Jesús Cruz Álvarez :::: La ola de revoluciones populares desarrolladas desde comienzos de año en la mayor parte de los países árabes del norte de África y Oriente Próximo no ha turbado únicamente la paz de los tiranos de esa región, sino que ha llegado a incomodar a una comunidad internacional entregada al juego de dobles raseros morales entre defensa a ultranza de la democracia y el respaldo tácito a estos regímenes autoritarios.

Rusia no es una excepción. Si bien sus autoridades dieron vía libre a la intervención en Libia de fuerzas internacionales mediante la abstención en la ONU (1), a pesar de la irritación de su embajador en el país africano (2), las consecuencias del conflicto han resultado ser perjudiciales para las buenas relaciones comerciales mantenidas con Gaddafi, consistentes en el suministro regular de armas (3). Tanto es así que el primer ministro, Vladimir Putin, no pudo contener su enojo con el presidente Medvédev por haber apoyado la incursión armada de Occidente (4), abriendo un periodo de crisis entre ambos dirigentes (5, 6) que podría prorrogarse hasta las próximas e inciertas elecciones presidenciales de 2012 (7), en los que ambos concurrirían, hipotéticamente, como candidatos (8). De hecho, la salida de Igor Sechin, viceprimer ministro, de la dirección de la empresa petrolera estatal Rosneft (9) ha sido visto por muchos como un ataque frontal de Medvédev contra la vieja guardia de Putin (10) y un intento poco disimulado de renovar las cúpulas de los aparatos del estado.

A pesar de todo, las revueltas árabes no sólo han repercutido negativamente en los intereses rusos. La volatilidad política y económica de estos países ha hecho emerger a Rusia como una potencia energética estable que genera confianza entre sus socios (11) y que supera ampliamente a sus competidores de Oriente Medio (12), a pesar de los vaivenes de su moneda, el rublo (13). Por otro lado, la interminable historia de acuerdos y desencuentros con el gigante británico BP y sus intentos de conformar una joint venture con Rosneft (14) continúan anclados en arduas negociaciones lastradas por los peculiares métodos de negocios de los oligarcas rusos (15).

Y es que el asunto energético se encuentra en pleno auge, más aún desde el trágico terremoto que ha asolado Japón y desencadenado la fuga radioactiva de Fukushima. Para Medvédev, el debate sobre la energía nuclear, a pesar de los efectos devastadores en su país vecino y ‘amigo’ (16) está zanjado a tenor del énfasis puesto en la seguridad de estas centrales, como las que se construirán en Bielorrusia y Turquía (17, 18) bajo el patronazgo ruso. Todo ello adquiere tintes dramáticos cuando se cumplen 25 años de la tragedia de Chernobyl (19), ciudad que visitó el propio Medvédev (20) tras veinte años sin recibir a un presidente ruso, en un viaje en el que, además, se encargó de presionar a Kiev para firmar acuerdos comerciales (21).

El mandatario ruso también tuvo la oportunidad de acudir a la ceremonia conmemorativa del fallecido presidente polaco (22), celebrada en un país que continúa manteniendo relaciones “sentimentalmente complejas” con su poderoso vecino (23). El tema nuclear se muestra, sin embargo, más diáfano en lo que concierne a la reducción del armamento concertado con Estados Unidos (24), en una muestra más del idilio mantenido con la administración Obama (25), aunque el discurso en Moscú de su vicepresidente, Joe Biden, hiciese saltar las alarmas (26) por su dialéctica sin contemplaciones en cuanto se refería al respeto por la democracia exigido a su socio. A Biden no le faltaban argumentos para su crítica; la previsible y abrumadora victoria del partido del gobierno en las elecciones regionales rusas de marzo (27), los casos de corrupción política destapados por un cibernauta que emula al sitio de filtraciones Wikileaks (28), los excesos de la policía contra sus ciudadanos (29), la pasividad de las autoridades ante ataques contra periodistas (el caso de Oleg Kashin) orquestados por las organizaciones juveniles gubernamentales (30) o la represión ejercida sobre la oposición en la red (31, 32); son sólo algunas razones para cuestionarse el estado de salud que vive la democracia en Rusia. Hasta un grupo de activistas pro Kremlin ha posado en lencería para un calendario en contra de la corrupción que padece el estado (33).

Medvédev intenta, no obstante, “aligerar” la pesada carga de los acontecimientos negativos a ritmo de baile “ochenteno” en un peculiar espectáculo que ha devenido en fenómeno global gracias a Youtube (34), mostrando una faceta más de su rivalidad con Putin, esta vez en cuanto a popularidad en la red. Y es que Medvedev es todo un “american boy” con una adolescencia marcada por su afición al heavy metal, y a Deep Purple en concreto (35), aunque ahora se decante por asuntos como el comentario de la actualidad, ocupación a la que le gustaría dedicarse tras su retirada política (36). Putin, por su parte, se ajusta mejor al perfil de astronauta, como el héroe soviético Gagarin, de cuya travesía espacial se cumplen ahora cincuenta años (37, 38).

Mucho más abajo, en el subsuelo, la tragedia ha vuelto a aflorar en un nuevo atentado terrorista, en esta ocasión en el metro de Minsk, acabando con la vida de decenas de personas (39, 40). Este dramático hecho profundiza la crisis política y económica del país regentado por Lukashenko, quien continúa mirando a Rusia como el garante de su propia pervivencia (41). Queda dar cuenta de la enésima muerte (42) y resurrección (43) del líder guerrillero checheno Dokku Umárov; la victoria electoral sin paliativos del presidente emérito de Kazajstán, Nursultán Nazarbayev (44, 45, 46); la desestimación de la denuncia interpuesta por Georgia en la ONU contra Rusia por limpieza étnica en Abjasia y Osetia del Sur (47); las crecientes tensiones en las fronteras entre Kirguizistán y Tayikistán (48); y la clausura en Azerbaiján de dos ONG’s (49).

Mientras tanto, en Rusia la cotidianeidad sigue su curso; Putin advierte sobre los efectos nocivos de experimentos liberales en su particular “discurso del rey” (50) y siguiendo su tradicional ambigüedad de discurso (51); al mismo tiempo que un ex “monarca” soviético, Mijaíl Gorbachov, clama contra el autoritarismo latente de su país con motivo de su ochenta cumpleaños (52). La oposición intenta, aunque dividida (53), hacer llegar su mensaje a la ciudadanía rusa (54).

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