Oleg Pavlov (Open Democracy) :::: En un mundo dividido por el conflicto entre Cristiandad e Islam, la República de Tatarstán ofrece un ejemplo alentador de siglos de coexistencia pacífica, aunque el Cáucaso, con sus problemas religiosos y étnicos, no esté lejos.

El 7 de enero, los cristianos ortodoxos de Rusia celebran la Navidad. Este día, como es habitual, recibí muchas felicitaciones y saludos, la mayoría de ellas de parte de mis amigos y colegas tártaros. Esto es costumbre en el Tatarstán, siempre ha sido así.

Hasta hace pocos años la palabra “tolerancia” no existía en el vocabulario local. Creo que la mayoría de la gente del país sólo tiene una idea vaga de qué significa. En Kazán no acostumbramos a hablar de la amistad de naciones o de esfuerzos conjuntos. Simplemente, así es cómo vive la gente aquí, su manera normal de comportarse y, quizá lo más importante, su manera de pensar. Y creo que esto es fundamental.

Incluso en la era soviética Kazán era considerada como una ciudad única, un lugar donde dos culturas – la tártara y la rusa – se mezclaban continuamente. Al llamamiento de un muftí a la plegaria desde el minarete le sigue el repique de campanas de la iglesia. Esta es realmente la norma y nadie la encuentra extraña porque han nacido con ella. Yo mismo nací en el viejo asentamiento tártaro de Kazán, en una casa que da a la mezquita de Burnaev. En aquellos días la mezquita estaba cerrada. La única mezquita en funcionamiento en toda la ciudad, la mezquita de Mardjani, estaba en la calle de al lado. Sin embargo, los sonidos de azan (el llamamiento a la plegaria) se podían escuchar hasta nuestro patio. Solía escuchar estos llamamientos de camino a la escuela, seguidas por el repique de campanas del campanario de la catedral de Nikolsky, debajo de la ciudadela de Kazán.

El kanato de Kazán fue anexionado por Rusia en octubre de 1522 cuando el zar Iván el Terrible conquistó la ciudad. A partir de aquel momento el territorio empezó a ser poblado activamente por rusos. Los terratenientes a los cuales se les adjudicaron tierras en esta área reasentaron a sus campesinos de las partes centrales de Rusia. Inicialmente los tártaros fueron expulsados de la parte central de Kazán. Pero se les otorgó un área especial que formó la base de los que serían los Nuevos y los Viejos Asentamientos tártaros. Muy a menudo se presenta a los tártaros como nómadas, jinetes valientes que se desplazan de un pasto a otro. De hecho, son pobladores que han estado cultivando la tierra durante muchos siglos, un pueblo con una cultura refinada. La cocina nacional tártara lo demuestra: los platos básicos incluyen la sopa de pollo y fideos y una variedad increíble de deliciosa pastelería. Por no mencionar el chak-chak, el postre tradicional, que es un símbolo nacional, equivalente al pan y la sal para los rusos. Por otro lado, los pueblos nómadas acostumbran a tener como platos típicos aquellos que se basan en la carne (que debe trocarse por el pan, de manera que no tienen la tradición de hornear).

La gente que habitaba las áreas en la confluencia de los ríos Volga y Kama recibió el nombre de tártaros después de la conquista de estas tierras por parte del nieto de Gengis Khan, Batu Khan, en el siglo XVIII. Antes de esto, el gran estado de la Bulgaria del Volga había prosperado aquí desde la antigüedad. Fue este estado quién adoptó el Islam en 992; así es como apareció la fe musulmana en la ribera del Volga.

Ibn Fadlan, un secretario en la embajada del califa de Bagdad al-Muqtadir en el siglo X, escribió unas memorias de su viaje a estas partes documentando que incluso en aquellos días, los rusos y los búlgaros disfrutaban de estrechos negocios y relaciones culturales. Más tarde, durante las invasiones mongolas, tanto los estados de Rus’ como de la Bulgaria del Volga acabaron como parte de un único país, la tierra de la Horda Dorada. El kanato de Kazán se formó en el siglo XV a continuación de la desintegración del estado mongol. Desde el inicio del siglo IX Kazán formaba la frontera occidental del país y había ido ganando influencia gradualmente hasta que se convirtió en la capital después de que los mongoles destruyeran finalmente los búlgaros. Esta fue la ciudad que conquistó Iván el Terrible

Rusos y tártaros han vivido juntos desde entonces, casi 500 años. A veces se incluye todo el periodo de su coexistencia bajo la Horda Dorada, lo que suma una cifra de más de mil años. En cualquier caso, durante muchos siglos tártaros y rusos han avanzado por un complicado camino hacia la coexistencia y, hoy día, su convivencia pacífica es una fuente de inmenso orgullo en Tatarstán, tanto para los rusos como para los tártaros, así como para cualquiera que habita estas tierras.

Leonid Tolchinsky, que dirige la agencia más grande de noticias de Kazán, Tatar-Inform, es uno de los que creen que la historia de la interacción entre varias culturas en esta área se remonta a hace más de 500 años: «Naciones que han desarrollado diferentes papeles, en combinaciones jerárquicas distintas y de diversas maneras de ser, han vivido aquí juntas. Se han establecido modelos de interacción, respeto mutuo y tolerancia. Es diferente a Europa, que se ha visto inundada por una gran población musulmana sin estar preparada para ello. En cambio, lo que tenemos aquí es la confluencia de dos naciones que incluso en los viejos tiempos les costaba dilucidar quién había sido el que había llegado primero a este territorio. Todo se ha vuelto entrecruzado». De hecho, los tártaros son la segunda nación más grande de Rusia. Viven en poblaciones compactas por todo el país – en el área de Nizhny Novgorod, en los Urales, en Siberia y en el sur de Rusia.

Dania Tyamaeva, una periodista tártara de reconocido prestigio, autora de varios libros sobre la historia del Tatarstán, cree que esto es debido en gran parte a la geografía del área: la coexistencia pacífica viene facilitada por la abundancia de espacio. La región también es rica en bosques, recursos hídricos y tierra cultivable. Como resultado, la gente no entorpecía el camino del otro y su desarrollo económico avanzó de forma independiente. Esta es, según la visión de Tyamaeva, la explicación para la mentalidad pacífica de las gentes del lugar, que en buena parte explica las relaciones cordiales y de apoyo mutuo entre las diferentes nacionalidades que conviven en Tatarstán. Las condiciones de vida de los campesinos rusos y tártaros eran básicamente las mismas. El campesino tártaro veía que su homólogo ruso no tenía una vida mejor que la suya. Y este estado de cosas formó la base de una empatía y una asistencia mutua.

No es ninguna coincidencia que a finales del siglo XVIII los tártaros tomaran parte en la revuelta de Yemelian Pugachov. La población tártara no consideraba el pueblo ruso como sus enemigos. De hecho, si hubieran tenido que considerar alguien como enemigo suyo hubieran sido los representantes del estado y los terratenientes. El periodo más tenso en su coexistencia fue con toda probabilidad inmediatamente después de la conquista de Kazán en 1522, aproximadamente hasta el reinado de la emperatriz Caterina II (1762-96). En este periodo el gobierno zarista intentó, de vez en cuando, cristianizar a los tártaros por la fuerza. Esta política no fue particularmente exitosa. Ni siquiera el hecho de que adoptar la fe ortodoxa fuera un requisito indispensable para poder formar parte de la aristocracia rusa consiguió que los tártaros tuvieran ganas de convertirse. Por otro lado, no había impedimentos para el comercio libre, cosa que ellos perseguían, particularmente con los países del oriente – vías desde Kazán llevaban a Bukhara, India, Persia y Bagdad. El gobierno incluso garantizaba a los comerciantes tártaros privilegios más grandes que a sus colegas rusos.

El carácter nacional ruso y tártaro también ha jugado un papel decisivo. La mentalidad tártara carece totalmente de agresividad. Los tártaros se retirarían o renunciarían antes que mostrar agresividad. Dania Tyamaeva, nacida en un pueblo tártaro, recuerda que los niños siempre han crecido escuchando el dicho «Si alguien te lanza una piedra, tú lánzale un trozo de pan». Galya Mujametshina se mudó a Kazán hace relativamente poco, a principios de los años 90. Nació en un pueblo en los Urales del sur, en la región de Cheliabinsk. Mujametshina también recuerda lecciones de su niñez: «mi madre solía decir, si vienen forasteros a nuestro pueblo y no se llevan bien, no te afanes a juzgarlos, al fin y al cabo ellos también son humanos.»

A medida que los tiempos y las costumbres y convenciones cambiaban con los siglos, esta actitud tolerante empezó a dar su fruto gradualmente. La emperatriz Caterina II prohibió los intentos de cristianización forzosa. La historiografía soviética presentaba el Imperio Ruso como una «prisión de pueblos». Y a pesar de esto, no muchos saben que con los zares se acuñaban dos tipos de medallas para los soldados – algunas con una cruz, para los ortodoxos y otras con una media luna, para los musulmanes. Esto ya no pasa.

A día de hoy los rusos tártaros han mostrado la misma actitud tolerante. Durante los veinte años pasados los niveles más altos de la dirección de la república no han incluido nadie con un nombre eslavo. Aunque los tártaros étnicos comprenden un 45% y los rusos otro 45% de la población de la república, el 10% restante está compuesto por otras nacionalidades. De todos modos esto no es tan un símbolo de nacionalismo sino más bien de la estructura de clan y familia. La gente lo entiende.

No hay ninguna otra razón por la cual los habitantes no tártaros hayan mostrado ni un poco de resentimiento abierto, aunque no estén contentos con la composición del gobierno tártaro. A menudo la gente piensa de la siguiente manera: los tártaros no tienen ningún otro país y esta es la única forma de estado que tienen en el mundo. Además, vivimos en la Federación Rusa igualmente, la cual tiene su propio gobierno ruso. Por lo tanto, de momento no hace falta que nos preocupemos por nada.

Los críticos con este enfoque señalan que el gobierno federal incluye muchos tártaros con Rashid Nurgaliev y Elvira Nabiullina ostentando carteras clave como ministros de la Federación Rusa con las carteras de Interior y Economía respectivamente. A pesar de todo, el punto de vista antes indicado es el que prevalece –no importa que la república esté dirigida por un gobierno completamente tártaro, esto es un fenómeno temporal, parte de los problemas del desarrollo de una nación que ha logrado un gran nivel de independencia por primera vez en medio milenio. Además, la población es consciente que en los estratos más elevados del poder todo el mundo tiene vínculos familiares de un tipo o de otro. Los tártaros que no forman parte de esta familia sólo tienen una oportunidad insignificante de ser designados para un cargo importante en el gobierno, igual que los rusos. A pesar de su capacidad, a lo máximo que pueden aspirar es a lograr un cargo de diputado. También existen algunos casos de rusos que, después de casarse con algún miembro de la familia dirigente han sido designados para algunos cargos gubernamentales relativamente altos.

Así que no encontraréis ninguna provocación nacional o murmullos de intolerancia en la vida cotidiana. “Todo acaba pasando y también lo hará esta etapa” – piensa la gente. Continuaremos viviendo tan pacíficamente con nuestros vecinos como siempre hemos hecho. Mi abuela solía decir: “Tu pariente más cercano es tu vecino.” Mi madre es amiga de nuestra vecina, la apa Fliura (tía Fliura). Siempre se ayudan, intercambian información sobre donde se puede comprar comida más barata, si hace falta se prestan dinero antes de que su pensión llegue y se intercambian recetas. O simplemente pasan por casa de la otra para pedir un poco de sal si se les acaba de repente. Y, naturalmente, charlan sin cesar de cualquier cosa. No tienen dinero, por lo tanto no tienen ninguna cosa más que compartir.

Otra característica distintiva es el elevado número de matrimonios mixtos en la república. La antropóloga cultural Natalia Topal piensa que los vínculos familiares juegan un papel clave a la hora de unir las dos culturas. “Mi nuera es tártara pero esto no significa que me tenga que pelear con ella,” dice Topal. “Quizás nuestro pueblo (y con esto quiero decir todos los que viven aquí) también son diferentes de alguna forma – más listos, más ágiles mentalmente. Y las calidades humanas no dependen de la nacionalidad, sea como fuere. Conozco muchos rusos que son unos sinvergüenzas y una cantidad igual de personas fantásticas que son tártaros. Y también al revés.” Los matrimonios mixtos realmente están muy extendidos en Tatarstán y juegan un papel decisivo a la hora de mantener una buena atmósfera vecinal. Pero lo más interesante es que estos matrimonios no acaban comportando una erosión de las tradiciones nacionales y de la identidad cultural. La cultura rusa y tártara, la Cristiandad y el Islam se las apañan para mezclarse de una manera mágica, mientras que al mismo tiempo continúan existiendo independientemente. Uno de los efectos es ayudar a que los parientes rusos conozcan mejor las tradiciones tártaras y al revés. Somos como briznas multicolores dentro de una sola cuerda.

La religión se ha vuelto una característica de la sociedad considerablemente más importante a partir de comienzos de los años 90. Durante la época soviética las mezquitas sufrieron mucho más que las iglesias cristianas. Muchas no sobrevivieron quizás porque, dejando aparte las de Kazán y otras ciudades grandes, estaban hechas mayoritariamente de madera. Las iglesias ortodoxas fueron construidas de piedra y en la época soviética se utilizaron para finalidades económicas e internas. Esta es la razón por la cual el resurgimiento de la religión en el Tatarstán ha significado que se construyeran más mezquitas que iglesias. Ha sido necesario restaurar muchas iglesias, y restaurar un edificio siempre es más caro que construir uno de nuevo. Actualmente hay más de 1.000 mezquitas en el Tatarstán y 272 iglesias. Además, también tenemos varias iglesias católicas y protestantes en funcionamiento, y también sinagogas.

En algunas ocasiones, los lugares de culto – tanto musulmanes como cristianos – han sido restaurados por toda la comunidad. La población rusa ha ayudado a erigir una mezquita para sus vecinos musulmanes y los musulmanes han ayudado a restaurar la iglesia local. En el pasado solía haber una estricta separación entre pueblos rusos y tártaros, incluso aunque estuvieran muy cerca los unos de los otros. Hoy en día la gente se establece en el mismo lugar y en algunos lugares hay tanto una mezquita como una iglesia. La postura del clero musulmán tártaro tampoco se debe menospreciar. Se esfuerzan mucho al recalcar que los nombres de los santos cristianos también se veneran en el Islam. Jesucristo es el profeta Isa, a la Virgen María se la llama Mariam. El arzobispo de Kazán siempre se asegura de ir a visitar su colega, el imam de Hazrat durante la festividad sagrada del “Gran Eid” (Festividad del sacrificio). En efecto, ambas partes buscan aquello que los une y no aquello que los separa. Las autoridades proclaman respeto mutuo entre naciones, verbalmente y también proporcionándose apoyo real. Una placa en la pared del restaurado monasterio de Raif enumera los nombres de todos aquellos que contribuyeron a la restauración del claustro. Figuran muchos nombres tártaros, incluyendo el del primer presidente del Tatarstán, Mintimer Shaimaev.

Sin embargo, existen algunos problemas, admite Radik Mullagaliev del Comité Ejecutivo del Congreso del Mundo Tártaro. “Han vuelto a aparecer intereses religiosos radicales junto a los viejos valores, canalizados por los misioneros y los centros nacionalistas. Sería deshonesto pretender que estas cosas no existen en Tatarstán. Existen. Hay sectas religiosas extremistas y agrupaciones chovinistas y nacionalistas. Pero no hay que darles más importancia de la que tienen. La mayoría de ellas subsisten de financiación extranjera (principalmente árabe – OP). Una vez que disminuye el flujo económico, sus actividades se reducen rápidamente. La población de la república ha vuelto, básicamente, a las creencias religiosas tradicionales. “

Desde el siglo XIX muchos musulmanes en Tatarstán han abrazado el jadidismo- un movimiento islámico que persigue la educación y la coexistencia pacífica con todas las naciones y las religiones. El jadidismo fue creado en respuesta al wahhabismo, que estaba ganando fuerza en aquellos momentos. El jadidismo ha mantenido su posición dominante en Tatarstán. “Muchas mezquitas e iglesias ortodoxas han sido restauradas, a menudo financiadas con contribuciones de los feligreses. Desde el principio estas actividades no se han cobrado la exclusividad, por el contrario, expresaban un fuerte deseo de crear un espacio espiritual unificado. Las autoridades hacen un seguimiento sistemático de las actividades de las comunidades religiosas y, si procede, les dan la asistencia oportuna “, dice Radik Mullagaliev.

Por supuesto, no todo depende de las autoridades. Ofrecer atención real, no solo palabras, a las cuestiones nacionales y religiosas es propicio para un entorno pacífico, sin causar irritaciones. Este es un requisito previo fundamental para el desarrollo de buenas relaciones. Por otro lado, sería imposible revivir la educación religiosa sin la cooperación de las autoridades. Actualmente Tatarstán tiene una Universidad Islámica rusa en funcionamiento y también un seminario ortodoxo.

Leonid Tolchinsky, director de la agencia de noticias Tatar-Inform, también hace hincapié en este punto. Dice que ahora es clara la diferencia entre la Plaza Manezh de Moscú (la escena de las manifestaciones de los nacionalistas rusos, en diciembre de 2010) y Maidan (Plaza) el día de la fiesta tártara de Sabantui, popular entre todas las nacionalidades locales. “Tatarstán se convirtió en una nación multiétnica después de las dos guerras mundiales, cuando muchos habitantes de Ucrania y Bielorrusia fueron evacuados aquí y también llegaron muchos judíos. Tatarstán ha demostrado estar muy adaptado a la recepción de nuevas culturas, a la absorción de otras tradiciones y formas de vida – con tranquilidad, sin histeria. Otro factor importante es que Tatarstán tiene una cultura de gestión muy desarrollada y los administradores estaban bien preparados. Hay una continuidad de esta cultura entre los líderes de la república, que las élites actuales han mantenido”.

Tolchinsky subraya que los miembros locales de la comunidad judía, de la cual es miembro, todavía sienten esta gratitud que sentían sus antepasados que hicieron de Tatarstán su casa en los momentos difíciles del siglo XX. Muchas naciones de las regiones occidentales han encontrado la paz en estas tierras. “Somos diferentes, pero estamos juntos”, concluye Tolchinsky.

He tenido numerosas oportunidades para confirmar que a menudo es mucho menos una cuestión de tradición nacional que de cortesía básica. Dejadme daros un ejemplo sencillo: los tártaros de Kazan siempre han seguido la siguiente norma: si un extraño se acerca, la conversación es inmediatamente traducida del tártaro al ruso. Consideran que es de mala educación hablar en una lengua que la otra persona no entiende.

Desgraciadamente, la mayoría de los rusos de la República no tienen fluidez en el idioma tártaro. Probablemente no se siente ninguna necesidad urgente – el ruso es una lengua de comunicación internacional. La mayoría de las personas inglesas que viven en Escocia no son presumiblemente muy fluidas en gaélico. Sin embargo, la mayoría de los rusos que viven en Tatarstán consideran que es su deber aprender una docena de palabras de tártaro de forma que, al menos, pueden expresar su gratitud con la palabra nativa de su vecino, rakhmat (gracias). Así es como la gente trata de expresar el respeto mutuo. Por cierto, hablando de lenguas, el ruso contiene una gran cantidad de palabras prestadas del idioma tártaro, un miembro de la familia de las lenguas turcas. Bazar, bashka (ningún) y maidan – son palabras de origen turco. Para escuchar el idioma tártaro, los rusos, a su vez, pueden recoger muchas palabras y términos tomados del idioma eslavo.

En la década de 1990 una oleada de nacionalismo se extendió en Tatarstán, como lo hizo en otras muchas regiones de la antigua URSS. Esto culminó en una gran manifestación nacionalista el 15 de octubre de 1991, en la que participaron varios miles de personas. Pero esto no dio lugar a pogromos, y el llamamiento por parte de algunos dirigentes nacionalistas para perseguir a los rusos no fue escuchado por la mayoría de la población. Poco a poco las pasiones se calmaron y nada parecido ha vuelto a pasar en los últimos 20 años. La República ha disfrutado de un alto nivel de independencia. Y aunque ha disminuido notablemente durante los últimos diez años, esta es una tendencia que se observa en toda Rusia. La gente agresiva todavía es una minoría. La paz y la tranquilidad todavía reinan en Tatarstán. Nunca ha habido tensiones en el plano nacional, como ya he explicado. Aquí todo el mundo espera que esta situación continúe así por un largo tiempo.

Sin embargo, la preocupación de la población está creciendo. Viendo el conflicto interétnico en otras regiones, sobre todo en el Cáucaso Norte, la gente está preocupada por si pueden aparecer también brotes de extremismo en Tatarstán. Es por eso que la mayoría de la gente espera una rápida resolución del conflicto, preferiblemente por medios pacíficos.

Uno también tiene que entender que el Islam en la región del Volga y en Ucrania se desarrolló de forma muy diferente al Islam en el Cáucaso y hasta ahora no se han cruzado. Y aunque, por supuesto, existen contactos de varios tipos, prácticamente a todos los tártaros que conozco no les gustaría ver los sentimientos agresivos importados a este país. Además, todos ellos están inequívocamente a favor de una rápida resolución de los conflictos interétnicos, tanto dentro como fuera de Rusia, principalmente como garantía de mantenimiento de la paz en Tatarstán.

La gente también está preocupada por los compañeros tártaros que todavía viven en regiones divididas por el conflicto. Después de la desintegración de la Unión Soviética, muchas personas de Asia central se han trasladado a Kazán. Estas personas recuerdan el horror de los pogromos y la naturaleza asesina del odio interétnico. Nadie quiere experimentar esto en la tierra de Tatarstán.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la revista online independiente www.opendemocracy.net
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