Según una de las últimas encuentas del Centro Levada, la mayoría de la población rusa tiene la impresión de que su país ha empeorado a todos los niveles. El atentado en el aeropuerto de Domodedovo no puede más que acrecentar este sentimiento.

El atentado de Domodedovo ha vuelto a producir, en los habitantes de la capital rusa, el escalofrío de la violencia gratuita y cercana. Otra vez. Pero la repetición mitiga el impacto de las imágenes ya conocidas y Rusia se va acostumbrando (aún más) a la violencia. Mal asunto. Las voces de los representantes políticos suenan cada vez más huecas. Cualquier político sensato propondría a gritos, al menos, campañas de difusión de una cultura de paz que redujese la violencia de los discursos públicos en el país. Muy al contrario, la clase política, con Medvédev a la cabeza, recurre al “argot de los bajos fondos” cada vez que ocurre un atentado… echando más leña a un fuego muy vivo ya. Rusia no merecería líderes tan mediocres.

Si nos dejamos llevar por los resultados de las últimas encuestas del Centro Levada y la Fundación “Opinión Pública”, llevadas a cabo en diciembre, Vladímir Putin sería el ganador de unas hipotéticas elecciones a celebrar hoy. Rusia Unida volvería a ganar por goleada y ningún partido de la oposición “real” al Kremlin entraría en el Parlamento. Nada nuevo bajo el sol. Por otra parte, la sensación de los ciudadanos es que el país ha empeorado, a lo largo del año en prácticamente todos los rubros por los que se les pregunta (nivel de vida, educación, sanidad, etc.). La encuestas, realizadas en diciembre, poco después de los graves incidentes xenófobos ocurridos en ese mes, reflejan la percepción de que la relación entre las diferentes nacionalidades que conviven en Rusia, ha empeorado. A mismo tiempo, una mayoría de los ciudadanos vería con buenos ojos mayor control estatal sobre la vida política y social del país y sólo un 9% piensa que en Rusia se está consolidando la democracia.

Las encuestas dibujan una sociedad sin cambios radicales en sus opiniones de los últimos años, que sigue viendo al Estado como garante de la estabilidad y los servicios sociales básicos. Por otra parte, y a juzgar por la débil respuesta ciudadana que provoca la represión de la oposición, así como ante la escalada de los ataques xenófobos y la violación de los derechos humanos por parte de los órganos del seguridad del Estado, por mencionar algunos aspectos que no han mejorado en los “años de Medvédev”, preocupa pensar en una sociedad excesivamente tolerante con la violencia en la que se ha instalado.

2010 ha terminado. Medvédev ha superado el ecuador de su mandato y lo ha hecho “sin pena ni gloria”. El problema es que era de esperar que, en esta primera parte, el presidente de la modernización hubiese puesto un mayor empeño en acabar con la violencia y las violaciones de los derechos humanos en su país. Si hasta ahora el empeño a duras penas puede ser así denominado, cabe esperar que la situación, en este rubro, se congele o empeore a partir de ahora. En el horizonte, las elecciones de 2012 no ayudarán, seguro, a mitigar los excesos de los nacionalistas rusos, el control de los medios la comunicación y, desde luego, las limitaciones a las libertades de reunión y asociación. Mientras tanto, la discusión sigue centrada en quién se presentará a las elecciones: ¿Putin?, ¿Medvédev?, ¿los dos?, ¿uno de los dos? Mientras la prensa rusa y la internacional deshojan la margarita, quienes tienen proyectos alternativos para el país siguen gritando en el desierto.

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