Adrián Tarín :::: Al Qaeda, como toda organización globalista -que no internacionalista-, ha tratado tradicionalmente de aprovechar los focos de potencial conflictividad en los que, por la realidad social, militar o religiosa, pudiera reinterpretar la contienda según su estructura cognitiva de vida. Y Eurasia no ha sido una excepción, principalmente en el Cáucaso norte y Asia central. No obstante, a pesar de que pueda considerarse triunfante la penetración de militantes en los territorios, la difusión propagandística a nivel mundial del ideario yihadista-globalista y el prestigio de la imagen de marca ‘Al Qaeda’ (sobre todo en el mundo Occidental), no podemos si no clasificar como fracaso la actividad política e ideológica de la organización en el antiguo espacio soviético. Ello no quiere decir, por otro lado, que Al Qaeda no sea una amenaza, sino que su peligrosidad en la zona es relativa, ni tampoco que su actividad armada haya sido nula en la zona. El éxito o el fracaso de “La Base” no debe medirse a un nivel microestructural. No a un nivel táctico, sino estratégico. Esto es, la consecución del doble objetivo final: liderazgo y establecimiento del Califato.

Podemos distinguir dos ejes hilados, consecutivos, interdependientes, que pueden explicar dicha situación: la competencia con otros grupos yihadistas y la ausencia de preocupación por la localidad. Una de las características principales descritas por la teoría de la insurgencia para calibrar la victoria de un movimiento de tal naturaleza es la prevalencia sobre los grupos rivales. Si bien se reconoce que la rivalidad “puede resolverse mediante la creación de alianzas y frentes comunes”, no es menos cierto que tanto en Chechenia como en Asia central esta condición no ha sido dada, sino que “el principal adversario (…) no ha sido tanto el enemigo declarado (la autoridad política constituida), como otros grupos que comparten una causa parecida y con los que compiten a la hora de obtener voluntarios y financiación” (1). De hecho, la esencia egocéntrica de Al Qaeda ha supuesto que, en lugar de coaliciones, en los lugares en los que este fenómeno ha ocurrido (que no en Eurasia) se hayan producido absorciones, como ocurrió con el Grupo Salafista por la Predicación y el Combate argelino que, junto a otras organizaciones, como en Libia, cambió su nombre por el de Al Qaeda en la Tierra del Magreb Islámico, o el juramento de fidelidad de Abu Musab al-Zarqawi a Osama bin Laden por el que su antigua organización, Tawhid wal Jihad, pasó a denominarse Organización de Al Qaeda en la Tierra de los dos Ríos.

Chechenia se convirtió en una causa yihadista atractiva para recoger el éxodo de mujahidin tras Afganistán, por lo que Al Qaeda trató de establecerse en la región. Sin embargo, la difícil relación que mantuvo tanto con Ibn Khattab (Samir al-Suwaylim) como con su sucesor, Abu Umar al-Sayf, imposibilitó una pretendida alianza. Según revela Vahid Brown, “el contacto [entre Bin Laden y Khattab] fue iniciado por los dos lados, y ambos intentaron atraer al otro a su propio plan” (2), por lo que la relación fracasó. Por otro lado, probablemente fruto del amparo que Arabia Saudí proporcionó a una parte de la guerrilla chechena, al-Sayf denunció en 2003 la campaña de Al Qaeda en el golfo pérsico (3). De hecho, esta es otra de las dificultades con las que se encuentra la organización de Bin Laden para desarrollar su actividad y que, sin duda, influye en los niveles de éxito: el enfrentamiento “purista” entre Al Qaeda y Arabia Saudí por la presencia, en su territorio, de bases militares norteamericanas, los que impide que la Casa Real Saud proteja o financie a la organización, como sí ocurre con algunos de sus rivales.

Por su parte, en Asia central, tanto el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU) como Hizb ut-Tahrir (HuT) dominan el panorama islamista en la zona, muy por encima de la influencia de “La Base”.

La segunda de las cuestiones apuntadas resulta aún más significativa y profunda. La vocación globalista de Al Qaeda ha supuesto una desatención por la cuestión local, regional o nacional euroasiática; fruto, o bien de su incapacidad o de un desprecio deliberado. El enemigo lejano, el Gran Satán al que Bin Laden y Zawahiri consagran su lucha, no es un argumento torpe, sino más bien sugerente. Sin embargo, a la par que atrayente es alejado de la realidad íntima de los yihadistas chechenos, uzbekos o tayikos, entre otros. O al menos, lo es si no es tenido en cuenta el enemigo cercano como principal fricción. Es, de hecho, la cruzada contra el judaísmo y el cristianismo que pretende liderar Al Qaeda una de las principales razones por las que Khattab no contempló la opción de subordinar su causa: el argumento religioso esgrimido por Bin Laden (“es un deber religioso para ti unirte a la yihad contra los ocupantes americanos de la península arábiga (4)”) se halla fuera de contexto. El conflicto checheno, además, atiende a cuestiones territoriales, nacionalistas, cuando no de venganzas personales evidentes, hecho que en ningún caso resuelve Al Qaeda sino que, más bien, lo ridiculiza.

En Asia central, a pesar de que el surgimiento del nacionalismo haya sido consecuencia de artificios geoestratégicos heredados de la Unión Soviética (5) y de que aún hoy perviva el debate sobre el sostenimiento soviético (6), lo cual podría suponer a priori un caldo de cultivo favorable a tesis globalistas, Al Qaeda tampoco ha sabido imponerse al no considerar el hecho local. La homogeneización que pretende “La Base” no se corresponde con la realidad étnica (alejada de la arabización de Al Qaeda) y religiosa (sufismo, mulá, Islam oficial) de la región. No quiere decir esto que el wahabismo o la escuela deobandí no tengan presencia en Asia central, sino que la diversidad real de la zona no es atendida con suficiencia por la organización de Bin Laden y sí, sin embargo, por el MIU y, cada vez más, por HuT. En el caso de este último, la mayor parte de los jóvenes que ingresan en las filas del partido (pues, nótese la particularidad de la región, cuyo principal ente defensor del califato mundial se considera a sí mismo un partido y no un ejército o una brigada, como otras organizaciones), lo hacen motivados por la corrupción, las dificultades económicas, la ausencia de valores, la oposición al gobierno de Islam Karímov y el desempleo (7), es decir, porqués, casi todos, de estricta regionalidad. Así, pues, Hizb ut Tahrir, que comparte en parte el ideario del yihadismo salafista global, no puede ser sospechoso de desentendimiento de las preocupaciones directas, mundanas, y menos aún, dada su creación de redes de asistencia social.

Al Qaeda, por tanto, no solo no consigue su objetivo de establecer un califato mundial –o de comenzarlo en Eurasia- sino que, además, no es la opción preferente para los islamistas, dada la extraordinaria competencia a la que se enfrenta, a errores tácticos derivados de una interpretación religiosa poco rigurosa y a una falta de comprensión de los conflictos locales, y a la creciente concepción en la población –y más aún tras el fracaso de Al Qaeda en Iraq- de que allá por donde pasa la organización solo resta caos y destrucción, en lugar de bienestar, algo de lo que se han preocupado los movimientos yihadistas de mayor éxito, como la guerrilla chechena (manutención de viudas), Hamás o Hizb ut Tahrir.
— Notas y bibliografía —
(1) Delimitación teórica de la insurgencia: concepto, fines y medios. Javier Jordán.
(2) Al-Qa’ida Central and Local Affiliates, Vahid Brown. Capítulo incluido en el documento Self-inflicted wounds. Debates and divisions within al-Qa’ida and its periphery, editado por Assaf Moghadam y Brian Fishman (2010).
(3) Ibídem.
(4) Ibídem.
(5) Asia central: conflictos étnicos, nuevo nacionalismo e Islam, Luis-Tomás Zapater Espí. Instituto intercultural para la autogestión y la acción comunal (2005).
(6) “Dentro de estas repúblicas apenas existía un verdadero movimiento político que reclamase la independencia, como demuestra el referéndum que se celebró en marzo de 1991 en nueve repúblicas sobre el sostenimiento de la URSS, en todas ellas más del 90% votó de forma afirmativa”. El movimiento islamista HT en Asia Centra: un desafío a la seguridad y la estabilidad, Antonio Alonso Marcos. UCM (2007).
(7) Islamisme et pauvreté dans le monde rural de l’Asie centrale post-soviétique.Vers un espace de solidarité islamique?, Habiba Fathi. Institut de recherche des Nations Unies por le développement social (2004).

“Grupos radicales en Oriente Medio. Estrategia, capacidades y alianzas”, Javier Jordán. Capítulo del documento Inmigración y seguridad en el Mediterráneo: el caso español, del Instituto Español de Estudios Estratégicos y CIDOB (2008).

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