María José Andrade Alonso :::: Más de tres décadas han transcurrido desde que, en 1977, se restablecieran unas relaciones diplomáticas plenas con la URSS. Por este motivo, y para subrayar esta relación, España y Rusia han celebrado, en 2011, el Año Dual, con el fin de seguir tendiendo puentes en las relaciones entre ambos Estados.

Dar más visibilidad a las respectivas culturas en temas como la economía, la innovación o la modernización tecnológica, se ha convertido en el principal reto perseguido durante el año 2011, y que ayudará a que la colaboración entre estos dos países se consolide en todos los ámbitos.

Muchos han sido los eventos que han tenido lugar durante este año, hasta la gala de clausura que se celebró el pasado 5 de diciembre en el Teatro Real de Madrid, pero, sin duda, el que ha atraído más a los interesados por la cultura rusa ha sido la exposición instalada en el Museo del Prado: una selección de más de 170 obras de la gran colección del Hermitage -el mayor tesoro artístico de Rusia- que podrá visitarse en Madrid hasta el próximo 25 de marzo de 2012.

El Hermitage, a la vez un palacio y un museo, está formado por un conjunto de edificios a orillas del río Neva. Inaugurada su construcción por Pedro I el Grande (r. 1682-1725), el zar que fundó la ciudad de San Petersburgo (1703) tomando París y Ámsterdam como modelos, el edificio fue posteriormente ampliado por sus sucesores. Catalina II la Grande (r. 1762-1796) continuó esta labor con la construcción del pequeño Hermitage, destinado a albergar las colecciones imperiales de arte, y su nieto, Nicolás I (r. 1825-1855), añadió el Nuevo Hermitage. Tras la Revolución de 1917, sus fondos -provenientes en su mayoría de las colecciones de arte privadas de estos tres zares-, fue-ron nacionalizados.

El Hermitage, que cumplirá 250 años en 2014 y lo celebrará realizando exposiciones itinerantes por todo el mundo, es un museo único tanto por su amplia colección de piezas arqueológicas de oro, armas y adornos de los nómadas escitas de Eurasia como por la Colección Siberiana de Pedro I, expuestas todas en Madrid de manera muy especial.

La muestra que podemos disfrutar en el Museo del Prado contiene una importante selección de pinturas, dibujos y esculturas de los siglos XVI al XX, que ilustran la riqueza, el origen y la evolución de la colección del Hermitage. Una exposición que constituye un verdadero disfrute para los sentidos y que difícilmente volverá a repetirse.

Así pues, adentrémonos en el Prado para realizar un viaje por las joyas de la corona rusa. Un “pequeño Hermitage”, instalado en la sala de la principal pinacoteca es-pañola, que devuelve, de esta manera, la visita que un “pequeño Prado” realizó al museo de San Petersburgo hace unos meses y que acaparó la atención de más de 600.000 personas.

Entrar en el Prado se asemeja al ritual de penetrar en un templo: el visitante experimenta una extraña sensación al acceder a un espacio en el que se han conjurado los espíritus para que podamos disfrutar, durante unos meses, de las joyas más preciadas del Hermitage. Una joya dentro de otra.

La exposición se distribuye con una organización perfectamente cuidada por el Prado en diferentes salas, donde obras y museo abrigan al convidado, conduciéndole por los entresijos del arte y sus distintas etapas: el entorno del Hermitage, pintura, escul-tura y dibujos, pintura y escultura del S. XVIII, artes decorativas de Oriente y Occidente y la colección de arte de los siglos XIX y XX. Si en el Hermitage sus salas son protegidas con mimo por las famosas mujeres guardianas -que forman parte del paisaje del museo-, no menos atentos son quienes aquí velan por un tesoro prestado.

El invitado, pues en eso se convierte el visitante, a menudo ajeno a la historia del imperio de los zares, se verá sorprendido por un recibimiento inesperado: una magnífica fotografía del Palacio de Invierno reflejado en el río Neva, mostrando todo su esplendor; a lo que habrá de sumarse la bienvenida brindada por Pedro I, Nicolás I y Catalina II, quienes ejercerán de anfitriones para guiarle hacia el secreto a punto de ser desvelado.

Pero el Hermitage no puede entenderse sin su contexto. Para sugerirlo, se ilustra durante el recorrido el proceso de construcción de este “cofre del tesoro”: paisajes de Benjamín Paterson, reproducciones del Salón del Trono con sus minuciosos detalles, vistas y perspectivas de la galería militar y de la sala de Pedro el Grande, la famosa biblioteca de Catalina la Grande, donde se guardaba la biblioteca de Voltaire, todas estas imágenes irán introduciendo al visitante en esta joya única.

El visitante ha penetrado, por un momento, en las estancias que un día vivieron otra vida para descubrir “las joyas de la corona”: el oro de los nómadas de Eurasia -una vasta zona, que ocupaba desde Hungría, por el Oeste, hasta China y Mongolia-, las miniaturas talladas en oro por las delicadas manos de sus habitantes (como el Peinecillo del siglo IV a.C., que contiene escenas, bellamente narradas, de una cruenta batalla que enfrentó a dos guerreros y cinco leones y que nos traslada a un tiempo en el que el hombre se medía a la naturaleza en igualdad de condiciones y volvía a ser el animal que un día fue), el Filoscetos de Lombardo, El Descanso en la huida a Egipto con Santa Justina de Lottov, La lamentación sobre el cuerpo de Cristo muerto… y, por fin, el San Sebas-tián de Tiziano, donde unas pinceladas fluidas descubren a un mismo tiempo el rostro del dolor y del placer.

Continúa la visita a través de una sala donde se podrán contemplar Las santas mujeres ante la tumba de Cristo resucitado de Carraci, o El almuerzo del eterno Veláz-quez, El Tañedor de Laud de Caravaggio -donde un ambiguo joven nos deleita con una música viva, frente a la naturaleza muerta de la partitura y las flores-, o las maravillosas pinceladas de La Virgen con el Niño de Durero, para más adelante sorprender a un estudioso retratado por Rembrandt, que apresto nos mira para reclamarnos ante nuestra interrupción, estableciendo un diálogo a través de un tiempo y un lugar que no nos pertenece.

Pero nada constituye un ejemplo tan real de lo que fue el imperio ruso como la muestra de los vestidos cortesanos de ceremonia que pertenecieron a la esposa de Alejandro III, o el uniforme real del Cuerpo de Regimiento de los Húsares de Nicolás I. Y, cómo no, el delicado centro de mesa de época napoleónica de Pierce-Phillipe Thomise, dedicado a la festividad de Baco, una fiel imitación de un estilo de vida tan lejano, como el adorado e imitado París de Catalina la Grande.

Con un delicado Paisaje invernal con patinadores de Brueghel el Viejo, que anuncia los primeros fríos, prosigue la exposición. La bruja con un gato de Gheyn recuerda a un Goya compañero, por unos meses, de museo. El visitante asistirá, como buen discípulo, a la Visita del médico de Thetsu y a una tierna Visita de la abuela de Le Nain, que, rodeada de los nietos, devuelve al espectador a una infancia inolvidable e irrecuperable. Por otra parte, la mirada soberbia y triunfante de un Moisés con las Tablas de la Ley de Champaigne, perturbará a quien lo contemple por la dureza de unos ojos cargados de Dios.

Si se sigue la senda marcada, se vislumbra a una Magdalena Penitente de Anto-nio Canova. El dolor traspasa al visitante hasta hundírsele en el alma. El cuerpo abandonado de la que lo ha perdido todo hace enmudecer. Las delicadas formas talladas por el escultor y la belleza de la obra, desnuda los sentimientos de unas manos vivas, que intentan revelar al espectador el sufrimiento más profundo del ser humano.

La pena de la Magdalena dará paso a la unión más profunda entre el hombre y Dios, que es compartida por el observador en el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini. El delirio de la Santa nos llevará hasta la Cabeza del genio de la muerte, también de Canova, destinada a la tumba del Papa Clemente XIII y cuya realización fue abandonada por un defecto en el mármol. Un fallo que el ojo inexperto es incapaz de apreciar. Y la muerte nos presenta a un Mercurio coronando a la Filosofía, Madre de las Artes de Batoni, cuya luz, irradiada desde el propio cuadro, intenta llegar hasta el espectador para regalarle, no sólo belleza, sino también sabiduría.

El gusto por el lujo de los zares queda patente en la sala de Artes decorativas de Oriente y Occidente: jarrones, cajas, cestas, horquillas bellamente labradas de la dinastía Ming, joyas que pertenecieron al pirata Francis Drake, o la curiosa tabaquera de Federico II de Prusia, conforman la parte más llamativa de la muestra.

Sigue la exposición a través de la contemplación de una gran ventana llena de vida: la del Estanque de Montgeron de Monet, en el que una misteriosa dama se asoma a las aguas para quedar atrapada en ellas. Asistirá el visitante al Amanecer en las montañas de Friedrich, donde se puede observar el mundo tal cual es: indefinido y eterno. Llegará la Primavera eterna de Rodin, inspirada en la Divina Comedia de otro compañero de museo: Dante Alighieri.

El rostro penetrante de Ivan Ivánovich Schukin de Zuloaga indica la cercanía al final de una muestra que aún depara sorpresas, como el Niño con fusta de Renoir: el rostro y vestido perfectos y perfilados quedan separados de un paisaje impresionista desdibujado. Aún podrá contemplar el visitante la soledad y la mirada sin vida de La bebedora de absenta de Picasso -donde el aspecto rugoso de la tela materializa la tristeza y el abandono-, y la sonrisa de una Mona Lisa cubista en la obra Mujer sentada, del mismo autor.

Habrá un instante para la diversión aún antes del final, de la mando del Juego de Bolas de Matisse. Sin embargo, el momento se va acercando y, con él, se van diluyendo las formas: Bodegón metafísico de Morandi, “da una expresión metafórica de la idea de que son las cosas las que dirigen a los seres humanos y de que el secreto de su poder no se rige por la lógica y nos puede ser revelado”.

Cabe destacar que sólo una mujer está presente en la exposición: La prosa del Transiberiano y la pequeña Juana de Francia, de Sonia Delaunay, cuadro que transmite una sensación de vértigo y movimiento.

Y, cómo no, está presente también la Composición VI de Kandinsky, realizada antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial: un manifiesto del nuevo arte abstracto; una escena del Diluvio Universal, donde el caos, el desastre y el fin quedan refleja-dos en una obra que cautiva por la viveza del horror.

El desenlace de la exposición: Cuadrado negro de Malévich, representante del suprematismo, primer movimiento de arte abstracto ruso. El vacío que lo cierra todo. La oscuridad como desenlace. El “cero absoluto” del principio y el fin de todas las cosas. La soledad. De nuevo, el fin.

Pero nada termina. El Prado envuelve la tristeza del que acaba de viajar al Hermitage durante unas horas. Esta orgía de sensaciones llega a su fin.

Hay quienes afirman que el último deseo de los empleados del Hermitage, antes de morir, es que sus restos partan desde el que consideran su hogar. Quieren que su alma habite siempre entre sus pasillos y perpetuar, de esta forma, el amor hacia lo que ha sido parte de su vida. También el visitante dejará una parte de él en la que puede ser una experiencia inolvidable.

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