Stanislav Dmitrievsky :::: La suerte de la población de habla rusa en Chechenia durante el período post-soviético es un tema complejo, al menos por dos razones. En primer lugar, dos décadas de guerras, destrucción e inestabilidad política no facilitaron la conservación de fuentes históricas. Los archivos de todas las instituciones oficiales chechenas de los tiempos de la independencia de facto, fueron eliminados. De hecho, no sólo los archivos: en ninguna biblioteca se pueden encontrar colecciones completas de los periódicos más importantes de aquella época. En segundo lugar, el problema de la población rusa ha sido tantas veces objeto de especulaciones políticas, que, al analizar los materiales disponibles (prensa, memorias, informes y estudios de diferentes organizaciones gubernamentales y no-gubernamentales) es extremadamente difícil separar los hechos de las interpretaciones, la verdad de la ficción y lo real de lo deseado.

Nuestro artículo no pretende pues ser un estudio completo ni tampoco sentar las bases de una investigación futura; más bien se trata de unas breves notas en los márgenes de la historia no escrita de los rusos en Chechenia.

En nuestra opinión, el conflicto armado ruso-checheno en ningún caso puede ser considerado como un conflicto étnico o religioso. Estamos ante un clásico conflicto anticolonial o, en términos más neutros, de secesión. Sin embargo, el componente étnico ha tenido indudablemente cierta importancia, y no podemos pasarlo por alto.

Los primeros asentamientos rusos en tierra chechena datan del siglo XVI y fueron poblados y campamentos cosacos. Los “cosacos libres”, representados, en aquel entonces, por campesinos siervos, fugados a la periferia del reino de Moscú, convivían con la población local de forma pacífica. Asimilaron muchas cosas de sus vecinos: la ropa, la cocina, las costumbres… Sin embargo, a partir del siglo XVIII, cuando el imperio ruso emprende una conquista militar planificada del Cáucaso Norte, la población cosaca se convierte en un poderoso instrumento de colonización, en la misma medida que el ejército regular.

En 1859, y tras más de medio siglo de lucha, los montañeses son derrotados en la guerra del Cáucaso. Las tierras chechenas pasan a ser una colonia periférica de Rusia. Las mejores tierras son redistribuidas entre los cosacos y las familias chechenas que lucharon del lado del ejército ruso. La solución justa del problema agrario es, a partir de ese momento, tema recurrente en todas las sublevaciones y levantamientos revolucionarios de los chechenos en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Ese mismo problema provocó una creciente tensión interétnica entre los montañeses (chechenos e ingushes) y los cosacos.

Durante los años de la Revolución y la guerra civil (1917-1921) estallaron enfrentamientos entre montañeses y cosacos en Grozny, Vladikavkaz y otras ciudades importantes de la región. Es justo reconocer que los bolcheviques consiguieron, en cierta medida, mitigar el problema agrario en los primeros años 20, redistribuyendo la tierra una vez más, en este caso a favor de los montañeses, que, en su gran mayoría, apoyaron al Ejército Rojo por declarar el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Por su parte, los cosacos, que habían servido de apoyo al Ejército Blanco en la región, fueron duramente represaliados.

Los levantamientos posteriores, en los años veinte y treinta, así como la permanente guerra de guerrillas que libraron los chechenos contra el poder soviético, se debieron a otros motivos, concretamente a la negativa por parte de los bolcheviques de respetar su promesa de dar al pueblo checheno una autonomía más amplia, a las represiones contra el clero y la intelligentsia local, y a la colectivización (esta última igualó a chechenos y cosacos en su falta de derechos). De modo que esos levantamientos no tuvieron carácter étnico.

En 1944, Stalin llevó a cabo una deportación masiva de la población chechena e ingush, desde su patria histórica a Siberia y Kazajistán. La deportación, que además fue acompañada de ejecuciones masivas, supuso la muerte de gran parte de la población, tanto en el trayecto, como en los primeros años de su estancia en las llamadas zonas de “desplazamiento especial”, a las que fueron confinados. Todavía no tenemos datos exactos sobre la disminución de la población en aquella época, pero podemos afirmar con cierto rigor, que la deportación o circunstancias derivadas de ésta, significaron la pérdida de entre 170 y 200 mil chechenos; es decir, uno de cada dos no sobrevivió. Tierras y pueblos desocupados fueron repoblados por colonos rusos, ucranianos, osetios, miembros de las diferentes etnias que pueblan Daguestán, etc.

Tras la muerte de Stalin, en la Unión Soviética se emprendió una cierta relajación del régimen represivo. A partir del año 1954, los vainaj (chechenos e ingushes) empiezan a regresar, de forma espontánea pero imparable, a su tierra, lo que obliga a Nikita Kruschev a reinstaurar la república autónoma de Checheno-Ingushetia, a pesar de la oposición del Ministerio del Interior de la URSS, que proponía crear una nueva autonomía en los lugares de deportación.

Al mismo tiempo, las autoridades soviéticas no quisieron conceder una plena reparación a los pueblos víctimas de deportaciones, ya que ésta hubiese significado indemnizarles los perjuicios causados, así como investigar los crímenes contra la población civil. Los chechenos e ingushes que volvían, se vieron obligados a pagar para comprar sus propias casas. Se les denegaba, además, el derecho a trabajar en algunos sectores de la economía. Las autoridades trataban de impedir su asentamiento en algunas regiones montañosas, en las que habían vivido miles y miles de personas antes de ser deportadas. Así, desaparecieron del mapa, por muchos años, las regiones chechenas de Cheberloi, Sharoi, Galanchozh etc.

Los chechenos e ingushes retornados, nunca volvieron a ser dueños de su tierra. Nunca se han restituido sus derechos civiles y políticos. Siempre se les recordaba su condición de amnistiados, como si hubiesen sido “culpables” de algo ante el país y el poder soviético. En este contexto, en agosto de 1958, se produjo en Grozny un pogromo anti-vainaj. El detonante fue una pelea entre dos jóvenes – ruso e ingush – que resultó en la muerte del primero. El funeral se transformó en una manifestación y, más adelante, en violentas represalias contra la población local retornada. Varias personas, incluyendo un anciano checheno, fueron literalmente despedazados por la muchedumbre. La masacre duró cuatro días. Muchos rusos, algunos de ellos comunistas, se colocaron lacitos rojos, para que la multitud enfurecida no los tomara por chechenos o ingushes.

Se organizó un mitin multitudinario en la plaza frente al Consejo de Ministros de la república. Los manifestantes lanzaban proclamas que proponían mandar a todos los retornados “de vuelta a Siberia” y establecer un “poder ruso” en la región. Como escribe John Dunlop: “afortunadamente, los montañeses locales demostraron una gran entereza y, en cuanto empezaron las matanzas, exigieron a las autoridades que restablecieran el orden. No se procesó a ninguno de los alborotadores; sólo un jefe local, A.I.Yakovlev, fue trasladado fuera de la república en 1959”(1).

Todos esos acontecimientos fueron posibles, en parte, debido a lo incompleto del proceso de rehabilitación, y demostraron con claridad hasta qué punto las autoridades soviéticas desconfiaban de los chechenos e ingushes. Posteriormente, esa desconfianza se formalizó prácticamente en todos los aspectos de la vida de la supuestamente reconstruida república.

Los representantes de la población autóctona de la autonomía checheno-ingush no podían ocupar determinados cargos en la administración republicana. Hasta la época de la perestroika, un checheno o un ingush no podía ser secretario del comité regional del PCUS, jefe del comité municipal del Partido en la capital Grozny, ministro del interior o director del KGB local. Los fiscales y los presidentes del Tribunal Supemo de la República Autónoma de Checheno-Ingushetia eran personas designadas desde otras regiones. Incluso los cargos de menor importancia eran controlados estrictamente por los servicios de seguridad. El candidato tenía que demostrar su lealtad al poder soviético; se investigaba a sus familiares, su actitud hacia la religión etc. Al final, entre los años sesenta y ochenta, se formó en Checheno-Ingushetia una élite política y económica impersonalizada, que procuraba distanciarse abiertamente de su propio pueblo. El poder acabó en manos de personas que, velando por sus propios intereses, en lugar de impedirlas, muchas veces participaban activamente en las políticas discriminatorias, incluyendo la discriminación cultural, que se llevaba a cabo en la república.

Esas políticas estaban orientadas a crear en la población local una actitud negativa hacia su propio pasado histórico, su cultura y sus tradiciones. En los colegios, los libros de texto ensalzaban el papel “civilizador” que supuestamente desempeñó Rusia en el Cáucaso. La resistencia que, durante siglos, opusieron los chechenos y otros pueblos del Cáucaso a la conquista rusa, se declaraba como inspirada desde fuera, “reaccionaria” y “contraria a los intereses del pueblo”. Se falsificó la historia de la guerra civil y el establecimiento del poder soviético en la zona; al mismo tiempo se prohibió estudiar otros períodos y acontecimientos históricos, como por ejemplo, la época de la deportación. De hecho, este tema ha sido un tabú para la investigación y la prensa, hasta la perestroika.

En colegios y universidades, la enseñanza se impartía exclusivamente en ruso, mientras que las lenguas chechena e ingush constituían asignaturas diferenciadas. Incluso, siendo así, en las zonas rurales, a esas asignaturas se les dedicaba menos tiempo que al estudio de lenguas extranjeras y, en las ciudades, fueron directamente excluidas del programa.

La república disponía sólo de un teatro nacional con dos compañías (chechena e ingush), un grupo de danza y una orquesta filarmónica. No se permitía tener más. Se prohibió la celebración pública de ritos islámicos, también se perseguía a los que predicaban activamente la religión musulmana. No había ninguna mezquita abierta en la república; para acudir a una mezquita los creyentes tenían que viajar a la vecina Daguestán. Sin embargo, existía una red semiclandestina de hermandades sufíes que, en cierto sentido, representaba un sistema de organización social paralelo, al margen de la estructura formada por instituciones soviéticas.

Una serie de instituciones educativas del país vedaban el ingreso a chechenos e ingushes. Entre los años sesenta y ochenta, la república Checheno-Ingushetia gozaba de un alto nivel de desarrollo económico. En 1989, el peso específico de la población urbana era del 41%, mientras la población rural constituía el 59%. Sin embargo, algunas empresas industriales importantes no admitían trabajadores chechenos o ingushes. Tenían dificultades para encontrar trabajo en la industria petrolera, la química y la construcción de maquinaria. Según los datos oficiales, a finales de los ochenta, las mayores empresas de la república, como “Grozneft” u “Orgsintez”, contaban, entre sus 50 000 ingenieros y obreros, sólo con unos centenares de trabajadores étnicamente vainaj. Al mismo tiempo, se mantenía artificialmente el flujo de mano de obra cualificada proveniente de otras regiones de Rusia, a la que se proveía de viviendas de calidad en la ciudad de Grozny. Para los chechenos e ingushes que no formaban parte de la nomenclatura económica del Partido, era prácticamente imposible conseguir una vivienda de propiedad estatal en la capital de su propia república.

Hacia el inicio de la perestroika, cerca de 200.000 chechenos e ingushes en edad de trabajar, no tenían una fuente de ingresos permanente. Para dar de comer a sus familias, muchos tenían que buscar trabajo temporal en las regiones del Extremo Norte o en Siberia.
Grozny, la capital de la república y antigua fortaleza rusa en los tiempos de la guerra del Cáucaso, seguía siendo mayoritariamente rusohablante, sobre todo la parte central de la ciudad.

Sin embrago, la política de restricciones discriminatorias en el ámbito etnocultural y religioso, llevada a cabo por el régimen soviético, se veía acompañada de un proceso paralelo: el de un creciente desarrollo cultural y la consolidación de la intelligentsia local. “Como señalan acertadamente los historiadores chechenos Y.Z.Akhmadov y E.Kh.Khasmagomedov, entre los años sesenta y ochenta, se produjo un acercamiento de todos los estratos de la sociedad chechena a la cultura europea (en su versión ruso-soviética) y la apropiación de los valores espirituales de ésta en la vida cotidiana. Este fenómeno tuvo una gran influencia en el modo de vida del pueblo checheno: la mayor parte de los chechenos vestían ropa europea, conocían las obras maestras de la literatura rusa y universal y consideraban el ruso su segunda lengua materna. Se produjo una gran dualización cultural de la sociedad chechena: los valores espirituales nacionales coexistían con los valores espirituales adquiridos de la cultura soviética (rusa). En ese aspecto, el papel destacable pertenece a los maestros rusos, que trabajaban en los colegios chechenos, algunas veces en las aldeas más remotas. La intelligentsia y la juventud chechena se abrió a la cultura universal gracias, en primer lugar, al maestro y a la lengua rusa”(2).

Con la perestroika y el desmantelamiento del imperio soviético, llegó el renacer de un potente movimiento de liberación nacional. En 1991, Chechenia declaró, unilateralmente, su independencia de Rusia.

Los cambios políticos de la segunda mitad de los años ochenta y principios de los noventa, llevaron a una creciente tensión entre diferentes etnias en regiones periféricas de la Unión Soviética. La situación de la población foránea, incluida la de lengua rusa, que habitaba en las regiones étnicas que conforman el Cáucaso Norte, empezó a empeorar progresivamente, al tiempo que se agudizaba la crisis económica y se afianzaban los movimientos nacionalistas locales. A partir de finales de los años ochenta, la población de habla rusa empieza a emigrar masivamente de las autonomías.

La república Checheno-Ingushetia no fue una excepción. En esta región, la tensión interétnica se debió a varios factores. En primer lugar, estaba la tradicional oposición entre los pueblos vainaj y la población foránea, nacida de la deportación de 1944 y la posterior discriminación de los pueblos autóctonos. Cuando la presión policial y administrativa se relajó, el péndulo osciló hacia el lado opuesto: si antes eran, en su mayoría, los rusos los que ocupaban los cargos directivos de importancia, ahora estaban siendo rápidamente desplazados por representantes de las etnias locales. El segundo factor fue la recesión y luego casi un total colapso de la producción industrial. Como los rusoparlantes estaban ocupados mayoritariamente en la industria, fueron los que más sufrieron del desempleo y los retrasos en el pago de salarios. En tercer lugar, el debilitamiento del Estado y la desaparición de las fuerzas del orden público, permitieron que la misión de proteger a los ciudadanos volviera a las instituciones de carácter familiar o consuetudinario. Obviamente, esas instituciones no incluían a la población foránea. Como resultado, los grupos étnicos no autóctonos se resintieron más de un vertiginoso aumento de la delincuencia, que se registró en ese período en todo el territorio de Rusia. La vida y la dignidad de un checheno estaban protegidas por la familia y la costumbre de la venganza de sangre, que eran un freno muy poderoso para la delincuencia. Mientras, la población rusa, que no se beneficiaba de esa protección, se convirtió en presa fácil para los criminales. La población que vivía en el centro de Grozny, mayoritariamente de habla rusa, fue la más afectada, mientras que los habitantes de las zonas rurales y de la periferia de la ciudad, de población mixta, estaban más integrados en la sociedad local y gozaban de la protección de sus amigos y vecinos. Ha habido casos de asesinatos de rusos que se cometían con el fin de apoderarse de sus viviendas.

Al proclamarse la independencia, todos los procesos mencionados se agudizaron. Como señala acertadamente el periodista checheno Timur Alíev: “La “revolución democrática”, ocurrida en la república soviética de Checheno-Ingushetia; tomó un carácter etnonacional. Esto se explica, entre otras cosas, porque en las organizaciones que la llevaron a cabo, prácticamente no había rusos. Por lo tanto, no hubo rusos en el “nuevo gobierno”. <…> La mayor parte de los rusoparlantes de la república no aceptaron ni apoyaron la ‘revolución’. Probablemente, su rechazo provocara el paso de la fase democrática a la etnonacional. Es más, muchos no quisieron vivir en el Estado independiente de Chechenia y ‘votaron por la independencia por piernas’. No querían ser una nacionalidad no titular en un nuevo Estado. Porque se derrumbaba la organización de poder habitual, que seguía <…> el esquema: primer dirigente – ruso, segundo – checheno y tercero – ingush. Además, la nueva república tenía perspectivas políticas inciertas. <…> La incertidumbre política hacía prever poca estabilidad económica en el futuro”(3).
Afortunadamente, las cosas no llegaron a pogromos o enfrentamientos étnicos. El nacionalismo extremista nunca tuvo gran apoyo en la sociedad chechena. Pero la permanente presión económica y criminal sobre la población foránea, aceleró su éxodo. El gran volumen migratorio lo demuestra.

Según Alexánder Cherkásov, experto del centro de derechos humanos “Memorial”, entre los años setenta y ochenta, quienes emigraban de Checheno-Ingushetia, no eran exclusivamente de origen eslavo, sino también los vainaj; los censos demuestran que la emigración de estos últimos alcanzó el volumen neto de 50 mil personas en la década de 1979-1989. De ellos cerca de 20 mil eran de habla rusa. En ese período, el número de chechenos que residía permanentemente en la región de Stavropol creció 3,4 veces;en la región de Astrajan 5,5 veces; en la región de Rostov 6,8 veces; en la región de Volgograd 13,7 y en la región de Tiumén 33,7 veces. En total, entre estas cinco regiones, el número de residentes chechenos se sextuplicó, pasando de 9,3 a 55,8 mil personas (4). Dicha ola migratoria se debió, con toda seguridad, a la recesión general de la producción industrial y al aumento del desempleo que registraba los índices más altos de todo el país. Sin embargo, a partir de finales de los años ochenta, la proporción de los migrantes rusoparlantes empieza a crecer explosivamente. Según algunas evaluaciones, entre junio de 1990 y junio de 1991, veinte mil personas más abandonaron la república; en el período incluido entre el verano de 1991 y el de 1992, el flujo migratorio alcanzó 50 mil personas. Las encuestas de opinión pública revelan que, hacia mediados de 1993, entre los 170 mil rusos que quedaban en Chechenia, la mayoría deseaban marcharse (5).

Las autoridades de la Chechenia independiente se percataron de la gravedad del problema demasiado tarde. Poco antes del inicio del conflicto armado en 1994, el gobierno del presidente checheno Dzhojar Dudáev creó el “Comité para la defensa de la población de habla rusa”. Las valoraciones de la actividad del Comité, que el autor de estas líneas pudo recoger de boca de ciudadanos rusos de Grozny en el invierno de 1995, son contradictorias. Algunos decían haber recibido cierta ayuda y protección por parte de dicha organización. Otros, sin embargo, afirmaban que la creación del Comité obedecía a objetivos meramente propagandísticos de los separatistas, y que no se planteaba ayudar a nadie.

Entretanto, en las regiones vecinas de Chechenia, tomaba fuerza el proceso inverso de presión sobre los chechenos étnicos. A partir de 1990, asociaciones de cosacos (muchas de ellas militarizadas) empezaron a reivindicar activamente la devolución a la región de Stavropol de los territorios de Naursk y Shelkovsk, parte de Chechenia desde la reinstauración de la autonomía en 1957. Pero aparte de las reivindicaciones puramente políticas, también se cometieron delitos penales. En su testimonio ante el Tribunal Constitucional ruso en 2005, el jefe de la sección de estudios del Cáucaso en el Instituto de Etnología y Antropología de la academia de ciencias rusa, Serguei Arutiunov declaró: “Seguramente el golpe más duro a las relaciones normales [entre rusos y chechenos] fue la aparición de bandas criminales cosacas (en este caso, tal denominación es más que justificada) que, ya a partir de 1991-1992 organizaban piquetes, agredían a la gente por razones de procedencia étnica, apuntaban con armas automáticas a niños para obligarles a salir del vehículo, robaban esos vehículos etc., sin ningún tipo de respuesta por parte de las fuerzas del orden”(6). La tensión entre chechenos y cosacos alcanzó su punto álgido a mediados del año 1994, cuando en algunos pueblos de la región de Stavropol estallaron pogromos antichechenos en los que varias personas murieron asesinadas(7). Afortunadamente, los incidentes interétnicos dentro y alrededor de Chechenia nunca desembocaron en una confrontación armada organizada entre diferentes comunidades.

Lo que llevó a la gran mayoría de la población rusa a abandonar Chechenia, fueron los conflictos armados de 1994 y 1999. Todos huían de la guerra, los bombardeos y las zachistki (operaciones de limpieza), pero son principalmente los chechenos e ingushes los que, más tarde, volvieron a las ruinas de lo que fue su casa.

La necesidad de proteger a la población rusoparlante de los “bandidos chechenos” fue un tema destacado en la campaña propagandística, llevada a cabo por las autoridades rusas, con el objetivo de justificar la intervención militar en Chechenia. Algunas fuentes, cercanas al gobierno, incluso hablaron (y siguen hablando hoy en día) del “genocidio de rusos en Chechenia”. Sin embargo, en la práctica, el gobierno federal no tomó ninguna medida para mantener la menguante diáspora rusa en Chechenia, ni tampoco, como era de esperar, investigó el supuesto delito de “genocidio”: los “rusos chechenos” no fueron más que una moneda de cambio en un gran juego político-militar.

Los crímenes contra civiles, cometidos por las fuerzas federales en Chechenia, también afectaron a la población de lengua rusa. A los ladrones y asesinos de uniforme les interesaba poco el origen étnico de sus víctimas. Incluso, a veces, las víctimas rusas estaban más estigmatizadas que las chechenas. “Vosotros, los rusos chechenos, ¡sois aun peores que los propios chechenos! No os fuisteis de Chechenia, os quedasteis, o sea, que sois unos traidores, estáis de parte de los separatistas y de los terroristas”; reproches de este tipo fueron comunes entre los militares federales.

A principios de los 2000, cuando los pueblos y las ciudades chechenas, especialmente la capital, estaban ya controladas por el ejercito ruso, el autor de estas líneas presenció la salida de la última y ya poco numerosa ola de emigrantes rusos de Chechenia; eran, en su mayoría, maestros o profesores universitarios. Aquí sufrieron dos guerras y el caótico período entre ellas, pero el ambiente de la “dictadura de un pistolero” hizo que sus vidas aquí se volvieran absolutamente insoportables.

Con la consolidación de Ramzán Kadyrov en el poder, Chechenia, que formalmente es parte de Rusia, puso rumbo a la construcción de una tiranía asiática, apoyándose en una retórica nacionalista y algunos preceptos del derecho islámico (la sharia). En este esquema, a la minoría rusa se le reserva un papel meramente decorativo, destinado a demostrar al resto del mundo el carácter “tolerante” del régimen de Kadyrov. En el centro de Grozny se ha reconstruido la iglesia de San Miguel Arcángel, que había sido destrozada por la artillería rusa (ese trabajo burdo y de dudoso gusto difícilmente se puede llamar restauración). A la misa, acude un puñado de ancianos que siguen en Grozny, porque simplemente no tienen a donde ir: es todo lo que queda del antiguo “Grozny ruso”. Por otra parte, en Chechenia quedan algunos rusos étnicos completamente integrados en la sociedad local (por ejemplo, maestras rusas casadas con chechenos y normalmente convertidas al Islam).

En realidad, Chechenia es hoy una república monoétnica. Por lo que el autor ha podido observar, buena parte de la población chechena percibe este hecho como algo negativo.

Traducción : Elena Merkoulova.

— NOTAS —

(1) Dunlop J. “Rossiya i Chechnia: historia protivoborstva. Korni separatistskogo konflikta.” – Moscú, 2001, p.84 (John B. Dunlop “Russia confronts Chechnya: roots of a separatist conflict”, Cambridge University Press, 1998)
(2) Idem
(3) Alíev T., “Ishod russkih iz Chechni” // Tatiana Lokshina, Alexander Mnatsakanián, Varvara Parjómenko, Alexander Cherkásov. “Chechnia. Zhizn na voine” — Мoscú, 2007. p. 85-87, p. 85-87.
(4) Alexander Cherkásov. “Kniga chisel. Kniga utrat. Kniga strashnogo suda. //Demografia, poteri naselenia i migratsionnye potoki v zone vooruzhennogo konflikta v Chechenskoi respublike. – Centro de derechos humanos Memorial. || http://www.memo.ru/hr/hotpoints/chechen/1cherk04.htm#_ftnref7. nota 7
(5) Dunlop, 2001, p.142-143
(6) Novoe vremia. 1995. Nº29. p. 12-15
(7) Moskovskie novosti. 1994. 14-17 de agosto. P. 11

Anuncios