el entendimiento en este sentido no ha sido tan malo como pudiera parecer. El apoyo desde fuera no ha sido el factor decisivo para que los ciudadanos decidieran expresarse en las calles de las ciudades rusas. Evaluar lo sucedido en diciembre en clave de “la mano negra de Washington que todo lo mueve”, sería seguir el juego del Kremlin y agarrarse a los argumentos del antiamericanismo más infantil (muy extendido, por otra parte).

Entonces, ¿qué hacer?, ¿debería convertirse la protesta política en un partido? Esta parece ser una de las preguntas que flota insistentemente en el ambiente. No obstante, posiblemente no sea la más urgente. La oposición extraparlamentaria en Rusia lleva años intentando unirse ante lo que, supuestamente, es objetivo común: acabar con el sistema político cuya cabeza visible es Vladímir Putin. Lo más parecido al éxito en esta línea fue la creación de “La Otra Rusia” (Drugaya Rossia), formación hoy casi desaparecida. No ha habido manera, y es comprensible teniendo en cuenta la variedad de proyectos políticos y de rencillas personales entre quienes los lideran. ¿Significa esto que hay que abandonar los intentos de unidad política en la oposición? No, pero sí que esa línea de actuación, por sí sola, es del todo insuficiente.

A día de hoy, la oposición quizás debería transitar todas las vías transitables. Más allá de mantener la presión en la calle, es el momento de hacer más visibles las opciones políticas que existen en el país y que han sido sistemáticamente reprimidas, con diverso grado de dureza, por el poder. Pero también, una vez demostrado que la indignación de la población no es cosa de un puñado de rebeldes, resulta central abrir radicalmente la discusión política, hoy muy encorsetada. Los partidos (entre otras formas de organización política) nacerían, probablemente, de este proceso. Para ello, la exigencia de un sistema de medios menos sujeto a las necesidades políticas del Kremlin debería tener aún más peso entre las exigencias del movimiento. En un país de las dimensiones de Rusia, los canales centrales de televisión deberían convertirse en lugar de debate plural, más que de entretenimiento barato y propaganda oficial. Las diferencias abismales de conexión a Internet entre las grandes ciudades y los núcleos rurales llevan a pensar que es necesario algo más que Facebook para llegar a la población rusa.

Putin descartó, desde su llegada al poder, las prácticas democráticas. No es de recibo, entonces, que ahora las exija de la oposición, indicando que el único camino para el cambio de poder es el de las elecciones (esas que han provocado, por su corrupción, las movilizaciones). La calle ha comenzado a moverse, Putin debería echarse a un lado.

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