Los Juegos Olímpicos de Invierno que deben celebrarse en Sochi-2014 fueron, en su momento, la gran apuesta del entonces presidente Vladímir Putin. Hubo incluso, entre los analistas políticos rusos, quien especuló con la posibilidad de que, tras las elecciones de 2008, Putin se “retiraría” para dedicarse a la coordinación de los Juegos. El ex -presidente, de todos es sabido, eligió no cambiar tan radicalmente de profesión.

Sochi-2014 es, además, el proyecto que debería mostrar la otra cara de una región con muy “mala prensa”. La ciudad, situada en el Cáucaso Norte, a orillas del Mar Negro y muy cerca de la frontera con Abjazia, ha sido objeto de grandes inversiones en los últimos años, que han también provocado quejas por la especulación, fundamentalmente relacionada con el negocio inmobiliario, que se ha desarrollado en la zona.

Pero más allá de la fanfarria, el Kremlin (y los países participantes en los Juegos), temen también que se produzca un aumento de la violencia en la zona, que en esos días atraerá la atención de los medios internacionales. Y es que el Cáucaso sigue estando muy lejos de su “normalización”. La política paternalista basada en ingentes subvenciones desde el centro y en los líderes locales de Rusia Unida como mecanismo de control político, parece difícilmente compatible con la anunciada modernización de la región.

Dicha modernización, en consonancia con la retórica de los documentos oficiales redactados en los años que Medvédev lleva en el Kremlin, decía buscar mayores niveles de participación ciudadana, un sustancial aumento del empleo, la reducción de la inseguridad y el aumento del poder adquisitivo de sus ciudadanos. Pero, si tenemos en cuenta la práctica política (más allá de las promesas escritas), nada hace sospechar que ese sea el tipo de modernización que nadie, en la elite gobernante (ni en Moscú ni en Cáucaso), tenga en mente. Tampoco parece que la imagen que los ciudadanos rusos tienen del Cáucaso esté cambiando demasiado.

De hecho, y como apunta Serguéi Markedónov en un artículo titulado “El Cáucaso Norte: perspectivas modernizadoras de una región convulsa”, en Rusia se da una especie de “orientalismo interno” que asume un país con regiones “imposibles de modernizar”, como el Cáucaso Norte, y una capital moderna, que forma parte de Occidente y habla su mismo idioma (el de los negocios, fundamentalmente).

Como señala el propio Markedónov, parece seguir siendo hegemónica la imagen del Cáucaso de Pushkin, Lérmontov o Tolstói, con Hadjis Murat de última generación como Ramzán Kadyrov y, a pesar de la retórica modernizadora del gobierno central, las políticas reales hacia el Cáucaso dan la sensación de estar guiadas por la idea del “caso perdido”. Se trataría, así, de una región incorregible cuyo gobernante ideal es aquel que consiga que los habitantes del Cáucaso den el menor número de problemas posible. Kadyrov parece ser el modelo para ese modus operandi.

Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el mantenimiento de la imagen de normalización del Cáucaso necesita del mayor control mediático posible, lo que ha llevado a la represión de no pocos periodistas y de medios de comunicación de la zona. La celebración de los juegos llevará, probablemente, al endurecimiento de estas medidas. No parece, así, que los años venideros vayan a ser los mejores para la región: los fuegos de artificio que acompañarán a las elecciones y los Juegos de Sochi intentarán, probablemente, silenciar las voces de quienes querrían ver cumplidas las promesas “escritas” de sus gobernantes.

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