Los documentos del Departamento de Estado estadounidense destapados por Wikileaks, además de mostrar la doble cara de la diplomacia estadounidense y de no dejar en muy buen lugar a Rusia, reabren con fuerza el debate sobre la libertad de expresión.

Tardará en disiparse la polvareda levantada por la masiva filtración de documentos a la organización Wikileaks, que pone al descubierto (parte) de las vergüenzas de la diplomacia mundial, y muy especialmente de la estadounidense. Y tardará en amainar el temporal, más allá de los casos concretos revelados (algunos de enorme interés), porque vuelve a poner sobre la mesa preguntas de enjundia, recurrentes y, más que probablemente, sin respuesta. Mucho se ha publicado, al hilo de las filtraciones, sobre el doble discurso de buena parte de los protagonistas de los cables de Wikileaks. Resulta saludable, convendremos, que los ciudadanos sepan, aunque sea a través de la correspondencia de un embajador norteamericano, que no siempre coincide el discurso público de sus gobernantes, con el privado (si es que es “privada” una conversación con el embajador de EEUU). Éste es, de hecho, otros de los temas sugeridos: el de la delgada línea roja que a veces separa lo “público” de lo “privado”. Y claro, Wikileaks ha vuelto a poner en la picota el asunto de los límites de la libertad de expresión. Por otra parte, y quizás no esté mal recordarlo, resultaría fácil exagerar el valor de dichos documentos. Resultan interesantes, algunos muy interesantes, pero no son el tipo de documentos, al menos no sólo son estos documentos, los que llevan al gobierno de Washington a tomar decisiones sobre los temas que aparecen en los cables. Suele haber muchos otros actores que intervienen en dicha toma de decisiones.

Dicho esto, Rusia, como país, no sale muy bien parada en la descripción desplegada por los papeles de Washington. Tildada de Estado mafioso, corrupto, con partidos que venden sus escaños en la Duma para proteger a criminales y un tándem gobernante comparado con el que formaban Batman y Robin, en el que Batman decide y Robin le hace los coros. Además, que Batman se vaya de fiesta con Berlusconi es también motivo de alarma para la primera potencia militar del mundo. Una potencia, dicho sea de paso, que recibió de sus embajadores peticiones de moderación a la hora de apoyar a Georgia antes, durante y después de la guerra de 2008 e informes sobre la guerra de Chechenia que subrayaban mucho más los asuntos relacionados con el dinero y la corrupción que con el “terrorismo internacional”.

Cambiando de asunto, pero volviendo a la libertad de expresión, los blogs rusos (que no los canales de televisión) se han puesto a trabajar en serio para comentar la intervención, en la entrega de los premios de televisión “Vladislav Lístev”, de Leonid Parfenov, antiguo periodista del canal de televisión NTV y autor de la popular serie de programas Namedni, un interesante y entretenido recorrido por la historia de la vida cotidiana de la Unión Soviética (desde los años cincuenta) y los primeros años de la Rusia postsoviética. En su breve intervención, en la gala celebrada el 25 de noviembre, un tembloroso Parfenov exponía, ante una audiencia compuesta por directivos y estrellas de la TV rusa, una dura crítica a la ausencia de periodismo y el exceso de servilismo “a la soviética” de los canales de televisión en Rusia. El discurso de Parfenov, que recordó, emocionado, al periodista Oleg Kashin, no fue el más crítico que se le puede a un periodista “de oposición” en Rusia, pero tiene un gran valor por el foro en el que se produjo y porque, en esta ocasión, viene de un periodista de éxito, cuyos programas se emitían en el Canal 1 de televisión y que, convertidos en libros recientemente, se han convertido en auténticos best-sellers. En la blogosfera rusa se ha dicho de todo. Desde las críticas a Parfenov por no haberse retirado “a tiempo” de la NTV a comentarios que ven en episodios como éste los inicios de un cambio importante… ¿Estamos ante una nueva Perestroika? Parece exagerado pero, parafraseando a Bob Dylan, la respuesta sigue blowin’ in the wind.

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