Alexánder Butin :::: El pasado mes de abril, en la sede del Club de Comandantes de la Federación Rusa de Moscú, diversos silovikí de alto rango participaron en la mesa redonda “El Cáucaso del Norte: resultados de la lucha contra el terrorismo y aspectos de la lucha contra él”. A continuación os ofrecemos dos de las ponencias, publicadas en mayo en el Voenno-promyshlenny Kurer.

Los métodos quirúrgicos no son suficientes

Si representáramos en forma de pirámide todo lo relacionado con el terrorismo, éste, como tal, ocuparía solo la cúspide de la misma. Pero todo lo que alimenta a su entorno y a su sólido fundamento se sustenta, a su vez, sobre tres pilares fundamentales.

En la parte inferior encontraríamos las protestas sociales. A veces muy radicales, otras veces, menos. Pero esto es lo que encontraríamos, repito, el ambiente de protesta social, y no la delincuencia organizada o el terrorismo en su forma más pura. Se genera por la corrupción, la burocracia, el sistema de clanes, la imposibilidad de educar a los hijos, por una multitud de plagas de nuestra sociedad. Así pues, en la base de la pirámide hay un caldero hirviendo, una especie de “movimiento browniano”, que no tiene ningún plan de acción concreto, ni un programa bien definido. Se trata, simplemente, de la protesta de una parte de la población contra las difíciles condiciones de vida actuales.

En una fase posterior, este “movimiento browniano” empieza ya a estructurarse en torno a la criminalidad. Esta sería la primera base importante del mecanismo organizativo de la pirámide. En este segmento se encuentra el Islam, más concretamente, lo que llamamos el wahabismo radical. Aquí estaría el salafismo y su lucha contra el sufismo. Todo esto también representa una especie de olla hirviendo. Es por ello que no luchamos sólo contra 300 o 400 combatientes, sino contra un número mucho mayor de opositores, inmersos en un entorno alimentado por fuentes muy diversas (ideológicas, financieras, criminales…) Es imposible tratar de resolver el problema del terrorismo sin prestar atención a esta realidad.

Ya hemos cometido un error junto al resto de la comunidad internacional. Empezamos a actuar sobre este entorno ejerciendo una presión frontal, incluida la fuerza militar: Aunque esto es comprensible: las desgracias nunca vienen solas. A quién, normalmente, llaman para que atienda a un enfermo grave: al cirujano. Para prestar ayuda de forma rápida y sustancial a la víctima. Y en el papel de los cirujanos en nuestro caso se hallaron las fuerzas armadas, las tropas del interior, las agencias de inteligencia.

De forma acertada o no, intentamos solucionar el tema, en los primeros momentos, enfrentándonos de forma abierta a los extremistas. Sin embargo, nos olvidamos de que existen otros métodos de tratamiento, no solo la cirugía. Es necesario, hablando en el sentido figurado de la palabra, realizar un diagnóstico minucioso, sin prescindir de una terapia que incluya higienistas, epidemiólogos… Se deben conectar la educación, la religión y la cultura. Las medidas técnico-militares deben dirigirse únicamente a la cúspide de la pirámide, es decir, a los combatientes. Con aquellos que nutren su entorno, hay que actuar de forma diferente. Después de todo, no hay que ocultar que a menudo la gente se va al bosque a luchar con los insurgentes, no bajo la influencia del salafismo, sino como signo de protesta social y porque simplemente no pueden obtener justicia por medios legales.

¿Cuál es el resultado de la presión frontal que se ha ejercido hasta la fecha? Por lo general, negativo. Es como si constantemente estuviéramos entrenando a los combatientes, incitándoles a mantenerse en forma. Porque cada acción provoca una reacción. En segundo lugar, sólo conseguimos ampliar el perímetro de la plaga extremista. Toma una bola de barro y aplástala; el resultado será una torta más plana y ancha. Aquí ocurre lo mismo.

Hemos tardado un tiempo en darnos cuenta de ello, tanto nosotros como la comunidad internacional. Solo ahora hemos llegado a la conclusión de que no debemos unir a los terroristas, radicales y delincuentes mediante el ataque frontal, sino dividirlos y así, desorganizarlos. No podemos permitir la consolidación de una base ideológica. Que el criminal continúe siéndolo. Todo esto debe tenerse en cuenta en la Dirección Nacional contra el Terrorismo y los Ministerios de Educación, Cultura y otros organismos. No en vano, el trabajo con la población de los países islámicos más avanzados se forja mediante la influencia en sus corazones y mentes, apostando por un mundo en el que salgan ganando las generaciones futuras.

Pero no se puede afirmar que hayamos perdido la guerra contra el terrorismo. Sólo hay que entender que tenemos por delante una tarea colosal y dura, que nos ocupará décadas.

Anatoly Safonov ,
Coronel General, Representante Especial del Presidente de Rusia en “Cooperación internacional en la lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada transnacional” – Viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia

Protesta contra la corrupción rampante

Es poco probable que se tenga que convencer a alguien de que nuestra sociedad ahora mismo necesita serenidad. Como declaró recientemente el Primer ministro Vladímir Putin en la Duma, Rusia necesita diez años de trabajo pacífico y constructivo. Además, las tropas del Interior han acumulado toda la experiencia necesaria para poder combatir el terrorismo.

Por descontado, los terroristas son muy hábiles y se intentan aprovechar de la situación. Por ejemplo, como ya hemos visto, si en el desarrollo de cualquier infraestructura las empresas empiezan a obtener importantes flujos financieros, habrá un empeoramiento de la situación. Esto es, de hecho, lo que ocurrió en Kabardino-Balkaria después de la proclamación de los programas de ayuda a la cercana estación de esquí de Nálchik.

Es decir, muchos grupos extremistas han aprendido a sobrevivir sin la ayuda financiera del exterior y son cada vez más los que lo hacen a través de diferentes vías en el interior de la Federación Rusa. Por ejemplo, en el Cáucaso Norte casi todos los negocios pequeños, medianos y grandes se ven forzados a pagar un tributo a los combatientes.

En la cocina del crimen todos se mezclan: desde los denominados terroristas ideológicos, hasta los grupos habituales del crimen organizado. Es más, a los bandidos y criminales les resulta muy beneficioso camuflar sus excesos con grandes ideales. Pero eso no es todo, también intentan adecuarse a los retos del mundo actual y dominar las tecnologías informativas modernas, las comunicaciones, etc. Y, además, las familias que cuentan con un mártir muerto en su seno reciben ayuda financiera de estos grupos del crimen organizado. Así es como ha ido calando esta imagen de nobles combatientes en favor de la justicia entre la población.

Pero lo más importante es que el 80% de los crímenes y actos terroristas son, según nuestro parecer, acciones de protesta que lamentablemente tienen el soporte de una parte importante de la población. En el Cáucaso Norte sin sobornos no vas a ninguna parte: no puedes recibir educación, ni hacer que te pongan una inyección si estás enfermo, ni formalizar un certificado, ni esperar ayuda de las fuerzas de seguridad. Y todo eso con los chalets de lujo de tres y cuatro plantas de la élite local como telón de fondo.

De esta manera, podemos concluir que los ánimos de protesta no van dirigidos contra Rusia o los rusos, sino contra la corrupción endémica de los funcionarios locales, la injusticia y las pocas perspectivas de futuro. Por eso, es realmente importante que las autoridades locales pongan orden en sus casas de forma urgente.

En lo que respecta a Chechenia, allí reina la feroz dictadura del presidente de la república. Aun así, eso tiene sus ventajas. Por ejemplo, ahora mismo en Chechenia no vas a encontrar ni un solo coche con los cristales tintados. Ramzan Kadírov los prohibió y su decisión se ha cumplido a rajatabla. Y es que, a lo mejor, un enfoque como éste es mejor que la ausencia absoluta de poder que impera en algunas repúblicas norcaucásicas.

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