Andrea Riscassi (RAI) :::: Cinco años han pasado en vano. O quizá no. Hace cinco años que nos arrebataron a Anna Politkóvskaya. Asesinada mientras, como tantas mujeres en este mundo, una vez terminado el trabajo, “hacía de ama de casa”; o sea, mientras hacia la compra.

El presidente checheno Kadírov dijo – después de que Anna hubiera sido asesinada – que habría sido mejor que se hubiera quedado en casa haciendo sus labores. Politkóvskaya lo definía como un “idiota”. Y, efectivamente, el hombre deseado por Putin (y que el temeroso Medvédev no destituyó) ignora que las mujeres consiguen hacer más cosas que los hombres al mismo tiempo. Y, a menudo, las hacen mejor que nosotros, los hombres. Cualquier mujer chechena, estoy seguro, sabría gobernar Chechenia mejor que Kadírov. A lo mejor incluso aquella Elsa Kungaeva, asesinada por un oficial ruso en una caserna. Elsa habría cumplido en estos días 29 años. Politkóvskaya luchó para que se condenara a su asesino, Yuri Budánov. Y con ella solo lucharon la familia de Elsa y su abogado, Stanislav Markélov. Ahora todos están muertos: Elsa, Anna, Stanislav y también el coronel homicida (y quizá también violador, al menos si se lee el resultado de la autopsia, aunque no según el veredicto de los jueces), asesinado hace pocos meses en Moscú, después de solo 8 años de prisión. La asociación teatral “Annaviva” ha dedicado a esta historia terrible y ejemplarizante un espectáculo teatral (Elsa K.) en escena en Milán justamente en el quinto aniversario del homicidio de Politkóvskaya (sin culpables, a pesar de las recientes detenciones).

Cinco años han pasado en vano. Sin Politkóvskaya y con Putin que vuelve al Kremlin. Él, por otra parte, cumple años el día del homicidio de Anna y brinda junto a sus defensores. Estos, de todas formas, son algunos menos que el año pasado. El precio del barril va fluctuando. Y aunque la televisión está firmemente bajo control, la red de Internet todavía es libre.

Sin embargo, estos cinco años en realidad no han pasado en vano, considerando que quien quería hacer callar por siempre a Anna no ha conseguido su propósito. Politkóvskaya continua hablando a través de todos aquellos a quienes pasó el relevo. En Moscú, en Londres, en Barcelona y en Milán. Nadie realmente la ha podido olvidar.

Ad maiora

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