Reseña de la película “Aleksandra”, de Aleksandr Sokurov; por Frederic Guerrero-Solé (Universitat Pompeu Fabra).

La guerra es absurda y deshumaniza al hombre. Y nada hay más fácil que matar. Hasta a una débil abuela le basta con apretar el gatillo de un ligero kaláshnikov y llevarse de este mundo a una vida humana. Dos verdades que Aleksandra, el film sobre la guerra de Chechenia —o sobre cualquier otra guerra— del cineasta ruso Aleksandr Sokúrov (Molokh, Padre e hijo, El arca rusa) pone con toda la aridez y crudeza de su cine ante el espectador.

A través del insólito personaje de Aleksandra Nikoláevna, interpretado por Galina Vishnévskaya —cantante de ópera y esposa del malogrado Mstislav Rostropóvich que borda el papel de abuela que recibe el permiso de visitar a su nieto, capitán de destacamento en uno de los puestos militares rusos en la república caucásica—, Sokúrov nos sumerge en una situación inquietante, irreal, absurda, si se quiere, como la guerra misma. La obra de Sokúrov, el para muchos sucesor de Andrei Tarkovski, no pone ninguna facilidad al espectador. Los personajes, sus lentos movimientos, sus diálogos intrascendentes en apariencia, suenan como una lejana letanía; no hay concesiones de ningún tipo, ni intentos de espectacularización; el drama de la guerra y la destrucción se vive desde lo más profundo del alma humana, y no desde la acción del combate —la guerra no se muestra, es suficiente con insinuarla—, la sangre o la destrucción de cuerpos a la que nos tiene acostumbrado un determinado cine.

Vishnévskaya interpreta a una mujer que acaba de enviudar, que vive sola, y que tiene una sola esperanza: ver, tras siete años de separación, a su nieto Denís. Y encuentra a un capitán de destacamento despojado por completo de cualquier tipo de humanidad —sucio, maloliente, animalizado, atrapado por la costumbre del olvido a uno mismo, sin sueño alguno más allá del campamento militar, que ya no lee ni piensa en casarse—, un autómata que vive la guerra como algo cotidiano, ineludible, incuestionable; un joven y, por extensión, el resto de sus compañeros de destacamento, a quien se ha eliminado cualquier tipo de esperanza de una vida diferente. Sin excesos, los soldados de Sokúrov nos muestran una de las caras más crudas de la conversión del hombre en una máquina de asesinar, en pos de una causa que ni ellos mismos parecen conocer o comprender. Hombres. Porque quizás uno de los momentos culminantes del film de Sokúrov tiene lugar en la conversación entre Vishnévskaya, la abuela rusa, y Malika, una abuela chechena, que también vive sola en un edificio en ruinas; entre ellas aparece una pasión repentina, fruto del reconocimiento del sufrimiento interno ajeno. Malika verbaliza aquella otra verdad: son ellos, los hombres, los que pueden ser enemigos, mientras las mujeres sólo pueden reconocerse como hermanas. Y jóvenes. Porque sólo su juventud les permite entregarse ciegamente al oficio de la muerte, en pos de un patriotismo que merece su sacrificio. Jóvenes que ya huelen a hombre y que ante Aleksandra parecen recuperar la ternura perdida. Querrían abrazarla, cogerla de la mano, besarla… pero ya no pueden.

Es el de Aleksandra un paseo periscópico, tenebroso, de tonos áridos por la zona del conflicto. Aleksandra quiere verlo todo, probarlo todo, hasta las armas, como si fuera uno más del regimiento. Es testigo de como los rusos cumplen indolentemente su misión y ve en los chechenos la mirada desconfiada e irada — ¡déjennos en paz! le pide un joven checheno mientras la conduce de nuevo al campamento— del que está dispuesto a acabar con su propia vida para liberarse de la tortura de la destrucción, la ocupación y la humillación constantes.

Aleksandra es una metáfora de la rodina, la madre tierra Rusia. Vieja, decrépita, arrepentida, maltratada por su marido —llámese Romanov, Iosif o Vladímir— y severa con su hija, con su nieto, a quien ve, impotente, ofrecerse en sacrificio. Su cuerpo está a punto de morir, pero su alma —el alma rusa— viviría aun otra vida entera. Sokúrov nos plantea, finalmente, una cuestión eterna más: ¿puede Rusia, a su edad, empezar de nuevo?

Ficha técnica

Director: Aleksandr Sokurov

Guión: Aleksandr Sokurov

Fotografía: Aleksandr Burov

Música: Andrey Sigle

País: Rusia/Francia

Producción: Proline Film, Rézo Productions

Año de producción: 2007

Ficha artística

Galina Vishnévskaya (Aleksandra Nikolaevna)

Vasily Shevtsov (Denis)

Raisa Gichaeva (Malika)

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