Marta Ter :::: Aunque algunos medios insisten en definir la insurgencia en el Cáucaso Norte como «separatismo checheno», la realidad es que desde 2007 la mayoría de separatistas laicos chechenos que luchaban por Ichkeria, la Chechenia independiente, abandonaron las armas dejando paso a una insurgencia yihadista pancaucásica. Actualmente, los rebeldes actúan en varias repúblicas del Cáucaso Norte con el objetivo declarado de establecer el Emirato del Cáucaso, un estado independiente basado en la sharia.

El Emirato del Cáucaso englobaría a diferentes grupos étnicos del Cáucaso septentrional (chechenos, ingusetios, daguestanos, karachais y también algunos azeríes y rusos convertidos al Islam). La retórica de los militantes se basa en la igualdad y la hermandad de todas las naciones musulmanas, que deben hacer frente común ante los infieles.

Así, bajo el paraguas del Emirato, encontramos diversos grupos armados repartidos por todo el Cáucaso Norte. Exceptuando la rama chechena, todos se subordinan al emir Doku Umárov. De entre dichos grupos destacarían las jamaats “Sharía” de Daguestán e Ingushetia, la “Yarmuk” de Kabardino-Balkaria, la “Karachai” de Karachay-Circasia y la “Estepa Nogai” de la región de Stavropol.

La violencia de estos grupos armados islamistas puede dividirse en dos categorías: por un lado, nos encontramos con las acciones violentas cometidas en el Cáucaso Norte contra las autoridades locales y contra las fuerzas de seguridad federales y locales, tanto con el objetivo de eliminar personas concretas como para robar armas para operaciones futuras. Los actos de violencia causados por las diversas jamaats son prácticamente diarios en todas las repúblicas del Cáucaso Norte, siendo Daguestán, Ingushetia, Chechenia y Kabardino-Balkaria las zonas más conflictivas.

Por otro lado, nos encontramos con actos terroristas cometidos, en el corazón de Rusia, contra civiles. Dentro de esta categoría podríamos incluir el trágico atentado del Nevsky Express ocurrido en noviembre de 2009 y los atentados suicidas en el metro de Moscú de marzo de 2010, y, según apuntan las investigaciones, también el atentado en el aeropuerto de Domodedovo de Moscú del pasado mes de enero.

Una de las preguntas que se antojan esenciales sería por qué el discurso yihadista de los insurgentes atrae a hombres jóvenes del Cáucaso norte hasta el punto de abandonar la vida civil y huir al bosque para luchar contra el régimen establecido, llegando a cometer actos terroristas de tal magnitud. Según Oleg Orlov, presidente de la ONG Memorial, la religión tiene poco que ver con la decisión de luchar contra el gobierno: «(los insurgentes) son gente sin una ideología concreta, que ha sido torturada, que ha padecido la muerte de seres cercanos y que quiere venganza»(1). Otros destacados activistas rusos como Aleksander Cherkassov (Memorial), Tania Lokshina (Human Rights Watch) o Liudmila Alekseyevna (Moscow Helsinki Group) afirman que el principal motivo por el que los jóvenes abandonan la vida civil y pasan a la clandestinidad suele ser consecuencia directa de haber sufrido en primera persona la violencia de los cuerpos de seguridad del Estado en el transcurso de las operaciones antiterroristas que llevan a cabo.

Las detenciones ilegales, torturas, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas a las que se ve sometida la población en el Cáucaso septentrional son los principales instrumentos de lucha contra la resistencia armada que, por otro lado, garantizan el nivel necesario de nuevos reclutamientos en las filas de los islamistas.

Asimismo, los analistas también apuntan como factores sociales determinantes de desestabilización la falta de expectativas de futuro de los jóvenes (según la FAO un 80% de la población del Cáucaso Norte vive bajo el umbral de la pobreza y las tasas de paro en todas las repúblicas superan el 50%), la corrupción rampante y, finalmente, la impunidad de los poderosos, que evita que se castiguen las vulneraciones de los derechos humanos más fundamentales de la población civil.

Frente a este panorama desolador, los jóvenes que huyen al bosque no tienen ni esperanza ni futuro, pero sí ansias de venganza por las injusticias cometidas contra ellos o contra sus familiares, que saben que no serán castigadas por la ley. Son jóvenes sin nada que perder y a quienes es fácil convencer con propuestas utópicas sobre un futuro estado musulmán donde prevalezca la justicia social.

Conexiones entre el Emirato del Cáucaso y el terrorismo islamista internacional

Comparada con los años noventa, la influencia internacional del mundo musulmán en el Cáucaso septentrional parece haber menguado considerablemente. Después de la introducción de regulaciones estrictas que prohibían el wahhabismo, la presencia de organizaciones musulmanas y de predicadores salafistas, numerosos en la década de los noventa, ha descendido de forma evidente.
Aleksei Malashenko, especialista en Islam y Cáucaso Norte del Centro Carnegie de Moscú, afirma que en la actualidad «el impacto desde el extranjero es muy débil… el origen de los problemas procede de la situación de la región, no de fuera. Y cuando leo algo sobre la enorme cantidad de árabes que entran en Daguestán me indigno, porque no es así» (2).

Las relaciones entre grupos terroristas internacionales y el Emirato del Cáucaso son más ideológicas que materiales. Los ideólogos del Emirato, a menudo afincados en Turquía y Oriente Medio, extienden su ideario a través de páginas web como Kavkaz Center o Hunafa, y simpatizan abiertamente con grupos suníes radicales y con las noticias de otras zonas del mundo, donde también se lleva a cabo la yihad (como Afganistán, Pakistán e Irak), que aparecen en estas webs.

El apoyo material (dinero y armas) que recibe el Cáucaso de las redes islámicas internacionales no es significativo. Los principales flujos de dinero de estas redes se destinan a sufragar conflictos bélicos como los de Irak, Afganistán y Pakistán.
El presidente de Chechenia, Ramzán Kadírov, parece compartir este hecho: «el mundo musulmán en el extranjero no les subvenciona; hay algunas personas que por su cuenta envían cinco o diez mil dólares, pero esto no es dinero»(3).
El Cáucaso Norte parece ser una causa periférica de la yihad global y, en consecuencia, los insurgentes norcaucásicos deben buscar financiación por otras vías.

La principal fuente de ingresos de la guerrilla es el impuesto revolucionario que los islamistas obligan a pagar a los musulmanes más o menos acaudalados de la región y a los funcionarios (desde policías de alto nivel hasta ministros de los gobiernos regionales) que pagan por su seguridad. El mismo presidente de Ingushetia confirmó este hecho el pasado mes de junio, al declarar que la insurgencia básicamente se financia gracias «al dinero que pagan algunos oficiales de la región como ‘tributo’»(4). En menor medida, el Emirato del Cáucaso también se financia con donaciones voluntarias de simpatizantes (una parte procede del extranjero, sobre todo de Turquía) y con dinero de redes terroristas islamistas. Es cierto, no obstante, que en las filas de los combatientes caucásicos hay voluntarios de países musulmanes (mayoritariamente de Turquía y países árabes), aunque se calcula que su número no supera los cien combatientes en todo el Cáucaso norte (5).

Otro aspecto que distancia al Emirato de Al-qaeda es que, para el primero, el principal enemigo a batir es Rusia y no los Estados Unidos u Occidente. Sólo en una ocasión el Emirato del Cáucaso declaró explícitamente que sus enemigos, además de Rusia, también eran Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel, pero esta amenaza duró exactamente dos días. El mismo Doku Umárov se retractó de esta declaración, la borró del documento en donde aparecía (en la proclamación del Emirato) y unos días después Anzor Astemírov, uno de los ideólogos del Emirato del Cáucaso, afirmó que las amenazas del Emirato hacia Occidente eran vacías y llegó a pedir ayuda a Estados Unidos en su lucha contra «el agresor ruso», poniendo de relieve que los intereses de Estados Unidos y del Emirato del Cáucaso eran “los mismos” ante el adversario común (6).
De hecho, el Emirato del Cáucaso no está catalogado como una organización terrorista por el Gobierno norteamericano, y no fue hasta junio de 2010, un día antes de la cumbre entre Obama y Medvédev, que Doku Umárov fue declarado terrorista por parte del Departamento de Estado de Estados Unidos. Después de este gesto, la página web de la jamaat Sharia del Daguestán se hacía eco de la noticia lamentándose de que «ya es hora de darnos cuenta de que no hace falta buscar amigos ni en Estados Unidos ni en Europa» (7).

Por tanto, estos hechos reafirman que el Emirato del Cáucaso es un fenómeno complejo que, a pesar de sus vínculos con el terrorismo internacional, dista mucho de ser una «franquicia» más de Al-qaeda. De hecho, esta versión pasa por ser una teoría propagada por el Kremlin para eludir responsabilidades por su inoperancia en la región y generar un movimiento de solidaridad internacional contra el enemigo común.
Y hasta que Moscú no se decida a actuar con responsabilidad en el Cáucaso septentrional, aplicando medidas no solo de fuerza para combatir la insurgencia, ésta seguirá salpicando de sangre todo el país.

— NOTAS —

(1) http://paper.avui.cat/mon/detail.php?id=180175

(2) http://www.carnegieendowment.org/files/06016_briefing_alexey.pdf

(3) http://www.zavtra.ru/cgi/veil/data/zavtra/09/827/21.html

(4) http://newsru.com/russia/11jun2010/magas.html#2

(5) http://www.globaljihad.net/view_page.asp?id=1928

(6) http://www.jamestown.org/single/?no_cache=1&tx_ttnews%5Btt_news%5D=4596

(7) http://jamaathariat.com/ru/press/18-press/942-2010-06-25-07-35-18.html

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