Ricardo San Vicente :::: Entre las obras recientes escritas en ruso que tienen por escenario el Cáucaso, deberíamos distinguir, como mínimo, dos grupos: las de los autores rusos o de la antigua URSS y la de los autores caucásicos que por una razón u otra escriben en ruso, recogiendo en su pluma las tradiciones de la literatura y la cultura rusa.

Dejaremos a los autores rusos que, tras visitar o luchar en el Cáucaso, o tal vez golpeados por los hechos que se produjeron (y se producen) en esa región, han dedicado alguna obra a las guerras de Chechenia. Pienso en el celebrado Vladímir Makan, autor de un magnífico relato, El prisionero del Cáucaso-recientemente publicado en castellano en El Acantilado-y de la galardonada y polémica novela Assam, en el periodista y narrador, Zakhar Prilepin o Arkadi Bábchenko, ex combatientes en Chechenia, que han recogido sus impresiones en diferentes narraciones (A. Bábchenko, La guerra más cruel, Círculo de lectores, 2008), y en un bastante largo etcétera (véase:http://artofwar.ru/).

Aquí nos referiremos sólo a dos figuras muy diferentes del panorama literario ruso actual: Guerman Saduláyev y Alisa Ganíeva. La escritora y crítica literaria Alisa Ganíeva ganó, con el pseudónimo masculino de Gula Jiráchev, el premio “Debut” del año 2009, un galardón que se concede, como su nombre indica, a escritores noveles. Además, desde el año 2005, ha sido finalista y galardonada en diferentes premios literarios, desde el premio “Triunfo”, un galardón destinado a los escritores de lengua rusa no residentes en Rusia, hasta el premio “Yuri Kazakov” de narrativa el 2010.

Aparte de sus artículos de crítica literaria, tanto sus ensayos como su obra propiamente literaria giran en torno a sus orígenes, en el caucásico y multiétnico Daguestán, república autónoma de la Federación de Rusia, pero de profundas raíces islámicas.

Gula Jiráchev, en una narración aparentemente testimonial y directa, como si el texto brotara de una cámara inocente movida por una mano curiosa y penetrante, con un estilo claro y preciso, pero también reflexivo y étnicamente colorista, nos permite atravesar el velo de una cultura -exótica incluso para el lector ruso-, en la que fermenta un futuro lleno de alarma.

En una sociedad conservada y a la vez mutilada por el poder soviético como es la daguestaní (que cuenta con una gran diversidad de etnias y lenguas), después del año 90 irrumpe como una tormenta el torrente occidental: libertades, tecnología, “mass media”, literatura, moda… Y en los años siguientes se produce, por un lado, una reacción islamista, retrógrada y fanática y, por otro, se recuperan los resortes del poder de una sociedad jerárquica y corrupta.

Pero lo que hace especial la obra de Ganíeva-Jiráchev es la capacidad de crear literatura a partir de esta tormenta, un cataclismo cultural, político y social, además de humano, que crea de un día para otro una nueva sociedad en la que se funden, se rozan y se golpean dolorosamente elementos de diferentes culturas y épocas. (Aquí sí que podríamos hablar de encuentro, aunque nada amable, de civilizaciones.) Y donde, sobrevolando el gran atractivo y enigmático caos, se halla omnipresente el gran hermano ruso.

En uno de los últimos relatos de Alisa Ganíeva, “Cómo el atardecer se convierte en noche”, la autora, que acaba de concluir su primera novela Dagui, vuelve al tema de la colisión de dos culturas, de dos maneras de entender el mundo que parecen moverse en dos espacios, en dos dimensiones diferentes, pero que cuando se cruzan… hacen estallar la tempestad.

El relato nos muestra cómo una familia está hablando plácidamente en casa de sus cosas viendo la “tele”, cuando de pronto:
“Nadie tuvo tiempo de decir nada cuando de la calle llegó un gran ruido y alguien gritó por megáfono:
-¡Atención, la casa está rodeada! Todos los de dentro, salid con las manos en alto. ¡Os damos tres minutos! ¡Tres minutos! ¡Salid de uno en uno!

Yusup seguía sentado, inmóvil, como si la hubieran congelado. Zumrud se tapaba la boca con ambas manos, Dibir miraba a Maga. Maga, que se encontraba a dos pasos de la ventana, miraba a través de la cortina tratando de averiguar algo en la oscuridad. A Gulia le cayó la taza de té sobre su brillante falda y el líquido se derramó por el suelo.
En ese instante Anvar se volvió hacia la pared y metió la mano entre la ropa.

Se apagó la luz. Por la ventana entró la luna creciente y los que se encontraban en la habitación sintieron cómo el atardecer se convertía en noche.”

Así termina el relato.

A diferencia de Ganíeva-Jiráchev, que después de estudiar en el Instituto Gorki de Literatura de Moscú, se convirtió en crítica literaria – una de las razones por las que decidió escribir bajo pseudónimo-, Guerman Saduláyev es un abogado que combina su actividad profesional con los “divertimentos” literarios cada vez más profesionales y, en un inicio, alejados de sus raíces.

Por un lado, se gana la vida dentro del sistema, pero por otro participa en movimientos literarios y artísticos alternativos y anti-sistema. Aunque, cuando estalla el conflicto del Cáucaso, llega al tema checheno por la sangre chechena que corre por sus venas. Es decir, adopta una actitud parecida a la del poeta polaco de origen judío Julian Tuwim, quien se identificó con las víctimas judías de la Shoá, no sólo por la sangre judía que corre por sus venas, sino también por la sangre derramada por su pueblo.

Saduláyev, hijo de una maestra rusa y un checheno sovietizado, observa desde el Petersburgo que lo acogió cuando decidió estudiar en la universidad el genocidio de su pueblo de origen.

El relato de Saduláyev-titulado en ruso como Una golondrina no hace primavera y traducido al castellano con el título Yo soy checheno – intenta combinar, como ocurre casi en toda la obra de Saduláyev, diferentes tareas. Por un lado, ofrece al lector una visión histórica y cultural de su pueblo: sus orígenes y algunas de sus costumbres y rasgos, entre los que destaca el amor casi suicida por la libertad y la encarnizada defensa de la propia identidad. Y, por otro lado, sabe adueñarse de la cultura rusa, pasada y presente, para construir un panorama en el que se funden la ancestral tierra madre con la figura también eterna de la propia madre del narrador, los orígenes con la épica de un pueblo que lucha por su derecho de existir y por su identidad.

Después del éxito cosechado por Una golondrina… -obra premiada con varios galardones-, Saduláyev, tal vez impulsado por ese mismo éxito, se lanza a la imposible tarea de recrear por escrito el epos oral de su pueblo, de reconstruir todo aquello que el pueblo checheno ha perdido en su traumática historia. Y si este proyecto titánico se ha mostrado, hasta el momento, poco exitoso, no lo ha sido -al margen de otros juegos literarios a veces más bien comerciales- la incursión en la historia de su país de adopción, Rusia, o, mejor dicho, la URSS.

En el relato “Los Morózov” Saduláyev recrea, con la precisión de un “outsider” del todo integrado en la cultura rusa, un capítulo heroico de la historia soviética, la “hazaña” de un niño que denuncia a su padre por traidor a la causa, el conocido episodio de Pavlik Morózov, ejemplo edificante que debían seguir las futuras generaciones soviéticas.

Un lenguaje tenso y conciso como la rocosa época que recoge la narración, incardinado en la realidad de la Rusia rural, y vestido con el rico y a la vez impresionante lenguaje popular, traslada al lector la esencia de los hechos narrados. Al igual que en Una golondrina …, en la que se funden la cultura narrativa rusa – descriptiva, crítica y psicológica-, con una realidad que constantemente pide a gritos el llanto lírico y el recitativo épico, en “Los Morózov” la fría y cruda narración se torna símbolo de un tiempo en el que los ideales calcinaban en su fuego a padres, hermanos y amigos.

La tragedia chechena ha dado otros nombres propios como Yulia Yúzik o Marina Ajmédova, cuyas obras Las novias de Alá y Khazhida, diario de una terrorista suicida respectivamente, gira en torno a las mujeres que los patriotas envían al suicidio para extender el terror entre hombres pacíficos, cuyo único delito es intentar vivir, ciertamente sometidos, maltratados, humillados, sobrevivir un día tras otro en un mundo que no han elegido.

En cuanto a estos últimos casos, la relevancia del mensaje hace palidecer la voluntad formal de las narradoras. Es innegable el valor testimonial de sus obras, pero en este breve comentario, reconociendo la dimensión de la tragedia y de la necesidad de darla a conocer, hemos querido limitarnos a dos escritores: Alisa Ganíeva y Guerman Saduláyev, ejemplos claros de que la cultura escrita rusa continúa acogiendo otras voces y de que, pese a las muestras de nacionalismo triunfante, de la prepotencia y de la xenofobia de algunos-, el mestizaje, la fértil fusión de culturas y sensibilidades, sigue siendo un rasgo vivo de la cultura rusa.

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