Jesús Cruz Álvarez :::: La armonía reinante en las relaciones políticas y económicas entre Rusia y buena parte de la comunidad internacional es un hecho incontestable que ha sido ratificado en meses precedentes a raíz de acuerdos comerciales, declaraciones complacientes y un clima distendido con Estados Unidos. La política exterior parece haberse constituido como el principal flanco de apoyo del gobierno de Dimitri Medvédev y Vladimir Putin, y así se esfuerzan en demostrarlo en foros y cumbres internacionales. Sin embargo, los problemas de la cúpula dirigente rusa tienden a acumularse dentro de sus fronteras con una nueva tragedia heredada de las equívocas políticas de seguridad desarrolladas en años pretéritos en una región tan volátil como el Cáucaso.

La actualidad mediática de estos dos meses ha girado de forma casi exclusiva en torno a los terribles sucesos acontecidos en el aeropuerto moscovita de Domodédovo el pasado 24 de enero, en el que murieron unas 35 personas (1) tras la explosión provocada por un terrorista suicida (2). Desde los primeros instantes, se relacionó el ataque con la guerrilla islámica chechena (3), algo que posteriormente se vería confirmado con la reivindicación de Dokku Umárov (4), líder del “Emirato árabe del Cáucaso”, del atentado (5). Las autoridades rusas, con su presidente a la cabeza (6), criticaron duramente a los servicios de seguridad del aeropuerto y reconocieron la vulnerabilidad (7) del país ante ataques que únicamente pretenden desestabilizar al gobierno y sembrar el terror entre la población rusa (8).

Sin embargo, la trascendencia del atentado va más allá del dolor por las víctimas y el colapso del aeropuerto más transitado del país. La violencia endémica del Cáucaso convierte a la zona en un polvorín que extiende el terror hacia la propia capital rusa de forma periódica (9) en un momento de recrudecimiento de los ataques étnicos en todo el país (10,11). Se ha establecido un círculo vicioso (12) relacionado con los viejos problemas (13) que ahondan sus raíces en las sucesivas guerras de Chechenia y cuya principal víctima es la propia democratización y modernización de un país enzarzado en una lucha infinita contra sí mismo (14). La respuesta inmediata al atentado de Domodédovo se presume en la intensificación de la marginación de los ciudadanos del Cáucaso (15), un hecho que sólo ayuda al brote constante de odios y prejuicios entre pueblos.
Medvédev y Putin escenificaron una pequeña disputa con motivo de la investigación del atentado (16), que muestra su más que posible enfrentamiento en las próximas elecciones de 2012. Por otro lado, el establecimiento de más instituciones represivas (17) no parece ser la respuesta más acertada (18) ante un problema más complejo que precisa la participación de la sociedad en su conjunto para su solución (19).

Más allá del trágico atentado, el resto de noticias referentes a la política interior rusa no son especialmente halagüeñas. Las detenciones de varias figuras de la oposición política en virtud de cargos poco sólidos (20,21), las bolsas de corrupción en el sistema (22), el surgimiento de mercados negros (23) a raíz de la incipiente inflación (24) que asuela el país, las apuestas ilegales de cargos gubernamentales importantes (25), o el interminable proceso contra el ex magnate del petróleo Mijaíl Jodorkovski (26, 27) al que incluso se le ha declarado la ciberguerra (28); ensombrecen cuanto menos la imagen de Rusia ante los maledicientes medios internacionales. Suerte que la democracia interna se ejerza a través de otras vías, como el animado debate en torno al posible enterramiento de Lenin (29)…

De hecho, no faltan las voces críticas contra Putin. Alexánder Lébedev, copropietario de Novaya Gazeta y The Independent y dueño del Evening Standard londinense (30), culpaba al primer ministro de intentar arrebatarle su imperio a través de espías y policías (31). Y es que los petrodólares rusos parecen vivir un particular idilio con los medios de comunicación europeos, tal y como demuestra Alexánder Pugachev con su rescate del diario francés ultraconservador France Soir (32). El ex presidente de la URSS, Mikhail Gorbachev, es más duro en sus reprobaciones y habla de la Rusia de Putin y Medvédev como una “imitación de la democracia” (33), algo que no se aleja en demasía de la realidad a tenor de la expulsión de Rusia del corresponsal de The Guardian (34) por su cobertura del escándalo Wikileaks y su posterior readmisión ante la presión internacional (35).
Putin, mientras tanto, parece que descansa de tanto estrés en su mansión valorada en 600 millones de libras (36) y ubicada en territorio amigo, Italia, país que además le cede parte del negocio de crudo libio (37). En una situación similar se encuentra el oligarca cercano al Kremlin Román Abramóvich, quien ha declarado sus bienes (38) por vez primera en medio de la envidia (y las suspicacias) de buena parte del mundo; sus 16 propiedades, siete coches de lujo, 22 cuentas bancarias, seis compañías y su estelar equipo de fútbol, el Chelsea, bien lo valen.

Y es que los negocios se hacen mejor entre amigos; pues cuando son extraños los interlocutores, los acuerdos resultan más complejos. El caso BP no es más que un ejemplo (39, 40). Suerte que las relaciones con la Unión Europea parecen inmejorables y, en virtud de ellas, se estabilicen los suministros energéticos al viejo continente (41). Sin embargo, ese amor no se traslada a la sociedad rusa, que se ha quedado este año sin día de San Valentín (concretamente la región de Belgorod) (42), y deberá encarar sin las flechas de cupido una primavera atípica sin cambio horario (43).
En la habitual crónica de Asia Central, debemos hacer referencia a la protesta ejercida por la ONG Human Rights Watch por la violación de los derechos humanos en Uzbekistán (44), país donde la democracia da muestras evidentes de inoperancia (45). Por otro lado, Tayikistán continúa informativamente visible gracias a su ubicación geoestratégica: comparte frontera tanto con Afganistán (46), con los problemas que ello acarrea, y con China, a la que ha cedido 1000 kilómetros cuadrados de su territorio (47). En Kazajstán, por su parte, el presidente Nursultán Nazarbáyev pretende perpetuarse en el trono hasta 2020 gracias a un referéndum (48), mientras que en Azerbaiyán un soldado ha matado a seis compañeros y posteriormente se ha suicidado (49).
En cuanto a Georgia, estrecha vínculos comerciales con el Cáucaso ruso a través de la construcción de un satélite de noticias (50), al mismo tiempo que se muestra especialmente “afable” con el Kremlin por motivos energéticos (51).

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