Jesús Cruz Álvarez :::: Dentro de la comunidad internacional existe una cierta perplejidad en torno a la implacable maquinaria electoral del partido presidido por Vladimir Putin, Rusia Unida. Desde que fuese fundado en 2001 para el pertinente respaldo parlamentario del por aquel entonces presidente del país, han sido escasos (por no decir inexistentes) los reveses sufridos en las urnas, hecho propiciado por la nimia visibilidad de una oposición que batalla contra sí misma por su supervivencia ante la hegemonía irreductible de los aliados del régimen.

A lo largo del mes de octubre asistimos a una muestra más de esta preeminencia gubernamental, escenificada en las elecciones locales que tuvieron lugar en Siberia y en otras regiones del país, de las que dio buena cuenta el New York Times (1). La victoria de Rusia Unida parece, a ojos del observador exterior, un mero juego de niños a pesar de los tímidos intentos de oposición y las acusaciones de fraude que rodearon la elección de los miembros del Partido.

Probablemente, para evitar estas algaradas que empañan la “armonía” de la política rusa, Putin modificó en 2004 el procedimiento de elección de gobernadores, así como de los alcaldes de San Petersburgo y Moscú, antes llevado a cabo mediante sufragio universal y ahora designado directamente por el presidente. En virtud de esta disposición, Medvédev ha designado a dedo al nuevo alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, quien sustituye al excéntrico y veterano (18 años en el trono) Yuri Luzhkov (2). Tal y como se hizo eco buena parte de la prensa internacional (3), Sobianin era hasta ese momento viceprimer ministro y uno de los hombres fuertes del aparato gubernamental de Putin (4), entre cuyas cualidades cuenta con un carácter reservado e inescrutable, muy acorde con los particulares patrones de la nueva clase dirigente rusa (5).

Pero no sólo en Rusia hubo elecciones. En Letonia, el partido de la minoría rusa (6) avanzó de forma considerable en su representación parlamentaria, explotando el descontento suscitado por la crisis económica que asuela Europa (7); mientras tanto, los primeros comicios democráticos en Kirguizistán concentraban de forma inédita la atención internacional (8) con el triunfo de una coalición que no tendrá fácil mantener cierta estabilidad política y social en el país (9, 10, 11, 12).

En cuanto al resto de Asia Central, Tayikistán continúa inmerso en una difícil situación como vecino de la convulsa Afganistán (13, 14); Turkmenistán hace valer su posición como cuarto productor de gas del planeta, recibiendo la visita (interesada) del presidente ruso (15), al mismo tiempo que su homólogo kazajo estrecha lazos con la Unión Europea en su visita a Bruselas (16).

Mientras tanto, en el Cáucaso, la tragedia del asalto al Parlamento de Chechenia (17, 18, 19, 20), así como la alerta de bomba en un avión con destino a Grozni (21) se unió a la explosión de un suicida en una base policial de Daguestán (22) en el habitual capítulo de violencia endémica de la región. No obstante, se produjeron acuerdos de incontestable importancia entre Armenia y Azerbaiján (23, 24) e indicios de estabilidad en las fronteras georgianas, donde las tropas rusas se retiraron de los puntos de control (25), algo que contrastaba con la peligrosa reforma constitucional en Georgia que confería aún más poderes a la figura de su presidente (26), así como la decisión de abolir los requisitos de visado a los ciudadanos del Cáucaso Norte (27).

Regresando a la actualidad de Rusia, uno de los pilares que han configurado la cobertura informativa de este periodo está relacionado con su compleja relación con la OTAN, a cuya cumbre (28, 29) se comprometió a acudir dejando la puerta abierta a futuras cooperaciones en torno al escudo antimisiles que se instalará en Europa. Precisamente, su perceptible acercamiento al viejo continente, con cuyos líderes más representativos, Angela Merkel y Nicolás Sarkozy, ha exhibido Medvédev su gran afinidad (30), ha levantado suspicacias en Estados Unidos (31). Quizás por ello, el gobernador de California Arnold Schwarzenegger nos haya dejado uno de las imágenes más “entrañables” del mes, posando junto a un afable Dimitri Medvédev en la visita del primero a tierras rusas (32, 33).

Pero Rusia parece jugar siempre a ese difícil juego de luces y sombras que la colocan como villano o aliado según las circunstancias. En este particular apartado de hechos “negativos” de cara a la opinión pública internacional, debemos destacar el bloqueo policial a distintas protestas de movimientos gay (34), la trágica situación de inmigrantes de la Federación Rusa en las grandes ciudades (35), la violencia latente de la juventud rusa (36), el interminable juicio al ex magnate del petróleo Jodorkovski (37), el anuncio de la construcción de una planta nuclear en Venezuela (38, 39), la extendida corrupción del sistema (40) o el escaso margen de acción ofrecido a la oposición política (41). Alexander Lébedev, copropietario del semanario Novaya Gazeta, lo resumía todo en su conjunto con el titular “Moscú está vandalizada” (42).

Y, si esto fue, a grandes trazos, lo que dio la actualidad informativa del antiguo espacio soviético en el pasado mes de octubre, los acontecimientos que tuvieron lugar un mes más tarde vienen a confirmar las dinámicas ya apuntadas anteriormente; Rusia como un actor político de difícil ubicación en el panorama internacional, que emite señales contradictorias a través de sus actos.

En esta ocasión tenemos que hablar de actos “positivos” relacionados con una incipiente afinidad respecto a una organización históricamente “enemiga” como es la OTAN. Tal y como ha tratado buena parte de la prensa internacional el asunto, Rusia ha exhibido una clara actitud de entendimiento con la Alianza Atlántica (43) a raíz de su asistencia a la cumbre celebrada a mediados de mes en Lisboa (44), lo que hace augurar un nuevo clima de distensión internacional (45), a pesar de los recelos suscitados aún en torno al escudo antimisiles (46).

El paulatino acercamiento de Rusia a la OTAN cobra aún mayor significado si se pone en relación con otras muestras de apertura que se han desarrollado a lo largo del mes. Entre ellas, podemos destacar la firme disposición de EEUU y Rusia a acordar un tratado antinuclear (47), así como a cooperar en otro tipo de materias político-económicas (48) en virtud del mantenimiento de una relación frágil aunque armoniosa (49). Respecto a la Unión Europea, Vladimir Putin expresó en un periódico alemán su deseo de promover la integración económica entre ambos actores (50), un hecho que desbloquearía las trabas para su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (51). La afabilidad demostrada por Rusia en política exterior en noviembre le ha llevado a emprender un acercamiento progresivo a Ucrania (52), ahora bajo el gobierno de Yanukovich, con quien el Kremlin ha demostrado entenderse mejor que con su antecesor (53).

Sin embargo, no todo iban a ser relaciones amistosas. El conflicto de las islas Kuriles abrió una crisis política entre Japón y Rusia (54) de la que dio buena cuenta, vía Twitter, el propio presidente Dimitri Medvédev (55), muy proclive a las nuevas tecnologías y fanático de esta plataforma comunicativa de textos cortos (56). Incluso su último discurso a la nación (57) fue retransmitido parcialmente en Twitter, para regocijo de la comunidad internauta. Algo parecido le sucede a Putin, quien utiliza las infinitas bondades de la red para buscar ayuda en la ardua tarea de poner nombre a su nuevo perro (58). Es una lástima que el primer ministro ruso se muestre más intransigente cuando se trata de impedir que Rusia acuda a la gala de entrega del Premio Nobel de la Paz concedido al activista chino Liu Xiaobo, al igual que otros cinco países; China, Irak, Cuba, Marruecos y Kazajstán (59).

Y es que Rusia se encuentra con su particular talón de Aquiles cuando hablamos de libertad de expresión. Varios medios de comunicación internacionales cubren (60, 61, 62) los trágicos acontecimientos que llevaron al reportero político del periódico Kommersant, Oleg Kashin, a un estado de coma sostenido durante una semana (63). La paliza recibida por parte de dos atacantes desconocidos se une a la larga lista de agresiones a periodistas en Rusia, que registra, desde el año 2000, una cifra de 19 profesionales de la información asesinados (64). Con estos datos alarmantes en la mano, la (mala) conciencia de Dimitri Medvédev parece haberlo inspirado al vetar una nueva ley de restricciones a las protestas en la calle (65).

En cuanto a la actualidad informativa del resto del antiguo espacio soviético, debemos hacer referencia a la supuesta victoria del gobierno de Tayikistán frente a la insurgencia en el valle de Rasht (66). Al parecer, el gobierno tayiko está intentando, en otro orden de cosas, que los estudiantes alejados de sus fronteras regresen a casa (67). Georgia, por su parte, introducía en los planes de estudio de sus jóvenes una asignatura denominada ‘Defensa Civil’ (68), mientras que Uzbekistán recibía la denuncia de un comisario europeo de derechos humanos alemán por su supuesta explotación infantil (69). Por último, es curioso hacer notar el apasionante proceso electoral azerí en el que concurrieron 688 candidatos para un escaño en el Parlamento, con la consecuente confusión para los votantes. (70).

A finales del mes de noviembre, un vendaval mediático sin precedentes, auspiciado por el portal digital Wikileaks, desató la caja de los truenos en la esfera internacional con la filtración de cientos de miles de documentos secretos de la diplomacia estadounidense. Entre ellos, no faltaban las referencias a Rusia. Una de las más “suculentas”, informativamente hablando, desvelaba el plan urdido por la OTAN para la defensa de los países Bálticos (71) y desarrollado subrepticiamente ante el desconocimiento de Rusia. De este modo, es consecuente el enfado expresado por su presidente, Dimitri Medvédev (72), así como por Vladimir Putin (73), y el enrarecimiento de las relaciones entabladas recientemente con la organización atlántica (74) y con Estados Unidos (75).

No obstante, la crisis desencadenada por la filtración de los cables de Wikileaks no fue óbice para la firma del tan ansiado pacto nuclear con Estados Unidos (76, 77), la visita de Medvédev a Polonia (78), país implicado en la estrategia defensiva de la OTAN, o el acuerdo definitivo con la Unión Europea para su ingreso en la OMC (79).

Más allá de escándalos en el seno de la política internacional, el verdadero protagonista del mes ha sido Vladimir Putin. Lo hemos podido ver ejerciendo sus dotes de pianista y cantante melódico en una gala benéfica en San Petersburgo (80); erigiéndose como paladín del medio ambiente al criticar la energía eólica como algo perjudicial para las aves (81); caricaturizado como Batman (Medvédev es, naturalmente, Robin) por un cable filtrado por Wikileaks (82); siendo objeto de admiración de su gran amigo Silvio Berlusconi (83), con el que además firma acuerdos energéticos (84); o imponiéndose como el político implacable que siempre fue al mandar a la cárcel a Jordorkovki hasta el año 2017 (85, 86).

Y es que la importancia de Putin en Rusia es de tal entidad que ningún conflicto interno escapa a su crítica. El movimiento ultranacionalista desatado en las grandes capitales y que se ha cobrado un buen número de víctimas de minorías étnicas (87), no ha sido una excepción. Putin aseguraba en televisión que hechos como éste muestran la necesidad de un gobierno fuerte (88), al mismo tiempo que Medvédev advertía de la inestabilidad que sembraba en el seno del Estado (89) y convocaba un Consejo de Estado para tratar el asunto (90). Más de un millar de ultranacionalistas fueron arrestados (91).

En otro orden de cosas, buena parte de la actualidad informativa de Eurasia estuvo dominada por las elecciones presidenciales en Bielorrusia, país blindado al exterior que, a raíz de un nuevo fraude organizado para mantener en el poder al sempiterno Lukashenko (92, 93), estalló en una ola de protestas (94) y mostró al mundo la difícil situación de los disidentes al régimen (95).

Suerte que, para contrarrestar, Rusia fue elegida para albergar el Mundial de fútbol de 2018 (96); noticia que coincidía con los enfrentamientos violentos en Moscú entre la policía y cientos de aficionados a la salida de un partido (97). Una muestra más que corrobora la percepción de que Rusia lucha contra sí misma para emerger como la sociedad democrática en la que pretende constituirse, al menos si atendemos al discurso del Kremlin. The Economist no tiene dudas; Medvédev y Putin gobiernan un sistema que no está preparado para evolucionar (98).

Han colaborado en la selección de la información:
 Raúl Rodríguez-Morcillo Román, Eloína Calvete García, Antonio Sánchez Marrón, Adrián Tarín, Marco Aracama González, Miguel Vázquez Liñán, Ana Sánchez Resalt, Isabel Caro Pérez.

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