Ana Sánchez Resalt :::: Reseña del libro “Las montañas de Alá”, de Sebastian Smith.

En diciembre de 1994 el gobierno ruso iniciaba la primera guerra postsoviética en Chechenia. Unos años antes, esta pequeña república norcaucásica había declarado su independencia de Rusia tras la desintegración de la URSS. Lo que tenía que ser una guerra “victoriosa y corta” para “restablecer el orden constitucional” y “desarmar a las bandas armadas ilegales”, se convirtió en una de las más cruentas batallas sufridas por Chechenia. Durante los más de dos años que duró la guerra, Sebastian Smith fue el corresponsal de la zona para France-Presse. Las montañas que fascinaron al héroe de Lérmontov son las mismas por las que Smith se mueve en “Las montañas de Alá. La batalla por Chechenia”, un libro en el que el periodista francés mezcla crónica de guerra, testimonios e historia.

Explicar el porqué de la primera guerra chechena postsoviética no resulta fácil. No se trata sólo de enumerar las circunstancias directas y contemporáneas que rodearon el inicio del conflicto, sino que hay que tener en cuenta las particularidades históricas de una región maltratada durante buena parte de su historia. Sebastian Smith dedica casi medio libro a profundizar en el pasado de los distintos pueblos del Cáucaso, las razones y vicisitudes que han definido el carácter de sus gentes y el valor de su tierra, y que hoy día guían muchas de sus acciones y actitudes.

Los habitantes del Cáucaso han visto pasar por sus tierras, como invasores o comerciantes, a persas, griegos, romanos, godos, árabes, mongoles, judíos, turcos y eslavos. Por esto, la región es una mezcla entre natural y forzada de un gran número de grupos étnicos, lenguas y culturas salpicadas dentro de pequeñas repúblicas. Esta zona es, además, un punto estratégico de unión y paso entre Asia y Europa. Todo esto sin olvidar la riqueza de sus tierras y su bien más preciado y peor usado: el petróleo. El control del paso del oro negro es el motivo subyacente pero primordial de los actuales enfrentamientos por el control de la región.

Con el comunismo llegaron a la región la electricidad y la alfabetización, se crearon hospitales y floreció el turismo, pero también se prohibieron las manifestaciones culturales y religiosas (el Islam sufrió una gran persecución) propias de las diferentes etnias a favor de lo ruso. Para mantener la autoridad soviética, se inventaron las Repúblicas Socialistas Soviéticas Autónomas (ASSR) y las Regiones Autónomas (AO), “entidades creadas artificialmente y agrupadas sin la menor relación, integrando incluso a grupos antagonistas”, señala Smith, que dependían de Moscú. Tras la Segunda Guerra Mundial, Stalin acusó sin pruebas a karacháis, chechenos, ingusetios y balkaros de colaboración con los nazis. El castigo por esta traición (que nunca se probó) fue atroz: deportación. Ciudades enteras fueron enviadas en vagones de ganado a Asia Central y borradas literalmente del mapa sin que nadie supiera nada. Cuando en 1956 se permitió a los pueblos represaliados que volvieran a sus patrias, se encontraron con que sus casas estaban ocupadas por otros que no tenían intención de abandonarlas.

Tras la desintegración de la URSS, con Borís Yeltsin en el gobierno, asoman los primeros tintes de neoimperialismo y los movimientos nacionalistas antirrusos en las ex repúblicas cobran fuerza. Ante esta situación, el gobierno ruso inicia una estrategia militar dirigida a controlar el “extranjero cercano”, es decir, a los antiguos territorios soviéticos.

El elemento más problemático de la zona era Chechenia. Dzhojar Dudáyev, tras vencer en unas dudosas elecciones, declara unilateralmente la independencia de Chechenia. La república díscola quiere andar sola y ver beneficio de sus recursos, y Moscú no quiere que cunda en la región el ejemplo del “estado criminal” sostenido por la mafia. El 11 de diciembre de 1994 el ejército ruso inicia una acción para desarmar las unidades armadas ilegales y restablecer orden constitucional. Es en este momento del libro cuando Smith se hace presente como parte directa del conflicto. Hasta ese momento, había sido un narrador y un catalizador de testimonios de distintos personajes. Ahora, la guerra es la historia de lo que el corresponsal francés vivió y vio.

En la primera guerra, a diferencia de la segunda, la propaganda, pero también la información fluyeron y llegaron a los ciudadanos rusoa a través de los distintos medios, en especial la televisión. El ministro de información de Chechenia, Movladi Udúgov, se encargó de facilitar a los medios extranjeros la versión separatista de los hechos. A Smith y sus compañeros periodistas les facilitó entrevistas con líderes chechenos, desde Masjádov a Basáyev. Y pese a toda la información facilitada sobre destrucción y muertes de civiles, la comunidad internacional prefirió no inmiscuirse en un “asunto interno” de Rusia.

En 1996 las elecciones presidenciales se acercaban y a Borís Yeltsin y su cúpula les urgía resolver el conflicto de manera victoriosa y rápida. Dudáyev, abatido por un misil, sería sustituido Zelimjan Yandarvíyev, con quien Yeltsin inició conversaciones durante el proceso electoral. Tras su reelección, el conflicto viviría unos meses de recrudecimiento y los chechenos comenzaron a recuperar terreno. Finalmente, Alexander Lébed, secretario del Consejo de Seguridad del Kremlin, y Aslán Masjádov, jefe del Estado Mayor checheno, llegaron a un acuerdo: los rusos se retirarían de Grozni y las montañas hacia sus bases. La guerra acababa, pero el conflicto quedaba inconcluso porque no se había resuelto el desencadenante: la independencia de Chechenia.

La primera guerra postsoviética ruso-chechena supuso un estrepitoso fracaso para los rusos. Les falló la estrategia y la planificación mediática y militar (Eduard Vorobiov, segundo al mando del ejército ruso, se negó a comandar las tropas en Grozni y advirtió que no estaban preparadas, y Lébed denunció el ataque). Los soldados rusos, desmotivados, sin disciplina, jóvenes e inexpertos, luchaban en una guerra que ni siquiera entendían y que los volvió locos. Los combatientes chechenos, los boyeviks, con muchos menos recursos, luchaban para “proteger nuestra casa” y mostraron mayor conocimiento del terreno y mejor estrategia de ataque.

Una frase de Sebastian Smith es el resumen perfecto de la historia de Chechenia: “Para un pueblo que se ha enfrentando en varios momentos de su historia al extermino, la necesidad de defenderse es un instinto, no una elección” .

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-Smith, Sebastian (2001) Las montañas de Alá. La batalla por Chechenia. Traducción de Hugo Mariani. Barcelona: Ediciones Destino, 447 pp.

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