Marta Ter :::: El pasado mes de agosto, dos miembros de la Lliga dels Drets dels Pobles tuvimos la oportunidad de visitar Chechenia. Una familia de allí nos acogió y durante una semana conocimos de primera mano cómo viven los chechenos en su tierra.

Lo primero que nos sorprendió fue la facilidad con la que llegamos a Grozny: los trámites burocráticos fueron más sencillos de lo esperado y nos dejaron perplejas los pocos controles de seguridad para volar de Moscú a Grozny, tanto al llegar como al salir de Chechenia. Sorprende comprobar cómo las medidas de seguridad para los pasajeros son mucho más estrictas en los aeropuertos moscovitas de Sheremétevo o Domodédovo (donde la mayoría de los vuelos son internacionales) que en Vnúkovo (aeropuerto de Moscú que conecta con el Cáucaso Norte) y, sobre todo, en el aeropuerto de Chechenia donde, en teoría, el peligro terrorista es elevado.

De las muchas impresiones que nos llevamos, creemos que hay tres que vale la pena relatar con detalle: la reconstrucción de la república, el papel de la mujer chechena como pilar de la sociedad y la dictadura de Kadírov.

El negocio de la reconstrucción posbélica
Las ciudades y los pueblos que visitamos (Grozny, Aljan-Kalá, Aljan-Yurt, Starie Ataguí y Shatoi, entre otros) muestran un alto grado de reconstrucción. Las carreteras están en buen estado, incluso en la zona montañosa del sur, y muchos pueblos, donde nunca antes había llegado la electricidad, ahora tienen luz y gas.

En Grozny, la capital chechena, apenas hay rastro de la guerra, sobre todo en el centro. Hay que desplazarse hasta los barrios residenciales periféricos para encontrar casas abandonadas donde se observa el impacto de las bombas, y hay que alejarse varios kilómetros de Grozny hacia el oeste para contemplar el esqueleto fantasmagórico de una refinería petrolera, vestigios de la destrucción de la guerra.

En la capital se han construido obras faraónicas: la mezquita más grande de Europa rodeada de jardines y fuentes, con un letrero en la puerta donde dice que, por favor, se entre sin armas; un centro de ocio prácticamente vacío de clientela, porque el bolsillo no está para demasiadas diversiones; un hipódromo y el estadio de fútbol del Terek, donde recientemente la selección de Brasil 2002 jugó un partido amenizado por Enrique Iglesias; un museo a la memoria de Ajmed Kadírov (el padre del actual presidente), omnipresente en la ciudad, con una valla publicitaria en su honor cada 300 m.

En construcción hay varios bloques de viviendas; un business-center con rascacielos, que nadie sabe quién podrá pagar el alquiler de sus oficinas; una avenida que llevará el nombre de Kadírov-padre; un edificio que será una réplica del Capitolio, y, casi al lado, la residencia de Kadírov-hijo que, según nos contó uno de sus ministros, cuesta 60 millones de dólares.

Los recursos para la reconstrucción provienen, sobre todo, del presupuesto federal ruso (la parte que ha “sobrevivido” al pillaje de los funcionarios rusos y chechenos), pero también del bolsillo de hombres de negocios ricos chechenos que, presionados, envían desde la diáspora grandes sumas de dinero para construir mezquitas o monumentos, y, por supuesto, del bolsillo de la gente normal y corriente que debe contribuir a levantar su casa.

Resulta difícil comprender, en medio de este paisaje atestado de grúas, que la tasa de desempleo sea muy elevada entre los hombres: “¿Y estas obras? ¿Acaso no dan trabajo a los chechenos?”, preguntamos a Adam, un checheno que vive a caballo entre Grozny y Moscú y que nos acompaña por la ciudad: “Muy poco, porque las nuevas construcciones se subcontratan a empresas turcas, que traen sus propios obreros. Ellos se encargan de todo, son baratos y no dan problemas”.

La conservación de los edificios públicos descansa sobre la “buena voluntad” de los funcionarios. La hermana de Adam es funcionaria, trabaja en el Ministerio del Interior. Durante este verano ha ido varios sábados (de forma voluntaria, por supuesto) a pintar tuberías y limpiar la fachada de edificios que dependen de este ministerio. Prefiere eso al recorte que sufrió su sueldo el invierno pasado cuando una caldera se averió y tuvo que repararse.

Adam, que tiene un pequeño negocio en Moscú y había intentado establecer una sucursal en Chechenia, comenta las dificultades con que se encuentra la gente de a pie para sobrevivir debido al control y la asfixia que el gobierno ejerce sobre la economía. “Para abrir cualquier comercio, tienes que pagar un soborno al funcionario de turno. Y encima, no tienes ninguna garantía de que el contrato que firmes para arrendar un local quede revocado al día siguiente, sin explicaciones “. A él le sucedió: unos meses después de haber inaugurado su oficina (pagando el soborno correspondiente), unos hombres le hicieron saber que “por orden verbal del gobierno, debía abandonar aquel local en el plazo de una semana y el contrato no le sería renovado”. No tuvo otra opción que dejar el local y buscar otra vía para ganarse el pan.

Para conseguir trabajo como asalariado, también normalmente hay que pagar un soborno que acaba en los bolsillos de funcionarios de alto nivel: enfermeras, policías o conductores de autobús solo encuentran trabajo avanzando dos o tres meses de sueldo. O eso, o teniendo buena relación con quien lo controla todo: Kadírov y su teip (clan).

Según nos comenta Adam, los negocios de Kadírov no solo abarcan Chechenia. Ha invertido millones en la zona de Sochi que le reportan grandes beneficios. Y es que el presidente de Chechenia, afirma Adam, “solo busca su propio lucro, es más un businessman que un político”.

Casas-búnker
Algunos miembros de la familia que nos acogió vivieron en Chechenia durante los conflictos armados del 94 y del 99. Una de las mujeres, Milana, decía que hace unos años creía que nunca volvería a ver su pueblo y Grozny reconstruidos. Y he aquí que de las ruinas ha renacido la ciudad y, de hecho, toda Chechenia. “Hay muchos aspectos de Kadírov que no me gustan, pero hay que reconocerle este mérito”, nos dijo.

Milana vive en una casa de un pueblo cercano a Grozny. De hecho, más que una casa, parece un búnker. Su hermano, que vive fuera de Chechenia, tiene un buen sueldo y envía dinero de forma regular. Así, han rehecho la vivienda sin escatimar en gastos, y el resultado es el siguiente: paredes exteriores de piedra de unos dos palmos de espesor y casi sin ventanas; paredes interiores de un palmo de grosor y habitaciones separadas por puertas blindadas que se cierran con llave; dos cocinas, dos lavadoras, un pozo de agua interior, un generador de luz y un sótano, que ya les había servido de refugio durante las guerras, con algunas conservas. “Y eso no es nada –nos dice Aslán, el dueño de la casa–, nuestro vecino ha construido un doble sótano, con dos niveles, separados por una trampilla”.

Zarema, la esposa de Aslán, es una mujer vivaracha y risueña. El día que llegamos, nos contó mientras cenábamos que aquella era la tercera vez que construían su casa, después de haber sido devastada repetidamente por las bombas: “Ya lo veis, los rusos destruyen y nosotros construimos. Y cada vez que levantamos la casa de nuevo, lo hacemos mejor que la vez anterior “.

La mujer chechena, pilar de la sociedad no reconocido
La sociedad chechena es tradicional, conservadora y patriarcal. En el seno de la familia, la mujer siempre está sometida al hombre, a quien debe apoyar de forma incondicional. De niña debe obedecer al padre, el cabeza de familia; al llegar a la adolescencia, también debe obedecer a sus hermanos, y, cuando se casa, al marido.

La mujer no recibe nada de la herencia familiar y, una vez casada, se integra en la familia del esposo y deja de pertenecer a la suya, a la que no puede visitar sin el consentimiento del cónyuge y de la suegra. Si tiene hijos, estos son siempre “propiedad” de la familia del marido en caso de separación del matrimonio. Y si el hombre así lo decide, es posible que la madre no pueda volver a verlos.

Los matrimonios suelen tener 4 o 5 hijos, que educan las mujeres prácticamente solas. Además, suelen trabajar fuera de casa (hoy en día, en muchos hogares, solo las mujeres aportan ingresos comerciando en el mercado) y, por supuesto, son las encargadas de hacer todo el trabajo de casa.

Nosotras, como invitadas, fuimos testigos de que las mujeres no paraban quietas ni un segundo: cuidando a los niños, limpiando, cocinando, saliendo a trabajar… El hombre llegaba a casa y disfrutaba de sus momentos de descanso. La mujer, no.

Como anfitrionas, son espléndidas. La comida, muy abundante y deliciosamente preparada, nunca faltaba en la mesa: todo casero, con mucha carne, pan hecho por ellas y fruta recogida del huerto. Y todo ello aderezado con una buena conversación.

Ellas son el puntal de la familia, y se quejan, con razón, de que los hombres no lo quieren admitir: “¡No vaya a ser que se les escape una palabra bonita!”, reconoce con una sonrisa amarga Zarema. Durante la guerra, ellas fueron las encargadas de preservar la familia y procurar la comida. Zarema, por ejemplo, huyó a Ingushetia poco después de estallar el primer conflicto armado, en 1995, junto a su cuñada y 5 bebés. Vivían todos juntos en una habitación ruinosa, sin agua ni calefacción. No tenían dinero para comprar pañales, y solo en ir a buscar agua al río para lavar casi a diario las sábanas que ensuciaban los bebés se les iba todo el día. Además, tenían dificultades para alimentar a los niños; sin embargo, consiguieron salir adelante.

En 2002 Zarema y su marido Aslán huyeron de Chechenia y se refugiaron en un país occidental con sus cuatro hijos. También se llevaron con ellos a dos sobrinos, con lo que, durante un tiempo, Zarema se tuvo que ocupar de 6 niños. Aslán no encontraba trabajo y ella consiguió un puesto de cajera en una tienda. Zarema describe con una anécdota el talante de su marido: “Cuando empecé a trabajar, Aslán me llamaba a menudo a la hora de comer enfurruñado y me decía “¡tengo hambre!”, y yo tenía que disculparme y hacerle entender que no podía salir para prepararle el almuerzo.

Marta Ter, septiembre de 2011
Por cuestiones de seguridad, los nombres de las personas que aparecen en este texto han sido modificados. 

 

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