Jesús Cruz Álvarez :::: Reseña del libro de Wojciech Jagielski, “Un buen lugar para morir”.
En un breve capítulo del libro de Wojciech Jagielski, publicado en 2005 en su país de origen, Polonia, y rescatado muy acertadamente por la editorial española Debate el pasado 2009, se narra la historia de un grupo de dementes (tal y como se titula el mencionado episodio) de un manicomio de Chermen, una pequeña población enclavada entre Vladikavkaz, Osetia del Norte, y Nazran, la capital de Ingushetia.
Tras los continuos enfrentamientos armados y matanzas entre osetios e ingushetios llevados a cabo en la ciudad, el personal sanitario de la residencia escapó, abandonando a su suerte a todos los internos que allí se encontraban. Éstos, ajenos a todo lo que acontecía a su alrededor, concentraron sus esfuerzos en sobrevivir; primero elaborando su propia comida con los restos que quedaban en el edificio, y posteriormente recolectando organizadamente todo aquello que pudiese ser de utilidad en las casas de una ciudad abandonada por la guerra. A la sexta semana de abandono, apareció el ejército ruso y, tras él, médicos de uno y otro bando que separaron a los internos por nacionalidad, llevándolos bien a Vladikavkaz, bien a Grozni. Poco después, en el mundo de los “cuerdos”, el Parlamento de Osetia del Norte aprobó una ley en la que se explicitaba que osetios e ingushetios no podían vivir juntos.

Una historia, la de los odios enconados y venganzas perpetuas, que se repite a lo largo y ancho del Cáucaso; un polvorín en continuo estado de alerta atrapado por potencias con grandes intereses en la zona. El periodista polaco Wojciech Jagielski, a quien muchs ven como el sucesor del aclamado Ryszard Kapuscinski, nos regala en este libro su extenso periplo por los países del Cáucaso, elaborando un certero y preciso análisis de la historia y naturaleza de sus gentes. Gentes que, en última instancia, obvian las grandilocuentes proclamas nacionalistas y luchan por conservar su hogar, su aldea, por encima de lo que los políticos se esfuerzan en convertir en prioridades de la Nación. Sólo así puede entenderse la manifiesta disgregación de todos los pueblos del Cáucaso y los problemas para someterlos y aglutinarlos bajo una misma bandera. De forma clarividente lo expresa en el libro Merab Mamardashvili, un filósofo georgiano, que dice de su propio pueblo: “Cada georgiano es de por sí un estado independiente, cada uno de ellos es un zar y no se somete a ningún otro. Gracias a ello, Georgia nunca ha podido ser esclavizada por completo; eso mismo ha impedido que la tranquilidad imperara en el país”.

Puedes er ésta una buena forma de mirar a la historia reciente de la Georgia independiente, plagada de guerras y disputas por el poder que únicamente fueron en detrimento de su propia población. La animadversión por Rusia, el imperio del que se emancipó a comienzos de la década de los 90 en medio del jolgorio nacionalista de Gamsajurdia, creó la necesidad de buscar nuevos aliados; el Reino Unido, Alemania y, finalmente, Estados Unidos. Todos ellos terminaron por no hacer honor a las expectativas de los georgianos. La pobreza y la degradación del orden social y político se han hecho fuertes en Georgia. Ni siquiera Shevardnadze, antiguo Ministro de Exteriores de Gorbachov y gran conocedor de las relaciones diplomáticas, pudo reconducir el país; primero, por la asfixiante tutela de los llamados “jinetes de Ioselani”, verdaderos artífices del golpe de estado de 1992 y las guerras de Osetia y Abjasia y, en segundo lugar, por el anquilosamiento de su propia figura en el “trono”. Un joven discípulo del sistema norteamericano, Mijaíl Saakashvili, tomó el relevó en la denominada “Revolución de las Rosas”, ante la pasividad de una clase dirigente sin propósitos y auspiciado por los medios de comunicación (concretamente la cadena de televisión Rustavi-2) y la filantropía de George Soros.

Jagielski va más allá de la narración de acontecimientos; es un agente activo, un testigo que percibe los cambios de la región en su visión, en su forma de sentir. Para ello viaja con campesinos osetios, se entrevista con dirigentes azerbaiyanos o indaga en la sensibilidad del pueblo armenio. Jagielski, en último término, introduce la historia en su experiencia personal, en el recorrido de su vida. Probablemente siente suyo el conflicto del Alto Karabaj, que desde hace décadas desangra una región imposible, un verdadero puzzle geográfico en el que dos etnias, armenios y azeríes, se enfrentan por la supervivencia. Una lucha de la que los armenios han hecho elemento central de su identidad tras siglos de genocidios y amenazas perpetradas por los grandes imperios que los circundan. Al fin y al cabo, el Cáucaso es una región construida sobre una yuxtaposición de intereses e influencias de estas potencian que acunan la zona geográfica donde se enclava.

Con una prosa precisa, despojada de florituras literarias, y con un claro objetivo divulgativo, Jagielski ha creado en este libro un conglomerado de historias y vivencias que conforman, a su vez, un panorama desolador de la historia del Cáucaso. Como en la historia del manicomio, la diferencia, el nacionalismo exacerbado y el arraigo a las estructuras clánicas tradicionales se han erigido como la norma de un laberinto de realidades enfrentadas en el que la muerte es un hecho cotidiano. Muertes que nos conducen, al final, a un epílogo en el que los zumbidos de las balas comienzan de nuevo a tronar en Osetia del Sur, en una nueva guerra contra Georgia en la que los motivos “no importan”. Estas historias nos han recordado lo que aún hoy los hechos nos impiden olvidar; el Cáucaso continua siendo un buen lugar para morir.

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