Comienza el curso político en Rusia con la vista puesta en las próximas elecciones parlamentarias y, sobre todo, en las presidenciales de 2012, en las que ya se intuye que, se presente quien se presente, el resultado no será nada sorprendente.

Hace cuatro años, en los meses previos a las elecciones que llevaron a Medvédev al Kremlin, la prensa deshojaba la margarita presidencial. Entonces, Putin decidía entre convertir en presidente a Serguéi Ivanov, presentado como el hombre duro partidario de reforzar el poder de los silovikí, o a Dmitri Medvédev, el funcionario de Gazprom con un discurso amable y modernizador, que decía disfrutar escuchando a Deep Purple y navegando en Internet.

Las apuestas, hoy, ante las presidenciales de 2014, ofrecen un panorama, si cabe, más desolador. El debate se centra en si el actual presidente, perdida ya la escasa credibilidad de la que gozaba, volverá a presentarse; si lo hará contra Putin o junto a Putin… si habrá un tercer candidato que haga el papel de comparsa que cumpliera Bogdánov hace cuatro años. La oposición, con escaso apoyo, ha intentado jugar durante estos años dentro del sistema, en los márgenes y contra él… sin éxito aparente.

El curso político que ahora comienza se prevé plagado de rumores de kremlinólogo e imitación de debate político, pero Rusia no se juega nada importante en las elecciones de 2012. El juego es el mismo y los jugadores también. El telón que esconde el escenario democrático está a punto de abrirse. La obra será aburrida y… ganará el de siempre.

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