Mairbek Vachagáev :::: Cuando la república de Chechenia intentó separarse de la Federación Rusa y declaró unilateralmente su independencia, la consiguiente reacción de Moscú hizo que el mundo empezara, por primera vez, a sentir interés por los chechenos.

Durante largo tiempo, Moscú ignoró las reivindicaciones de independencia de la pequeña república, pero en el otoño de 1994 decidió doblegar a los chechenos militarmente y obligarles a reconocer la Constitución de una Rusia unida e indivisible.

A partir de ese momento, la atención del mundo entero se volvió hacia Chechenia. Nadie podía entender quiénes eran esas gentes que se atrevieron a plantar cara al país que, hasta ese conflicto, era considerado uno de los más potentes y fuertes. El mito del ejército ruso invencible fue derrumbado por unos cuantos miles de combatientes voluntarios chechenos. No eran militares profesionales, pero se alzaron por la defensa de su tierra, totalmente conscientes de que se iban a enfrentar a uno de los ejércitos más temidos del mundo. Para entender este fenómeno y descubrir quiénes eran los chechenos y cómo conseguían resistir frente a Rusia, miles de periodistas acudieron a Chechenia. Margaret Thatcher, la ex primera ministra británica, recuerda que tuvo que pedir un mapa para localizar Chechenia, cuando le llegó la noticia de que Rusia acababa de entrar militarmente en el territorio de la república. No consiguió encontrar el lugar en el mapa hasta que un asistente le ofreció una lupa. Thatcher se asombró al darse cuenta de lo pequeña que era Chechenia. No podía creer que un territorio que ni siquiera se veía en el mapa, pudiera oponer una resistencia tan feroz, ni que un país como Rusia fuera incapaz de hacerse con el control de un territorio tan pequeño y con tan pocos habitantes (los chechenos no eran más de un millón).

En todas las televisiones del mundo, en los periódicos y revistas, apareció la imagen de unos chechenos barbudos, con una expresión ensimismada y pensativa, y un arma en la mano. Se percibían como una especie de Robin Hood colectivo, como personajes exclusivamente positivos. No es de extrañar que los periodistas internacionales los vieran de esta manera: los guerrilleros acordaban entrevistas de buena gana, protegían a los periodistas durante los bombardeos rusos, les daban de comer y les ofrecían alojamiento en sus propias casas. Todo esto determinó la visión de los chechenos por parte de la opinión pública internacional.

Pues ¿quién era ese checheno barbudo pensativo?
El combatiente checheno medio de la primera guerra (1994-1996), que cogió un arma para defender su tierra, provenía principalmente del área rural y tenía estudios medios, habiendo terminado un instituto de secundaria o una escuela de formación profesional. Tenía entre 35 y 45 años, estaba casado y tenía familia, era propietario de una casa con una parcela de tierra, y hablaba ruso con fluidez. De pequeño, había escuchado historias orales del gran jeque checheno Mansur (segunda mitad del siglo XVIII), de los valientes naib del imán Shamil (primera mitad del siglo XIX), de la vida de los chechenos tras la colonización rusa en 1859 y su obligado exilio al Imperio Otomano (segunda mitad del siglo XIX), de la resistencia de los jeques chechenos frente al poder ruso (finales del siglo XIX – principios del XX) y de la trágica suerte del pueblo checheno durante la deportación masiva en 1944. Esas historias recogían ejemplos de la eterna lucha contra las políticas del poder ruso, independientemente de si se trataba de zares, bolcheviques o “demócratas” del entorno de Yeltsin. Un checheno sabe, desde pequeño, que Rusia no es un amigo. Esto es muy importante para poder entender la actitud de los chechenos hacia su vecino del norte.

Es teniendo en mente este “eterno” objetivo de resistirse al poder de Moscú, que los chechenos se alzaron en armas contra un ejército que se proponía conquistar en 24 horas a los que tardó varios siglos en dominar en la época de la colonización (s. XVIII-s. XIX). De modo que el primer error de Rusia fue no tomar en consideración la relación histórica con los chechenos. Los generales del ejército soviético, ataviados ahora con uniformes de la nueva Rusia, olvidaron lo que les había costado conquistar este territorio (sin haber dominado jamás al pueblo que lo habitaba).

Por supuesto, no se trataba de unas excepcionales habilidades bélicas de los chechenos. Simplemente, a diferencia de los rusos que no sabían qué hacían en esta tierra, los chechenos tenían muy claro que defendían a su familia, su clan, su aldea y, por lo tanto, a su Patria. Es lo que los hacía superiores a los militares rusos profesionales, que eran contratados y no querían morir sólo por un sueldo. La victoria sobre Rusia, que resultó en la retirada de las fuerzas armadas rusas de Chechenia en diciembre de 1996, y la firma de un acuerdo de paz el 12 de mayo de 1997, hizo que la gente ya no se sintiera intimidada por el ejército ruso y que no se dejara amedrentar por la superioridad numérica.

La victoria de los chechenos cambió muchas cosas, incluida la propia región del Cáucaso Norte. Todo el mundo se dio cuenta de que un puñado de personas puede resistir, golpear y ganar a Rusia, obligándola a adoptar algunas concesiones. Se dio cuenta de que Rusia tenía puntos débiles donde los golpes resultaban más dolorosos: toma de rehenes, atentados dentro de la propia Rusia etc. Todo esto hizo que los pueblos vecinos de Chechenia pudieran ver la situación desde otro ángulo. Mucha gente fue a Chechenia para aprender de su experiencia.

La segunda guerra de Chechenia (otoño 1999), en cambio, fue un fenómeno totalmente diferente. Rusia, antes de invadir Chechenia, preparó una base ideológica dirigida a la sociedad de su país y del extranjero para convencerles de que se enfrentaban exclusivamente con terroristas. Esta vez los soldados mataron y destruyeron aldeas con furia en Chechenia, al parecer por sus actividades terroristas

La primera campaña militar (1994-1996) fue sólo el preludio de la segunda guerra en Chechenia, que comenzó en el otoño de 1999 y que continúa hoy en día en forma de guerrilla por todo el Cáucaso Norte, no sólo en Chechenia. La guerra iniciada en el 99 pronto desembocó en una campaña militar contra guerrilleros de toda la región.

Prácticamente toda la generación de los que habían combatido en la primera guerra bajo la bandera de Ichkeria (la Chechenia independiente) murió en los dos primeros años del conflicto; en el año 2005 ya no quedaban apenas “veteranos”. Fueron sustituidos por otra generación, esta vez mucho más joven. Era un hecho evidente, ahora los combatientes tenían entre 20 y 30 años.

El aspecto del guerrillero checheno cambió, ya no tenía esa expresión pensativa, ahora sabía lo que quería y sabía cómo conseguirlo. El hombre con un arma en la mano también cambió cualitativamente: ya no era un pueblerino, era una persona con estudios, un universitario. Conocía mejor los aspectos teológicos del Islam, algunas veces intentaba aprender el árabe para poder estudiar la fuente original. Este cambio cualitativo se debió en gran medida a Internet. Gracias a la red, los jóvenes tenían la posibilidad de buscar la verdad por sí mismos y, por lo tanto, decidir sobre su propia vida. Los conocimientos que los jóvenes recibían a través de Internet empezaron a mermar, en algún sentido, las relaciones familiares, tan fuertes en la sociedad chechena: la palabra de un anciano ya no era la verdad absoluta, porque existía la posibilidad de recurrir a la opinión de alguien que tú mismo considerabas competente en determinadas áreas del saber, incluyendo el área de la teología. La incapacidad de los sabios sufíes de Chechenia y Daguestán de explicar algunos aspectos de la realidad en base a la Sunna, hizo que muchos se opusieran al sufismo y se convirtieran en adeptos del salafismo. La oposición al sufismo también se debe al hecho de que las autoridades religiosas actuales, al igual que en los tiempos de la Unión Soviética, predican las políticas del poder, lo que lógicamente produce rechazo en los que buscan respuestas para poder resistir frente a Rusia.

La huída hacia el salafismo no es tanto signo de radicalización (aunque tampoco se pueda negar este aspecto), como un intento por encontrar una ideología alternativa, diferente del sufismo que, a ojos de la gente, está completamente sometido al control gubernamental. Se trata, por lo tanto, de una búsqueda ideológica. El interés por el salafismo no significa que la gente vea su futuro en la construcción de un estado islámico, como proponen los que predican esta ideología en el Cáucaso Norte. Realmente, no hay mucho donde elegir: está el nacionalismo y el radicalismo islámico. El nacionalismo, aunque sea más cercano, se circunscribe a una sola república dentro de sus fronteras étnicas. La ideología islámica da mucho más, ya que es capaz de unir a todos los pueblos del Cáucaso Norte, por eso sigue siendo una opción para el futuro más cercano sin llegar a convertirse en una solución a largo plazo.

Sin embargo, ninguna ideología puede sobrevivir sufriendo pérdidas tan grandes, si no tiene apoyo en la mayor parte de la población. La población, por su parte, presta su apoyo no porque comparta un determinado punto de vista ideológico en el Islam (sufismo o salafismo), sino porque aprueba la propia resistencia al poder. Apoyar a la insurgencia es un fenómeno de protesta. Gran parte de la población rechaza la ideología salafita, pero simpatiza con la idea de una resistencia armada frente al poder oficial prorruso. No se trata de un grupo poblacional concreto, no son exclusivamente habitantes de zonas rurales o de ciudades, ni tampoco exclusivamente representantes de la intelligentsia local. Todo está muy mezclado, en todos los grupos hay gente que no aprueba lo que está pasando en la república. El apoyo a la insurgencia existe incluso, a pesar de que las autoridades someten a la gente a una gran presión, en su intento por impedir que la población preste su apoyo y ayuda a la resistencia armada.

Por eso, cuando se habla de eliminar al último guerrillero en el Cáucaso Norte, no se trata más que de un deseo de las autoridades rusas. En la práctica, en el futuro más próximo, vamos a asistir a una mayor difusión de la idea de la resistencia armada y una islamización de la juventud, especialmente jóvenes universitarios, en base a las ramas más radicales del Islam, como el salafismo.
Por lo tanto, no se espera ningún cambio favorable a las autoridades rusas. Más bien lo contrario: existe la posibilidad de la difusión de la idea de la resistencia armada a otras regiones de Rusia, donde viven personas originarias del Cáucaso Norte.

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