Thomas de Waal (Open Democracy) :::: El sur del Cáucaso es uno de esos lugares donde a la gente le gusta decir que el “peso de la historia” es enorme. Yo discrepo cada vez más de esta afirmación. Es verdad, la historia se deja ver por todos lados en esta región, en particular en su invocación regular por parte de los políticos actuales. Por nombrar sólo un ejemplo: después de su investidura como presidente, en enero de 2004, Mijaíl Saakashvili decidió viajar a la tumba del hombre ampliamente considerado como el mejor rey de Georgia, David el Constructor, que reinó de 1089 a 1125.

Pero la idea de que la llamada de la historia determina y dirige a las gentes de esta región hacia un conflicto irresoluble, no debe tomarse de forma literal. A veces, la historia tan solo tiene el peso que uno le permita tener. Cuanto más investigas el pasado caucasiano, más se fractura en un mosaico de diferentes narrativas, y en muchas de ellas se da tanto la cooperación como el conflicto. Si partimos de una visión más escéptica, incluso postmoderna, de la historia de esta región, le estaremos haciendo un gran servicio.

He estado escribiendo sobre el Cáucaso durante siete años, pero cuando empecé en 2009 a documentarme para un libro corto sobre la región – que se convertiría en The Caucasus: An introduction (Oxford University Press, 2010)- , incluso yo me sorprendí de cómo algunos de los hechos históricos que aprendí desafiaban muchas de las narrativas políticas dominantes hoy día. Planteamos tres de ellas.

En primer lugar, en las guerras de Rusia de la década de 1820 contra los otomanos, armenios y azeríes lucharon hombro con hombro en el ejército zarista. En esa coyuntura histórica, la división entre chiíes y suníes invalida cualquier noción de una fraternidad turca. El mismo Alexander Pushkin fue testigo de las acciones del “regimiento Karabaj”, compuesto de caballería azerí, en Kars, y escribió un poema lleno de admiración dedicado a uno de sus oficiales, Farhad-Bek. Eso debería llevarnos a ser más cautos ante cualquier suposición inmediata sobre una eterna alianza entre azerbaijanos y turcos, que a menudo alimenta las actitudes políticas sobre el conflicto de Nagorno-Karabaj (y que el proceso de normalización armeno-turco, si bien es cierto que infructuoso hasta el momento, también ha afectado del algún modo).

En segundo lugar, la manera en que la relación abajasio-georgiana-rusa ha evolucionado desde la década de 1850 desafía la sabiduría convencional. En las décadas posteriores a que Georgia fuera anexionada por Rusia, en 1801, y cada vez más a lo largo del siglo XIX, las autoridades rusas se aseguraron de que los aristócratas georgianos se convirtieran en leales siervos del zar, permitiéndoles ascender en la carrera imperial, mientras mantenían su noble estatus. Al mismo tiempo, los rusos consideraban al abjasio como salvaje miembro de una tribu turca y como implacable enemigo.

En 1852, el general ruso Grigory Filipson se quejó de que sus soldados no podrían salir de su fortaleza del Mar Negro sin miedo de ser asesinados por los descontentos abjasios: “En una palabra, ocupamos Abjasia, pero no la dominamos”. En el último cuarto del siglo XIX, la deportación orquestada desde Rusia, que expulsó a los abjasos de su patria, facilitó la inmigración de los georgianos hacia Abjasia, redibujando el mapa demográfico y abonando el terreno para los conflictos del siglo XX. La historia plantea interrogantes sobre la durabilidad de la relación abjasia-rusa, y, también, de la hostilidad ruso-georgiana.

Una tercera sorpresa para mí fue entender que la primera declaración de independencia de Georgia en el siglo XX fue, en su orientación geopolítica, 180 grados diferente a la segunda. En mayo de 1918, a raíz de la revolución bolchevique en Rusia y cuando Georgia fue amenazada por una inminente invasión turca, el líder del gobierno de Tbilisi, Noe Zhordania, declaró con desgana la independencia de Georgia. Zhordania, cuyo partido menchevique (social-demócrata) tiene sus orígenes en la escisión de los Bolcheviques en 1903-1904, expresó su ambivalencia sobre la ruptura de los lazos con Rusia: “Nuestros antepasados decidieron volverse del este y regresar al oeste. Pero el camino hacia el oeste pasa por Rusia y, por consiguiente, ir hacia el oeste significa la unión con Rusia”.

La república independiente de Zhordania duró casi tres años, hasta la incorporación de Georgia a la Unión Soviética en 1921. En medio de la lenta desintegración de la URSS, siete décadas después, Georgia se embarcó en un segundo y más exitoso intento de independencia. Esta vez, Rusia fue considerada el enemigo colonialista, mientras que Turquía se convertía en un recién descubierto vecino amistoso. De nuevo, esto sugiere que si el esfuerzo de Georgia por la autosuficiencia puede ser visto como una constante histórica, la naturaleza de sus alianzas, no.

Encrucijada de intereses

“¿Por qué deberíamos preocuparnos?”, se podrían ustedes preguntar. “¿No son estos ejemplos meras anécdotas interesantes, pero irrelevantes cuando las comparamos con las apremiantes tensiones y problemas de la región?”. No lo creo, por dos razones.
En primer lugar, estos cambios históricos sugieren que no hay nada culturalmente determinado en los conflictos latentes en el Cáucaso. Esto indica que no tienen nada que ver con la “incompatibilidad étnica” o con “odios antiguos”, sino más bien surgen – y se pueden extinguir- de acuerdo con un cambio de interés o cálculo y, por otro lado, nos ayuda a reorientar nuestra atención sobre el período soviético y las dos décadas inmediatamente anteriores.

Las raíces de los conflictos del Cáucaso se encuentran aquí (o por lo menos, eso creo yo): no en el pasado lejano, sino en la manera en que el sistema soviético acumuló los problemas al silenciar los problemas políticos entre sus gentes con sobornos y la amenaza del uso de la fuerza, en lugar de arbitrar realmente entre ellos (hecho que podría haber conducido a una cultura de acuerdos puntuales y flexibilidad). Cuando el policía de Moscú abandonó su puesto, todos se quedaron con un sentimiento crónico de inseguridad, y algunos vieron ahí la oportunidad de agarrarse a las narraciones históricas que los intelectuales soviéticos caucasianos habían estado cultivando durante décadas. Esa clase de historias se convirtió en la munición para las enemistades de las elites regionales.

Pero esto no sucedió en todos los lugares; hubo excepciones en lugares potencialmente conflictivos, mostrando que la historia también puede ser una fuente que resiste a la cruda instrumentalización. El colapso soviético revivió conflictos que habían permanecido mucho tiempo congelados en Abjazia, Osetia del Sur y Nagorno-Karabaj, pero otro conflicto con sus raíces en la época pre-soviética, el de Abzharia, al sudoeste de Georgia, que una vez fue parte del imperio otomano y cuyos habitantes son en su mayoría musulmanes, no revivió. La principal razón, bajo mi punto de vista, es que la ausencia de Turquía y el islam como indicadores identitarios en cualquier disputa regional de la época soviética, significaría que esos indicadores no podrían actuar hoy como catalizadores del conflicto entre los habitantes de Adzharia y otros georgianos.

Esta apertura de la historia hacia sorprendentes direcciones se refleja también en el conflicto entre armenios y azeríes en el enclave de Nagorno-Karabaj. Este no es un choque primigenio o de civilización, sino más bien un choque entre dos naciones-estado emergentes, en el que cada uno ve este totémico territorio como el motivo para movilizarse y como elemento esencial de su nueva-vieja identidad.

No hay nada étnicamente incompatible entre armenios y azeríes. Tenían buenos índices de matrimonios mixtos en la época soviética, y hoy día comercian e interactúan con libertad en el territorio de Georgia y Rusia. Esto hace que llegue a la conclusión de que el reto en la disputa de Karabaj no es reconciliar a la gente común, sino reconciliar narrativas políticas. Se limita a la seguridad y al simbolismo: si se puede diseñar un asentamiento que satisfaga las necesidades de seguridad de cada bando y en el que se honre su orgulloso apego a Karabaj, la mayoría de la gente no tendría ningún problema en apoyarlo, y todos contribuirían, en gran medida, a la solución.

Las otras historias

Si la primera lección histórica es que los conflictos de la región no están predestinados, la segunda es que el Cáucaso no es tan sangriento como parece. Los vecinos del lugar luchan cuando tienen que luchar, pero también tienen otras formas sofisticadas de no luchar. Por supuesto, no estoy diciendo que el Cáucaso sea un lugar no-violento de pacifistas vegetarianos. No es Dinamarca. Aquí existe una fuerte cultura de violencia y armas, pero sería discutible decir que eso equivalga, con frecuencia, al asesinato.

Los conflictos del sur del Cáucaso en los 90, que fueron enormes tragedias, sirven como ejemplo en este punto. Su rasgo más llamativo fue el ingente número de desplazados-un total de casi 1.5 millones de personas en tres años- más que el número de asesinados (el número de bajas fue bastante menor que en la guerra de Bosnia, por ejemplo). Fue una catástrofe humanitaria grave. Pero también apunta al hecho de que en ambos lugares, Karabaj y Abjasia, soldados avanzados generalmente prefieren aterrorizar a los ciudadanos más que matarlos. Excepciones, tales como la masacre de Khojali en febrero de 1992 y otras atrocidades sucedidas en Abjasia, fueron cometidas, en general, por foráneos incontrolados, no por locales.

Por otro lado, del mismo modo que esa gente que no murió, hubo conflictos que no sucedieron. Al ejemplo de Adzharia se podría añadir el de la mixta región armenio-georgiana de Javakheti (que vio una breve guerra en 1918) y el caso de los Lezghins, que viven a ambos lados de la frontera entre Daguestán y Azerbaiyán, pero que han elegido no hacer campaña por la reunificación. Asimismo, georgianos y osetios asentados en el Sur de Osetia, se las han arreglados dos veces (después de las luchas en 1991-92 y en 2004) para continuar viviendo y haciendo negocios juntos a pesar del conflicto político, antes de que su relación fuera trágicamente interrumpida por la guerra de agosto de 2008.
Todo esto subraya una profunda historia de pragmatismo en el sur del Cáucaso, que está allí, justo debajo de la superficie, si uno se molesta en buscarla.

Las élites políticas caucasianas que encuentran en la explotación de las tensiones regionales un medio útil para la consolidación de su poder no tienen ningún interés en contar estas historias de coexistencia pragmática sin ningún glamour, pero los visitantes extranjeros y los políticos no tienen ninguna obligación. Pueden contar estas historias alternativas cuando viajan a la región y difundir el mensaje de que la historia puede ser tanto una ligera capa, como una pesada armadura.

 Este artículo fue originalmente publicado (en inglés) en Open Democracy (04/11/2010).
 http://www.opendemocracy.net/thomas-de-waal/lightness-of-history-in-caucasus
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