¿Cuál es el límite de lo tolerable para la ciudadanía rusa?, ¿y para los habitantes del Cáucaso Norte? La pregunta vuelve a ser actual a la luz de los acontecimientos en el norte de África. Regímenes de dudosa legitimidad basados en redes clientelares, corrupción generalizada, represión y ausencia de representación ciudadana en la vida política del país han mostrado su debilidad en las últimas semanas… y lo siguen haciendo.

Quizás convenga recordar la clásica afirmación de que no hay dos períodos históricos exactamente iguales, pero tampoco dos completamente diferentes. Quizás esta máxima sea aplicable a los regímenes autoritarios. Podríamos, qué duda cabe, establecer diferencias y semejanzas de peso entre los problemas estructurales que sufren países como Egipto y Rusia o áreas geográficas como el Magreb o el Cáucaso Norte. Quedémonos con una de las similitudes. En momentos de crisis política o de manifestaciones populares de descontento, la represión ha sido la respuesta recurrente. Es en esos momentos cuando los regímenes autoritarios suelen mostrar el miedo del autócrata a su pueblo. La mano dura como única salida. Pero este estado de cosas, aunque está claro que puede perdurar décadas… no es eterno. Cuando el hartazgo llega a la náusea y se traduce en movilización, el miedo a la represión deja de ser paralizante.
Lo que hemos aprendido en estos meses es que esto también ocurre en países cuyas economías están basadas en la venta de sus recursos naturales y cuyos regímenes, vistos como el mal menor, han sido apoyados internacionalmente.

Pero lo cierto es que, en estos meses, por la mente de más de un presidente, e incluso puede que algún primer ministro, habrá pasado el refrán de “cuando las barbas de tu vecino veas cortar… pon las tuyas a remojar”.

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