Marta Ter :::: Con el relato “Salam, Dalgat”, Gula Jiráchev, cuyo verdadero nombre es Alisa Ganíeva, ganó el premio “DEBUT 2009”. Ambientada en su Daguestán natal, la obra de Ganíeva narra, en una prosa sencilla y directa, el día a día de sus coetáneos. Pero esta cotidianidad está impregnada de conflictos étnicos, violencia, fanatismo islámico, corrupción y culto al dinero. Su visión “desde dentro” de Daguestán nos permite, de una manera entretenida y convincente, acercarnos a este (a menudo) desconocido lugar.

Alisa, ¿cómo empezó tu pasión por la escritura?
Desde siempre deseé ser escritora. Después de terminar el instituto en Majachkalá quise ingresar en el “Literaturnii Institut” de Moscú, porque mi visión de entonces, totalmente idealizada, era que todos los estudiantes que entraban en esa facultad terminaban siendo escritores. Pese a las reticencias que mis padres mostraron al principio, finalmente accedieron a ello. Ahora trabajo de crítica literaria para una revista rusa.

¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Moscú?
Ya llevo en Moscú nueve años, desde el otoño de 2002. De hecho, nací en Moscú, aunque fuera por pura casualidad. Por algunos asuntos, mis padres tuvieron que viajar a la capital cuando, de forma totalmente inesperada, yo llegué al mundo. Durante algún tiempo, me tuvieron en la incubadora para niños muy prematuros y después, volví enseguida a mi tierra.

El hecho de no vivir en Daguestán, ¿te permite ver con más claridad los procesos que se desarrollan allí?
Claro que sí. Cuando vives continuamente en un lugar, el ojo empieza a resbalar, no se fija en los detalles, se pierde la agudeza auditiva y visual. Pero tampoco me puedo alejar del todo, vuelvo ahí periódicamente. En algún momento, quise regresar para quedarme, pero el regreso es imposible. En Majachkalá ya no existe ningún caldo de cultivo intelectual; las personas cultas e interesantes que todavía siguen ahí viven en su cómoda burbuja y no quieren ver nada desagradable ni negativo.

Tus relatos están todos situados en tu tierra natal, Daguestán. ¿Por qué?
Porque sencillamente es el único tema sobre el que puedo escribir relatos. Mis detractores creen que es una forma de auto promocionarme, el intento de convertirme en literato en boga a cuenta de las desgracias de mis paisanos, mediante una sencilla descripción-enumeración de las particularidades de la vida cotidiana y religiosa en una “región en conflicto”.
En realidad, mis textos contienen pocos “conflictos”. No hablo de la guerra como tal, no tengo ningún derecho a hacerlo. Hablo de tiempos de paz, de la vida cotidiana en una ciudad del Cáucaso Norte. Pero esta “cotidianidad” transmite demasiada tensión y presagia sangre. Esta realidad necesita ser procesada artísticamente.
He estado esperando mucho tiempo para que en Daguestán apareciera un escritor que pudiera describir todo desde dentro, sin caer en los exaltados tópicos románticos ni acumular demasiados horrores. Ese escritor tardaba en aparecer y, entonces, me inventé a un joven llamado Gulá Jiráchev, escribí una novela en su nombre, la envié al concurso del premio “Debut”, gané el premio y así fue como empezó todo.

¿Y cuál fue la reacción en Daguestán ante tus relatos?
Se enfureció todo el mundo. Los lectores me reprochaban que no hable sobre “otro” Daguestán, el Daguestán hermoso, el mitológico. Decían que estoy “denigrando”, “sacando los trapos sucios” y “alentando la caucasofobia”. Los lezguinos creyeron que me meto con los lezguinos, los cumucos estaban convencidos de que estoy intrigando contra los cumucos, y los ávaros consideraron que estoy renegando de mi propio pueblo. Pero también hubo reacciones bastante curiosas. Recibí tanto crítica inesperadamente virulenta como aprobación imprevista.
Los salafistas pensaron que simpatizo con los sufíes, los sufíes creyeron que simpatizo con los salafistas. Los marginales desamparados con individualidades difusas se alegraron de que los estaba “defendiendo”. Creo que esto se debe al efecto polifónico que crea el texto titulado “Salam, Dalgat”, a la profusión de diálogos donde se entrecruzan ideas directamente opuestas. Aparentemente, es imposible rescatar mi propia opinión de este texto. Aparte de que realmente simpatizo con todos los citados anteriormente.

Ávaros, lezguinos, cumucos… Todas son etnias de Daguestán. ¿Podrías contarnos brevemente sobre ellas?
En Daguestán hay 14 etnias “oficiales” pero, en realidad, según diferentes recuentos, existen entre treinta y seis y ciento cuatro grupos étnicos. ¡Y todos ellos en un territorio de apenas 50 mil km2! En la época soviética, algunas minorías étnicas se censaban como representantes de pueblos vecinos mayores. Esto se hacía para facilitar la representación en distintos órganos burocráticos. Se rumorea que decenas de grupos étnicos fueron “convertidos” en ávaros con tal de que un ávaro pudiera ocupar el puesto de dirigente máximo de la república, como representante de la etnia más numerosa.
En cualquier caso, muchos pueblos, como los ghodoberi, los ajvajos y los tsajur están en vías de desaparición y pierden poco a poco su identidad étnica. No se editan libros en su lengua, no hay programas de televisión. Los niños estudian en las lenguas oficiales y, por supuesto, en ruso.

En tus relatos describes el día a día de gente corriente en Daguestán. ¿Qué destacarías de sus vidas?
Quizás, lo que más llame la atención es la multitud “lumpenizada” que se formó ahí en los últimos veinte años, como consecuencia de diversos acontecimientos dramáticos: la Perestroika con su brusca restructuración y destrucción de instituciones estatales, fábricas y empresas; el empobrecimiento total de unos y el vertiginoso enriquecimiento de otros; luego el dictado de los clanes y luchas entre ellos; la guerra en la vecina Chechenia y el miedo continuo a que en cualquier momento se extendiera a Daguestán; la aparición de enclaves islamistas potenciada por el poder central; la cada vez más intensa lucha entre movimientos religiosos, policías y guerrilleros, mercenarios criminales, fanáticos y funcionarios corruptos, etc.
Las personas originarias del Cáucaso Norte tienen un estatus especial en su propio país, no son ciudadanos de pleno derecho en Rusia, lo que se traduce en una “atención especial” bastante humillante en los aeropuertos, problemas a la hora de buscar empleo, circunspección y actitud cautelosa, etc. A mí me ha parado la policía varias veces en Moscú y, sin ninguna explicación, me han llevado a la comisaría. Un par de veces han intentado tomarme las huellas y hacerme fotos de frente y de perfil, como a una delincuente. Al parecer, habían recibido la orden de “marcar” de esta forma a todos los que vienen a la capital desde el Cáucaso.

El terrorismo no apareció en el Cáucaso de repente; ha sido una consecuencia directa y lógica de una política equivocada.
Esto me recuerda la cuestión de los prejuicios existentes entre daguestaníes y rusos, tema recurrente en tu prosa. ¿Cuáles son los estereotipos imperantes y cómo podría lucharse contra ellos?
Los prejuicios existen, aunque no son generalizados. Los rusos ven a los caucasianos como unos brutos, salvajes y agresivos, prestos a sacar el cuchillo, duros de mollera, que se infiltran por todas partes gracias a contactos con sus compatriotas. Para los caucasianos, los rusos son unos cobardes afeminados, débiles, alcohólicos y prostitutas que no reconocen ni a sus familiares. Es posible luchar contra estos estereotipos a través de los medios de comunicación, pero los canales de televisión federales sólo contribuyen a aumentar la división: en las películas, los caucasianos son retratados como personajes negativos, como criminales; y los informativos dan prioridad a las noticias de sucesos relacionadas casi siempre con los caucasianos, poniendo especial énfasis en su origen nacional, etc.

¿Y los jóvenes en Daguestán, cómo es su vida?
Pues, en estos últimos años, ha surgido una generación de jóvenes que no dominan bien ningún idioma (sea el ruso o su lengua materna), que languidecen en la ociosidad, que están parcialmente criminalizados y son incultos, agresivos, muy desarrollados físicamente (todos, sin excepción, hacen deporte), que no saben nada sobre la historia, la literatura, las tradiciones ni la cultura de Daguestán, pero quienes, al mismo tiempo, se enorgullecen de ser “daguis” y llevan camisetas con inscripciones seudopatrióticas. Las chicas de este tipo normalmente se interesan sólo por la ropa cara, la moda, el matrimonio y los chismes.
Por supuesto, son solamente una parte de la sociedad daguestaní, pero es una parte muy representativa. Los jóvenes científicos, informáticos, matemáticos, artesanos, poetas e historiadores no hacen ruido ni se hacen notar; simplemente, cumplen discretamente su necesario trabajo. Los marginales, sin embargo, se mueven mucho y gritan “somos daguestaníes” aunque hayan perdido por completo su “daguestanidad”.
Lo que me interesa es precisamente la pérdida de identidad, el desmembramiento de un pueblo bajo la presión de la globalización (un sucedáneo de la cultura occidental: música pop mala, reality-shows pervertidos etc.) y del totalitarismo musulmán. Como resultado, en Majachkalá proliferan los clubs nocturnos, cantan raperos espeluznantemente malos y, al mismo tiempo, pululan por todas partes unos señores de frente estrecha con tubeteikas en la cabeza, encasquetando a todos los transeúntes el periódico Islam que explica las reglas de la oración.
Me interesan especialmente los jóvenes cultos, inteligentes y alegres que, de pronto, caen en las redes de la propaganda de la guerrilla y luego acaban asesinados en el curso de una “operación especial” [de diferentes fuerzas de seguridad o el ejército]. Continuamente me entero de algún familiar que antes llevaba una vida muy pacífica y luego, al encontrarse entre dos fuegos, el chantaje criminal de la guerrilla y los maltratos policiales, de pronto desaparece para su familia para siempre. La línea entre amigos y enemigos en Daguestán es muy delgada, y no hay justos ni pecadores.

También describe cómo los jóvenes son captados por la guerrilla yihadista. ¿Conoces algún caso personalmente?
El Islam está de moda, pero el Islam presenta muchas variantes. Con el florecimiento de la tariqa naqshbandiyya (una de las 4 principales cofradías sufís) en Daguestán, se creó un espacio apropiado para el desarrollo de sus propias instituciones de educación superior, de círculos filosóficos, de poesía, etc. En los más de 75 años de ateísmo de estado se perdieron muchos conocimientos y la islamización empezó desde cero, aunque de la manera más primitiva e intrusiva. Recuerdo que una vez, en la escuela, en lugar de darnos la lección de biología, se permitió que entraran unos propagandistas islámicos que nos demostraron que el hombre estaba hecho de arcilla y repartieron folletos. Muchos de mis compañeros se apresuraron a leer el folleto con la misma ansia que la recopilación de pegatinas de Pokemon.
Para muchos, el Islam es, en realidad, una moda y una manera para alcanzar un determinado estatus. Una niña que decide ponerse el velo gana puntos en la clasificación de posibles novias y a menudo empieza a comportarse de manera arrogante despreciando a sus amigas que se quedaron en la “impureza” laica. Hay muchas chicas que cubren su cabeza con un pañuelo y se tiñen el pelo (he oído hablar incluso de prostitutas “que se ocultan” durante el día y se quitan todo lo que pueden de noche), y también muchos chavales que se dejan ver en la mezquita pero, por las tardes, seducen a las chicas y las chantajean cruelmente, así como muchos funcionarios que hacen la peregrinación casi todos los años sin dejar por ello de robar todo lo que pueden. Todo esto lleva a los jóvenes al salafismo y a defender el estricto cumplimiento de todas las normas religiosas. Y la injusticia, la desigual distribución de los recursos presupuestarios, la arbitrariedad burocrática y demás hechos similares sólo contribuyen a hacer atractivo un modelo simple del Islam.
Terminemos la entrevista con un pequeño juego literario… Dinos tres palabras que definan lo mejor de Daguestán:
TALENTO PARA LA ARTESANÍA
HOSPITALIDAD
CÓDIGO DE HONOR

Y tres palabras que definan lo peor de Daguestán…
HIPOCRESÍA
AFÁN DE APARENTAR
NEPOTISMO

Y tres ideas que pudiesen ayudar a mejorar la situación en Daguestán:
EDUCACIÓN
ACABAR CON LOS ENCHUFES ENTRE CLANES PARA ACCEDER A UN TRABAJO
DEMOCRACIA VERDADERA

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