Magomed Toriev (Ekho Kavkaza) :::: Las autoridades políticas y religiosas de Ingushetia han expresado de nuevo la necesidad de proteger los valores tradicionales de la sociedad ante las ideas y la influencia que ejerce el «Emirato del Cáucaso». Pero los métodos de esta lucha son los de siempre: terror, amenazas y burocracia para conseguir un control estricto de la juventud.

El presidente de Ingushetia, Yunus-Bek Yekurov, ha reconocido oficialmente que el terrorista suicida que perpetró el atentado terrorista en el aeropuerto de Domodédovo, vivía en el pueblo de Ali-Yurt y se llamaba Magomed Yevloev. Y en una pequeña república del Cáucaso Norte como es Ingushetia, este acontecimiento puede ser el punto de partida de una nueva ronda de represiones y terror orquestados por los servicios secretos. Los agentes de seguridad ya han detenido un gran número de sospechosos de haber organizado el atentado, pero, según señalan los activistas de los derechos humanos, esto es sólo el comienzo de una gran operación que pretende «barrer» toda Ingushetia.

No es la primera vez que los cuerpos de seguridad campan a sus anchas por la república y empiezan a detener a civiles independientemente de si son inocentes o culpables. Pero lo que sí es importante es saber qué acciones emprenderán las autoridades locales para encontrar soluciones al terrorismo y luchar contra la insurgencia armada. El presidente Yevkúrov se reunió con los familiares de los combatientes y las autoridades religiosas y, tras reconocer abiertamente que los jóvenes no confían en las autoridades y escuchan sus advertencias, ordenó con severidad a los padres que vigilaran a sus hijos y avisaran a las autoridades ante la más mínima sospecha de que éstos pudieran simpatizar con las ideas de la yihad. Así pues, el control absoluto sobre los pensamientos y los sentimientos de los jóvenes aparece como la panacea en esta lucha contra los cazadores de mentes inmaduras.

Pero, desgraciadamente, estos métodos de control totalitario que implican al clan y a la sociedad en colaboración con el gobierno, probablemente no tendrán los resultados esperados. De hecho, cualquier familia numerosa en Ingushetia, por temor a represalias de las autoridades, repudiará al hijo combatiente para así proteger al resto de los hermanos.

Así ocurre, en muchos casos, en la vecina Chechenia. Pero para que esta situación se repita a gran escala en Ingushetia, es necesario implantar una atmósfera de terror sin límites, como la que ha creado Kadírov. Y en las circunstancias actuales, es poco probable que esto suceda. Las autoridades admiten que los familiares son reticentes a contactar con ellos y que, de hecho, intentan proteger a sus hijos. Al mismo tiempo, la mayoría de los padres reconocen que son incapaces de hacer volver a sus hijos salafitas al seno de la familia.

Ni siquiera durante la época soviética se consiguió imponer el control policial en el seno de la familia. La realidad es que los hijos, viendo la impotencia de sus padres ante la corrupción imperante y las condiciones inhumanas de vida en el Cáucaso Norte, sólo desean cambiar la situación aunque, para conseguirlo, deban arriesgar la vida.

No es extraño que los jóvenes quieran cambiar un mundo que perciben podrido hasta la médula. El único problema es que su entorno no les ofrece otra manera de hacerlo que no sea a través de la yihad. El poder, que defiende el orden establecido, no puede ser una fuente de autoridad moral. Y los padres que están dispuestos a hacer frente al enemigo, creyendo que el Islam totalitario de los yihadistas es un mal infinitamente mayor, son considerados por los hijos unos colaboracionistas. El conflicto entre padres e hijos, algo poco habitual en una sociedad tradicional como la ingush, ya hace tiempo que es una realidad en la república.

Por otro lado, aquellos que abrazan la yihad creen que Dios les exime de culpa por los problemas que su elección conllevará entre sus familiares y amigos. Jóvenes mujahidines consideran el sufrimiento que ocasionan a su familia como una prueba que Dios les envía, y no como el resultado de sus propios errores.

En estas circunstancias, tanto las autoridades políticas como religiosas se oponen a cualquier posibilidad de diálogo con aquellos que aún no han tomado las armas. Se puede hablar de muchos temas simpre y cuando no se traten los motivos por los cuales los jóvenes huyen al bosque, de porqué sienten ese odio tan intenso por el orden existente, qué les conduce hacia las formas más extremas de negación de este mundo.

De hecho, los jóvenes que leen los sermones de Buriat o escuchan las llamadas de Umárov no salen corriendo de inmediato al bosque para inmolarse. Este proceso, que empieza la primera vez que entran en la página web Kavkaz-Center y acaba cuando toman esta decisión irreversible, suele durar años. Durante todo este tiempo los neófitos procuran vivir en su entorno habitual, siguiendo los preceptos de una fe recién descubierta. Intentan conciliar la vida diaria con la ideología salafista, sin recurrir a la lucha armada. Pero las estructuras de poder consideran que ya ha cometido un delito, se ha acercado a la doctrina salafita y, como resultado, aquellos que buscan la verdad en términos religiosos pero que todavía no han cruzado ninguna frontera ilegal, son considerados ya guerrilleros y son perseguidos.
En tiempos del antiguo presidente de Ingushetia, Murad Ziázikov, algunos representantes religiosos oficiales, creyéndose casi inquisidores, llevaron la situación al límite. El sustituto de Ziázikov, el actual presidente Yekurov, se vio obligado a parar los pies a los exaltados «santos padres». Pero tampoco el nuevo gobierno fue más allá en las promesas de no perseguir a las personas que llevaran barba o hijab.

Muchos consideran que los militantes desafían todas las normas y preceptos de la fe, pero esto no se comenta en voz alta, porque se corre el riesgo que te identifiquen con las autoridades. E identificarse con ellas es un lujo demasiado grande para una persona normal y corriente, porque significa asumir todos sus pecados y la responsabilidad por la corrupción, los sobornos, la tiranía y la violencia. Por lo tanto, esta situación en la que resulta imposible discutir los fundamentos del Islam, satisface plenamente a los ideólogos de la resistencia armada. Se comportan del mismo modo que las autoridades oficiales: no desean el menor atisbo de diálogo; sólo conocen el lenguaje de la guerra.

La negativa de establecer un diálogo razonable con «los creyentes no tradicionales» sólo hace más profundo el abismo entre el gobierno y la población. Y de este modo, cuando hace falta discutir sobre este tema los musulmanes tradicionales consideran que tienen conocimientos religiosos y argumentos suficientes para refutar a sus adversarios. Y finalmente, la única manera de resolver el problema que tienen los muftís y las autoridades de la república, es, una vez más, el método estalinista de controlar incluso el aire que los hijos necesitan para respirar.

Este artículo fue originalmente publicado en ruso en Ekho Kavkaza, 13 de febrero de 2011.
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