“Los medios de comunicación deben tener en cuenta los desafíos a los que el país se está enfrentando en este momento. Cuando la nación moviliza sus fuerzas para conseguir un objetivo, esto impone obligaciones a todos, incluidos los medios de comunicación”
Sergéi Yastrzhemski, portavoz jefe del presidente Putin durante la II Guerra de Chechenia

Sara Bicchierini :::: Hoy en día las guerras no se combaten solo con armas, sino también asegurándose el consenso de la opinión pública a través de la selección de datos y noticias según la precisa voluntad y la orientación de los gobiernos nacionales. Por esta razón, en tiempo de conflicto, el mundo de los medios de comunicación está sometido, cada día más, a presiones por parte de las autoridades. Desde la Guerra del Golfo de 1991, cuando los responsables políticos se dieron cuenta de que la (re)presentación de la guerra en la pantalla podría determinar los resultados de la lucha, los conflictos contemporáneos tomaron la forma de “guerras televisadas” (TV wars).
Los rasgos y mecanismos de la “guerra de la información” (information war) no son exclusivos de los Estados Unidos y de otros gobiernos de países occidentales. Las características de este tipo de manipulación comunicativa – adaptada a cada situación nacional particular – son claramente reconocibles también en la última guerra entre la Federación Rusa y Chechenia, de tal modo que podemos asegurar que se llevó a cabo una information war (en ruso, informatsionnaja vojna).

La nueva estrategia de gestión de noticias

La Segunda Guerra Chechena, que empezó en el otoño de 1999 y terminó definitivamente en 2009 tras varios anuncios oficiales que negaban la persistencia de los enfrentamientos, está considerada como uno de los conflictos más herméticos de la historia contemporánea debido a la falta de datos fiables y a la “censura silenciosa” impuesta por el gobierno de Putin.

La estrategia de gestión de noticias (news management) – lanzada en 2000 por el Kremlin como una acción de “contra-propaganda” para marginar los flujos de información que llegaban de Occidente – creó un “vacío de información” en torno al conflicto y logró su objetivo al privar a los ciudadanos de su derecho a ser informados. La nueva forma de control estatal sobre el sistema de los medios de comunicación de masas en la Federación Rusa se combinó con la vertical del poder, la línea política promulgada por Putin, entonces presidente en su primer mandato. Esta estrategia política se basaba en colocar a figuras cercanas a él en posiciones clave de los diferentes sectores de la sociedad rusa, al mismo tiempo que abolía las “ramificaciones” o niveles intermedios en el proceso de toma de decisiones con el objetivo de fortalecer el poder central.

La aplicación de esta visión jerárquica al mundo de la información se unió en parte a una nueva estatalización, en parte al paso forzoso hacia grupos económicos privados cercanos al Kremlin de los medios de comunicación privados y más independientes. Estos estaban en mano de oligarcas millonarios que no apoyaban las posiciones de Putin, como Borís Berezovsky y Vladímir Gusinsky, que poseían dos de los mayores canales televisivos, ORT y NTV, respectivamente. Acusados de evasión fiscal y otros crímenes financieros, además de perder su propiedad, tuvieron que dejar el país y todavía viven en el extranjero. Alexandr Jodorkovsky, ex presidente de Yukos, un gigante del sector petrolífero, y propietario del diario Moskovskaya Pravda, financió los partidos de oposición, acariciando también la idea de postularse como candidato en las elecciones presidenciales contra a Putin. Por esto está en la cárcel desde 2003.

El traspaso de propiedad de los medios de comunicación se tradujo en un mayor control por parte del gobierno sobre casi toda la prensa y la televisión. Como consecuencia de la “verticalización” de los mass media, ex funcionarios del KGB, así como miembros de las fuerzas de seguridad y del ejército (estos funcionarios militares son conocidos como siloviki), fueron colocados en puestos importantes en muchos medios de comunicación (por ejemplo, en algunos de los mayores canales de televisión: ORT, RTR y Kul’tura), mientras que la información estaba controlada no solo por el Ministerio de Cultura y de Comunicación de Masas, sino también por nuevos órganos políticos creados por el Kremlin. Nacieron así el Centro Ruso para la Información, dirigido por el ex portavoz presidencial y por un general de FSB (la nueva denominación de KGB), y un grupo interguvernamental para la coordinación de informaciones que aunaba varios ministerios, como los de Defensa y Justicia. En particular, el primer órgano, creado en 1999 (decreto 1538-R) -cuando la guerra acababa de empezar y Putin todavía era Primer Ministro – tuvo parte activa en la campaña electoral presidencial de 2000, dando instrucciones a los soldados sobre los términos que tendrían que utilizar para hablar de las operaciones militares y organizando “tour” especiales para periodistas autorizados por zonas cercanas a los lugares donde tenían lugar los enfrentamientos. Estas excursiones, en las cuales no se podía entrevistar a soldados ni recoger imágenes “crueles” del conflicto, eran el único modo de acceder a las zonas de guerra. Llegar de otra manera era demasiado peligroso y esto contribuyó a un vacío informacional. Las normas de acreditación para los periodistas eran establecidas por una nueva figura (creada por decreto del presidente Putin en 2000): el asistente presidencial (el primero que ocupó este puesto fue Sergéi Yastrzhemski). Su tarea consistía en coordinar la información oficial sobre el Cáucaso y gestionar las relaciones con los periodistas. Entre las normas que estableció, estaba la prohibición de difundir informaciones que pudieran “amenazar” el honor y el orgullo del ejército.

Las nuevas normas de acreditación recuerdan a otras normas elaboradas por el Pentágono durante la Guerra del Golfo de 1991, como el documento Annex Foxtrot, que debía ser firmado por todos los periodistas registrados para evitar la pérdida de la acreditación dentro del mando aliado, en la zona de conflicto. Estaba prohibido tomar fotografías de muertes violentas o de los efectos de la guerra sobre las víctimas, así como hacer entrevistas no autorizadas a los soldados o difundir información sobre las pérdidas aliadas. Obviamente, estaba totalmente prohibido ir al frente sin una escolta militar o fuera de los “tours”.

En Rusia se creó también el Centro para las Relaciones Públicas de las Fuerzas Federales de Seguridad (FSB), que representaba la mayor, si no la única, fuente de información sobre la guerra en Chechenia.
Al mismo tiempo, unos cambios en la legislación relacionados con los mass media (por ejemplo el anteproyecto de ley sobre la “Lucha contra la propaganda del terrorismo en los medios de comunicación”, aplicado inmediatamente después de su aprobación en la Duma en octubre de 2002) los llevaron a convertirse en víctimas de las nuevas normas y de las campañas anti-terroristas. Lo que los periodistas necesitaban era una estrategia para la defensa de sus intereses y su integridad frente a la presión del poder estatal. Con las nuevas leyes anti-terrorismo, por ejemplo, uno de los reporteros televisivos más populares, Leonid Parfénov, perdió el trabajo. Su error: había intentado transmitir en el canal para el que trabajaba la entrevista con la mujer de un líder independentista checheno. En plena guerra, durante los trágicos hechos de la escuela de Beslán (2004), cuando unos rebeldes caucasianos ocuparon el edificio lleno de niños, padres y profesores, fue apartado de su puesto también Raf Shakirov, uno de los editores más conocidos del diario Izvestiya. Había publicado unas fotos que mostraban a niños y a sus familiares cubiertos de sangre. El diario estaba bajo el control de la compañía Interros, cercana al Kremlin, que consideró la elección de Shakirov como inadecuada por no corresponderse con la versión oficial sobre los hechos y sobre la intervención de las fuerzas de seguridad. Esto no fue solo un caso de censura, sino que además también daría lugar a la autocensura entre los otros periodistas, cada día más asustados.

Como he mencionado antes, las características típicas de las guerras de la información han contribuido a limitar la libertad de prensa. Las restricciones en las normas de acreditación de periodistas y de su acceso a las zonas de guerra originaron una forma de censura de la fuente para los medios de comunicación. Por otra parte, el flujo constante de propaganda de la prensa oficial del Gobierno ruso ralentizó el trabajo de los periodistas, que no tenían tiempo para verificarla ni medios para hacerlo por no tener acceso a otras fuentes, lo que contribuyó a la incapacidad del público en general para entender lo que en realidad estaba sucediendo en el sur del Cáucaso. Se trataba de una verdadera “inundación mediática”. Demasiada información, si no puede ser elaborada, crea, como paradoja, un silencio informativo.

Nosotros y Ellos

Gracias a la adopción de una escala de valores que reconocía la lealtad al poder como algo para ser recompensado, el Gobierno podía acusar de falta de patriotismo a todos los que no estaban de acuerdo con su estrategia, periodistas incluidos, trazando una clara distinción entre “amigos y enemigos”, “nosotros y ellos”. La misma distinción que separaba, según la prensa y la televisión más cercanas al Gobierno, a los rusos y a los chechenos en los enfrentamientos.

La guerra asimétrica entre las poderosas fuerzas rusas y las células rebeldes de Chechenia, mal organizadas, fue representada en la televisión rusa como la oposición simplificada del Bien absoluto y del Mal absoluto, personificada como la lucha de un héroe (Vladímir Putin) contra a unos anti-héroes (los líderes de la insurgencia chechena). Mientras que el héroe positivo, joven y fuerte, permanecía siendo el mismo, los anti-héroes cambiaban en las diferentes fases del conflicto: antes eran Khattab y Shamil Basáyev, autores de la invasión de Daguestán que supuestamente hizo explotar la guerra en 1999; luego, fueron Aslan Masjádov, presidente de la República independiente de Chechenia-Ichkeria desde 1997, y señores de la guerra como Salman Radúyev.
El conflicto se había vuelto en una especie de novela bidimensional, descrita sin dar bastante espacio a debates ni a explicaciones.

Aumentando la presión psicológica sobre la opinión pública, el gobierno de Putin también puso en marcha campañas que alentaban el racismo y un sentimiento de “caucasofobia” entre los ciudadanos rusos, además de fomentar el patriotismo. La violencia diaria contra los ciudadanos de origen caucasiano que vivían en otras regiones de Rusia comenzó como una consecuencia de este nuevo modo de percibir el Cáucaso y sus pueblos. Como afirmó el periodista ruso Sergéi Bajmujametov: “cuando desde arriba las personas que detentan el poder y los periodistas hablan de “patriotismo iluminado”, abajo, en las calles, empiezan los pogroms”.

El papel de los periodistas en este proceso fue muy importante. En la Primera Guerra Chechena (1994-1996), bajo la presidencia de Borís Yelsin, los medios de comunicación de masas presentaban a los chechenos comparándolos con peligrosos lobos (en ruso, borsí) que tenían que ser eliminados, pero que eran respetados. Así, Aslán Masjádov era “el lobo de cara humana”, mientras que Shamil Basáeyv y Salman Radúyev eran, respectivamente, “el lobo solitario” y “el lobo loco”. De otro modo, en el segundo conflicto, los chechenos pasaron a ser definidos en la prensa y en la televisión como criminales (bandity), terroristas u hombres lobos (oborotni), es decir criaturas monstruosas cuya existencia va contra la naturaleza.

Guerra virtual, efectos reales

Las autoridades utilizaron a los medios de comunicación para difundir sus ideas y sus razones para justificar una “guerra justa”, a sabiendas de que nadie cuestionaría públicamente su legitimidad y credibilidad.
El conflicto sufrió en el lenguaje de los portavoces del gobierno y de los medios de comunicación, que ahora estaban más o menos directamente bajo la influencia del Kremlin, una espectacularización y una transfiguración. Como en una película de acción o en un videojuego, la guerra tenía que parecer una operación “fast and light”, rápida y sin dolor. Con el claro objetivo de interponer distancia con la primera y desastrosa guerra de Chechenia, las declaraciones describían los bombardeos como “quirúrgicos” y hablaban de la agresión militar directa “solo” contra objetivos militares bien definidos, como el refugio de los líderes chechenos.

Ocultando las imágenes de sangre y silenciando las voces de los chechenos en los medios de comunicación, el gobierno logró transfigurar la guerra y la convirtió en algo “virtual”, lejano, casi una película, un videojuego o un espectáculo televisivo. Con el nombre de “Operación Antiterrorista Policial”, la guerra se presentaba, además, como una acción policial justificada, a partir de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, por la guerra internacional contra el terror. Aunque el conflicto entre Rusia y Chechenia fuera un problema de política interior.

Tras esta fecha, la posición de Europa y EE.UU. cambió con fuerza: la individualización de un enemigo común, el terrorismo islámico, permitió a Vladímir Putin borrar los contrastes y las feroces críticas que llegaban desde el extranjero sobre las violaciones de derechos humanos en Chechenia. Sin embargo, las autoridades rusas dejaron vivo el espectro de la longa manus occidental, siempre útil para enfrentar y hacer explotar, tratándolas de anti-rusas, las raras expresiones de disidencia.

Los efectos de la desinformación durante la “guerra invisible” realizada en el Cáucaso alteraron la imagen del pueblo checheno en la cultura rusa y, por lo tanto, contribuyeron a conducir al éxito final de Putin en la guerra de información sobre Chechenia.
La opinión pública rusa había sido reducida a un público pasivo de espectadores invitados a asistir delante de la pantalla a una guerra lejana que sin embargo interesaba su país.

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