Ana Sánchez Resalt, Observatorio Eurasia ::: Entrevista a Jean Radvanyi, director del Centro Franco-Ruso de Estudios Culturales de Moscú.

La segunda planta del edificio del Instituto de Ciencias Sociales INION, al sur de Moscú, alberga una de esas pequeñas grandes bibliotecas que están diseminadas por toda la ciudad, una de esas en las que aún conservan la romántica manía de buscar los documentos en fichas amarillentas excelentemente ordenadas en más de 3000 cajones. Pero no es lo único que “esconde” INION: allí se encuentran también dos centros de estudios culturales, uno alemán y otro francés que, a menudo, organizan conferencias, visionado de películas o debates sobre diversos temas de la actualidad rusa, o de su pasado. En una de las muchas habitaciones de la primera planta se encuentra el Centro Franco Ruso de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades de Moscú, que dirige el francés Jean Radvanyi, profesor y experto en geopolítica del Cáucaso y Rusia con el que hablamos de historia, política y vida en el Cáucaso Norte y Rusia. La conversación fue larga e interesante, con alusiones a Georgia, Daguestán, e Ingusetia, pero nos centraremos, principalmente, en lo que se dijo sobre Chechenia.

La expulsión de chechenos, ingushes, karachais y balkares que ordenaron Beria y Stalin en 1944 es, para Radvanyi, uno de los elementos del pasado que aún influye en las relaciones presentes de los pueblos del Cáucaso, entre ellos y con el poder central, con Rusia. El problema es que “no han hecho nada realmente para reconocerlos o disculparse, solo algunos ha habido algunos movimientos más demagógicos que reales”. En el invierno de 1997, Jean fue uno de los observadores internacionales de la OSCE en las elecciones que se celebraron en Chechenia. “El gobierno ruso de aquella época se mostró cauteloso. Por un lado, no querían que organizaciones internacionales interfirieran en asuntos internos rusos; pero, por otro lado, ellos querían ir más allá y por eso se hacía necesario tener un poder checheno diferente”. Cuando Jean Radvanyi y el resto de los Observadores de la OSCE llegaron a Grozny, se encontraron con una ciudad casi totalmente destruida, como la “Dresde bombardeada en Alemania en 1945”, aunque también había pueblos que no habían sido muy afectados. El día de las elecciones hubo “mucha tención, pero fueron muy bien”. Tras la guerra, “se sentía como una especie de autonomía en Chechenia, así que ese día todos querían votar. Había largas filas de gente esperando para votar. Eran tantísimos que era imposible organizar las elecciones en un día, así que al final de la jornada había todavía gente esperando para ejercer el voto. Fue muy difícil. Pero creo que esas elecciones de 1997 fueron abiertas y bastante justas. Al menos eso es lo que nosotros observamos sobre el terreno. Hubo una competición real entre Masjádov y Basáyev y el resto de los candidatos, que eran 12 o 13. Masjádov fue elegido. Pero, por supuesto, después de eso, el periodo entre las dos guerras, fue muy, muy complicado para Chechenia, porque el pueblo checheno estaba dividido. Yeltsin prometió cosas que no cumplió y, por otro lado, los chechenos estaban también muy divididos. Masjádov se encontró con una oposición muy fuerte contra él de los jefes militares, etc. Y todos sabemos qué sucedió después de la segunda guerra…”.

En Chechenia, las reivindicaciones de la guerrilla al principio de la primera guerra eran meramente nacionalistas; buscaban la independencia. Sin embargo, a lo largo de los últimos 15 años esas peticiones nacionalistas se convirtieron gradualmente en religiosas. Ahora se podría hablar de una insurgencia radical pancaucasiana, cuyo principal objetivo es establecer el Emirato del Cáucaso. ¿Cómo se ha llegado a este punto?. “A principios de los años 90 había un fuerte movimiento por la autonomía en Chechenia, pero no estaba muy claro lo que querían: unos exigían la independencia, mientras que otros simplemente querían más autonomía. Creo que ahí llegó uno de los mayores errores de Yeltsin, porque para muchos expertos y especialistas en zona, en esa época, antes de la guerra, era posible negociar con los chechenos. Pero eligieron la guerra y cambiaron la situación totalmente. Durante la guerra, en 1996, hubo dos movimientos diferentes: había algunos que, como Masjádov, que no eran radicales, musulmanes sí, pero no radicales, que estaban preparados para negociar un compromiso con el gobierno de Yeltsin acerca del estatus de Chechenia. Ellos lucharon en la guerra por la independencia y con ellos y entonces sí era posible negociar algo. De hecho, hubo una reunión en Moscú. Por otro lado, estaban los jefes militares, muy jóvenes, muy activos, algunos de ellos eran islamistas reales, radicales, y estaba claro que ellos querían algo más. Querían algo que quizá en aquel tiempo no era muy común y que ahora escuchamos más, querían una especie de república islamista en el Norte del Cáucaso, quizá con alguna extensión hacia Azerbaiyán. Esta clase de gente era muy diferente y jugaron un papel muy importante en la primera guerra. Ellos ganaron la guerra. Ellos lucharon, así que también tenían la legitimidad de decir algo, de oponerse a Masjádov. Después hubo una segunda guerra, los rusos ganaron, y pusieron en el poder a la familia Kadyrov. El padre del actual presidente era un muftí, musulmán, pero no radical, era más cercano a la tradición chechena del islam, que no era el movimiento salafista, no lo que los rusos llaman “wahabita”. Los radicales no estaban de acuerdo con que Kadyrov llegase a un acuerdo con Moscú y se establecieron en la oposición, y la única oposición que vieron fue la de las armas. Son los que ahora decimos que están en las montañas, como los movimientos de los estados del Báltico que estuvieron activos entre 1944 y 1954. Por la activa política de Kadyrov contra ellos, sobre todo de Kadyrov hijo, muchos se vieron obligados a trasladarse a otras regiones, como Daguestán, Ingushetia, Kabaldino-Balkaria o la región del Volga, incluso. Esto significa que este asunto, que este grupo de gente muy activa, aunque probablemente en muy escaso número, era un gran problema. Están muy bien organizados. Estos grupos se han visto favorecidos por la corrupción y los malos gobiernos locales, y han atraído a la gente joven que no tiene otra alternativa, porque no hay trabajo, ni dinero, y viven una situación muy confusa”. Sobre el anuncio de Vladímir Putin del fin de la guerra en Chechenia, Radvanyi opina que fue una “decisión política. Creo que la guerra está realmente terminada, pero aún hay algo más”. Jean nos comenta que el régimen de Kadyrov es muy fuerte y que realmente ha comenzado a reconstruir Chechenia, por lo menos Grozny: muchos edificios nuevos, infraestructuras, escuelas, estadios, etc. con el dinero de Moscú. “Pero el problema político no se resolverá hasta que haya un debate más abierto con los movimientos islamistas. Hay muchos y diferentes problemas, pero hay una cosa que no es responsabilidad rusa, que es la situación en Oriente Medio, todo lo que pasa en Irak, Irán, alrededor de Israel… No puedes tomar una decisión positiva por todos estos movimientos islamistas. Es uno de los factores. Otros factores son puramente rusos: la corrupción, la forma en que toda esta región, el Norte del Cáucaso, está organizada y gobernada, porque está claro que el nivel de economía sumergida y corrupción es muy elevado, y al final resulta que no es tan diferente a cualquier otra parte de Rusia, solo que allí es más fuerte. El mismo problema, pero algo más evidente. Si ellos no luchan contra la corrupción en otras regiones, el problema en el Norte del Cáucaso seguirá estando allí, y será cada vez más fuerte y más problemático”. Así que, el Emirato del Cáucaso, para el profesor francés, sería “más un eslogan, no es el problema más peligroso. El peligro es el que no hagan nada contra la corrupción en el poder dentro de las regiones. Si no lo hacen, irá cada vez a peor. Y si no hacen nada, es también probable que los movimientos islamistas se vayan radicalizando cada vez más y será un gran peligro en el futuro”.

Y a pesar de la corrupción, para muchos expertos, el mayor problema de Chechenia continúa siendo Kadyrov. Para Radvanyi no es algo tan sencillo. “Él es un presidente activo y eficaz, pero tiene sus propios métodos, y esos métodos consisten en forzar a la gente a estar con él incluso cuando están contra él, y eso no es bueno. Los chechenos tienen sus propias reglas culturales y morales. Si los fuerza a hacer lo que no quieren, probablemente se verá forzado a pagarlo algún día. Es una situación muy tensa. La posición de Moscú también es complicada, porque está claro que le dejan hacer muchas cosas que no permitirían a otro, porque es Chechenia y no quieren que haya una nueva guerra. Le permiten transgredir la ley normal, normas federales con respecto a la escuela, a la educación, por ejemplo, todo plagado de retórica islamista, etc. Es un problema enorme para Moscú, porque no lo controlan completamente”. Para Radvanyi, el principal problema es la corrupción y cree que es posible erradicarla “si primero cambian las cosas en otras regiones de Rusia. En tiempos de la Unión Soviética hubo una gran campaña contra los líderes uzbekos, en la época de Brezhnev. Los uzbekos estaban muy cabreados porque tenían la impresión de que el gobierno de Brezhnev combatía la corrupción sólo en Uzbekistán. Así que si sólo luchas contra la corrupción en el Cáucaso, no es justo, porque no es un problema del Cáucaso, es un problema ruso y tienen que resolver el problema general en Rusia y luego será posible continuar en la región del Cáucaso”.

Antes de acabar la entrevista, repasamos la actualidad de Rusia en aquel momento: el ataque al periodista Oleg Kashin, los enfrentamientos entre nacionalistas y caucasianos, y la ley para reformar a la militsia y cambiarla por la policía. Sobre los fuertes enfrentamientos de diciembre entre nacionalistas y caucasianos, Radvanyi opina que se siguen produciendo y lo hacen cada vez con más virulencia porque “los oficiales del gobierno no han hecho nada para luchar contra esta tendencia, porque estos heridos, muertos, peleas interétnicas, llevan apareciendo mucho tiempo en medios como Novaya Gazeta, pero no han provocado ningún efecto, ninguna reacción hasta el momento. Incluso cuando ha habido algún juicio, sólo era por caso de “hooliganismo”, nunca tratando el tema de fondo, que son los enfrentamientos interétnicos y nacionalistas. Si no se lucha contra esto, el problema irá a mayores. En este punto, gran parte de la responsabilidad recae sobre los fiscales, el sistema judicial y político. No hacen nada porque es difícil. Es difícil admitir que existen estos problemas, es difícil luchar contra ellos, como ya sabemos por otros casos en Francia, o en el sur de España”.

Sobre el tema de los ataques y asesinatos de periodistas, abogados o defensores de los derechos humanos, considera que “es una de las consecuencias de la política rusa: tienen muchas fuerzas activas dentro de Rusia. Hay fuerzas relativamente abiertas, y otras muy conservadoras, que consideran que cualquier persona que piense diferente es un peligro. Y, probablemente, no se lucha contra esas fuerzas de verdad. Magnitski, Politkóvskaya… nunca han encontrado a ningún culpable, así que el problema sigue sin resolverse”.
¿Y la modernizatsia de Medvédev es posible en esta situación? “Claro que es posible. Primero porque lo necesitan, segundo, porque hay gente preparada, con el nivel de educación y pensamiento adecuado para hacer y organizar esto, pero no creo que sea posible si no hay antes algún cambio en el sistema político y judicial, si no hay una prensa más abierta”.

En diciembre de 2010 se aprobó una ley para la reforma de la militsia y su sustitución por una “nueva” policía, una institución pretendidamente más moderna, para combatir la corrupción dentro de esa anticuada organización heredada de tiempos del KGB. Radvanyi no confía en que esta ley cambie nada: “El otro día, en la NTV, vi un debate en el que uno de los contertulios decía que Rusia es un país donde lo más importante son las señales. Hasta el momento, no ha habido señales, señales reales contra este tipo de grupos dentro de la militsia, dentro de los gobiernos locales. Y eso creo que es un punto fundamental. No hay señales reales. Necesitan otro tipo de señales, no una ley, algo más activo, más evidente. Entonces quizá haya algún cambio”.

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