Ricardo San Vicente :::: Debajo de un árbol, de noche, se encuentran un hombre con poca ropa y un pajarito. Hace un frío glacial y cuando los dos sienten ya la llegada de la muerte, el pájaro se dirige a la noche diciendo: “Nosotros ahora moriremos, sin duda. Pero ¿y tú? ¿Cómo vas a quedarte sola con este frío terrible?
Leyenda chechena

La primera imagen que surge del Cáucaso es su orgullosa e imponente verticalidad, enfrentada a la lánguida y paciente horizontalidad de la estepa, que es de donde llegan los rusos que se topan con el espectáculo de las cumbres nevadas de las montañas. Esta idea domina el imaginario ruso (y, supongo, también del resto de los pueblos de las estepas que llegan de Oriente y se encuentran con la imponente cordillera). Y quizá sea ésta una de las razones por la cual desde tiempo inmemorable muchos pueblos, siguiendo el curso del sol en su peregrinaje, se pararon en los valles protectores de esas montañas.

Así se crea la idea de la paciencia y la servitud de los rusos, que lo ganan todo por la inmensidad de su inagotable planicie, ante el espíritu indomable y libre de los caucásicos, también llamados “górtsi”, es decir, hombres de las montañas.

Y así, sobre todo en el siglo XIX, los rebeldes rusos, por un lado, identificaban el Cáucaso con el espacio exótico de los pueblos primitivos, libre y salvajes, –como lo era el Oriente para los occidentales– y, por el otro, el Cáucaso se convertía en el escenario de su exilio, donde como castigo, eran enviados para luchar en las filas del ejército ruso contra los indómitos caucasianos.

Por eso Pushkin, primero, pero después Lérmontov o Tolstói vivirán la experiencia del Cáucaso como una prueba liberadora y, a la vez, como experimento romántico, experiencia que, a veces, significa lo mismo.

Pushkin emplea en más de una ocasión en su poesía el paisaje de las montañas del Cáucaso como el escenario y símbolo de la soledad del enamorado, del hombre libre y desarraigado, o simplemente del hombre.

(1829)

На холмах Грузии лежит ночная мгла;
Шумит Арагва предо мною.
Мне грустно и легко; печаль моя светла;
Печаль моя полна тобою,
Тобой, одной тобой… Унынья моего
Ничто не мучит, не тревожит,
И сердце вновь горит и любит — оттого,
Что не любить оно не может.

La oscuridad cubre los montes de Georgia
y ante mí ruge el Aragva en la noche.
Me siento ligero en mi dolor, es clara mi tristeza
y llena está de ti,
solo de ti, de nadie más;
nada alarma mi pesar, nada lo hiere.
y el corazón me arde y ama otra vez
porque no amar no puede.

(traducción de Ricardo San Vicente)

Y en El prisionero del Cáucaso, es cierto que siguiendo muy de cerca los pasos literarios de su maestro Byron, consolidará esta doble imagen del Cáucaso, tierra de exilio y liberación, espacio de castigo y, al mismo tiempo, de revelación: el mundo y los hombres pueden serlo de mil maneras, aunque la libertad siempre será su horizonte.

Меж горцев пленник наблюдал
Их веру, нравы, воспитанье,
Любил их жизни простоту,
Гостеприимство, жажду брани,
Движений вольных быстроту…

Entre los lugareños observa el prisionero
su fe, educación, costumbres.
Admira su sencilla vida,
la hospitalidad, la sed de lucha
y sus veloces movimientos libres.

[y así, casi premonitoriamente, acaba su poema:]

И смолкнул ярый крик войны:
Все русскому мечу подвластно.
Кавказа гордые сыны,
Сражались, гибли вы ужасно;
Но не спасла вас наша кровь,
Ни очарованные брони,
Ни горы, ни лихие кони,
Ни дикой вольности любовь!
Подобно племени Батыя,
Изменит прадедам Кавказ,
Забудет алчной брани глас,
Оставит стрелы боевые.
К ущельям, где гнездились вы,
Подъедет путник без боязни,
И возвестят о вашей казни
Преданья темные молвы.

Calló el feroz grito de la guerra:
Todo quedó bajo el dominio de la espada rusa.
Del Cáucaso altivos hijos,
habéis luchado y muerto sin piedad,
mas no os salvó ni nuestra sangre derramada
ni las corazas encantadas,
ni las montañas ni el veloz corcel,
ni el amor a la libertad salvaje!
Como en las hordas del mongol,
el Cáucaso traicionará a sus ancestros,
olvidará el grito orgulloso de la guerra
y abandonará las flechas del combate.
En vuestros montes se adentrará
el caminante sin temor alguno
y no hablará de vuestro fin
más que el rumor de la leyenda.

(traducción de Helena Vidal)

El poeta Mijaíl Lérmotov, enviado al Cáucaso por haber denunciado la muerte de Pushkin como acto de venganza contra un hombre libre, tiene muy claro lo que significa el escenario, el símbolo y la realidad, pero no puede escabullirse, como pasa hasta hoy, de las resonancias románticas, tanto del escenario –si hablamos de El héroe de nuestro tiempo–, como del símbolo, que emerge en muchas de sus poesías.
Cuando es desterrado escribirá una poesía reveladora de su modo de ser:

Прощай, немытая Россия,
Страна рабов, страна господ,
И вы, мундиры голубые,
И ты, им преданный народ.
Быть может, за стеной Кавказа
Сокроюсь от твоих пашей,
От их всевидящего глаза,
От их всеслышащих ушей.

(1837)

Adiós mi Rusia embrutecida,
país de esclavos y de amos,
adiós guerreras de gendarmes
y tú, pueblo a ellas entregado.
Quien sabe si tras el muro del Cáucaso
podré escapar a tus esbirros (1),
de su miradas, a las que nada escapa,
y de sus oídos que todo lo oyen.

(traducción de Ricardo San Vicente)

(1) Referencia a los policías, que la gente llamaba, en esa época, “paishás” (traducido aquí por “esbirros”). (Nota de la traductora)

Pero también está la nota romántica, así como la consciencia de un final cercano. Así lo podemos ver en la poesía que escribió en 1841, poco antes de morir.

СОН

В полдневный жар в долине Дагестана
С свинцом в груди лежал недвижим я;
Глубокая еще дымилась рана,
По капле кровь точилася моя.

Лежал один я на песке долины;
Уступы скал теснилися кругом,
И солнце жгло их желтые вершины
И жгло меня но спал я мертвым сном.

И снился мне сияющий огнями
Вечерний пир в родимой стороне.
Меж юных жен, увенчанных цветами,
Шел разговор веселый обо мне.

Но, в разговор веселый не вступая,
Сидела там задумчиво одна,
И в грустный сон душа ее младая
Бог знает чем была погружена;

И снилась ей долина Дагестана;
Знакомый труп лежал в долине той;
В его груди, дымясь, чернела рана,
И кровь лилась хладеющей струей.

El sueño

En un valle del Daguestán, al sol del mediodía,
yacía yo inmóvil con plomo en el corazón.
La profunda herida aún humeaba
y, gota a gota, mi sangre no paraba de manar.

Yacía solo yo en las arenas de aquel valle,
me rodeaba abrupto un roquedal,
el sol quemaba aquellas ocres cimas
y me quemaba, mas yo dormía un sueño mortal.

Soñaba ver una brillante fiesta,
que celebraban en mi lugar natal.
Y entre las jóvenes de flores coronadas
la charla versaba sobre mí.

Mas en la alegre velada, ajena a los presentes,
se hallaba sentada pensativa una de ellas,
sumida su alma joven en un triste sueño,
un sueño sobre Dios sabría qué.

Soñaba la muchacha, en Daguestán, en un valle,
yacía un cuerpo conocido en aquel lugar.
Y en su pecho, humeante, negreaba una herida
y la sangre manaba en su frío correr.

(traducción de Ricardo San Vicente)

Es cierto que después vendrán escritores como Tolstói y tantos otros que recogerán el tema, tanto por la inercia del símbolo como por la persistencia del conflicto, dándole vueltas a la imagen del pueblo orgulloso y rebelde que, alejado de la cultura occidental –podridamente burguesa y ya entonces decadente– se enfrenta con un invasor tan refinado como brutal.

Aparte de este híbrido de imagen y símbolo, impresiona el hecho de que la historia se repite, y resucita imperturbable en la época soviética hasta llegar a nuestros días cuando la conflictiva y amorosa relación se expresa en novelas y relatos de Pristavkin o Makanin, de Saduláiev o Prilepin, o ahora últimamente en la obra relevante de la escritora ruso-daguestana Alisa Ganíeva, que parece perpetuar el tema.

También ahora el esquema sigue siendo muy parecido: unos pueblos alejados de la cultura dominante se esfuerzan por hacer valer sus valores, aunque éstos estén alejados de los nuestros de semejante modo. Y un Estado, pero también un pueblo, el ruso, que considera suyo el fascinante y romántico territorio y ajenos a sus habitantes.

Pero de esto hablaremos, si Dios, Alá y los astros quieren, en una segunda entrega.

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