El día 10 de marzo, el semanario Ezhenedelny Zhurnal publicaba un texto de Serguéi Kovalev, en el que el veterano defensor de derechos humanos reflexiona sobre el hecho de que Oleg Orlov, cabeza visible de la organización Memorial, esté sometido a dos procesos judiciales, acusado de calumnias al presidente de Chechenia, Ramzán Kadírov. Recordemos que, tras el asesinato de Natalia Estemírova, Orlov acusó a Kadírov de estar, de una u otra forma, detrás del mismo. Mientras, la justicia hace oídos sordos a las permanentes amenazas de asesinato que, el propio Kadírov, hace ¡en televisión! a quienes él considera sus enemigos, sea porque tuvieron “relación” con el asesinato de su padre, sea porque se han sumado a la insurgencia (las amenazas se extienden a las familias de los “culpables”), sea … por lo que sea decida el dueño de Chechenia.

En estos días que el mundo se ha dado cuenta de que Libia estaba gobernada por un tirano (desde hacía cuarenta años), resulta difícil no pensar en cuántos “Orlov” habrán sido humillados en esas cuatro décadas de forma similar. Nunca rendiremos homenaje suficiente a quienes, durante años, se están dejando la salud (cuando no la vida) en una tozuda lucha por mantener la dignidad propia y la de sus conciudadanos. También será difícil insistir lo suficiente en que hoy, en la Federación Rusa, es habitual que el acusador sea quien debiera
sentarse en el banquillo. Es probable que, dentro de algún tiempo, veamos en los noticiarios de medio mundo a líderes internacionales indignados denunciando que en Chechenia se han cometido tropelías insultantes, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, etc. Produce casi rubor recordar que todos esos líderes políticos saben hoy, a la perfección, lo que está ocurriendo en el Cáucaso Norte… pero “no ha llegado el momento”. Hoy es Libia. Dice el refrán que a cada cerdo le llega su San Martín; no obstante, cuarenta años se nos antoja demasiado.

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