Francescomaria Evangelisti y Ana Sánchez Resalt, Observatorio Eurasia ::: En los últimos diez años, 18 periodistas han sido asesinados en Rusia. La impunidad es el escudo de sus verdugos; Oleg Kashin, su última víctima.

Si pensamos en la situación de los medios de comunicación en Rusia y en los países del antiguo espacio soviético en los últimos veinte años, a muchos quizá les venga a la cabeza el sorprendentemente alto número de periodistas muertos. Puede ser un tópico, como el de los obreros-niños chinos que han fabricado el teclado que usamos para escribir, pero un tópico negativo al fin y al cabo.

Si Oleg Kashin sobrevive a la paliza que le han dado (como parece que así será), el número de profesionales de la información asesinados (1) desde la caída de la Unión Soviética se quedaría en 331, dejando de este modo al periodista Evgeny Fedotov como la última víctima de esta vergonzosa lista, cuya responsabilidad se reparten a partes iguales gobierno nacional, gobiernos locales y criminalidad.
Si analizamos el listado de trabajadores de los medios asesinados en el espacio ex soviético desde la llegada al poder de Putin, podemos comprobar cómo las muertes verificadas se dan no solo en Moscú o en lugares relacionados con las guerras caucasianas, sino también en varias capitales de repúblicas presuntamente autónomas y en diversas regiones, desde Siberia hasta Samara. De todos modos, parece que tampoco es un delito tan grave acabar con la vida de un periodista, si tenemos en cuenta el escasísimo éxito con el que se han resuelto muchos procesos que se han celebrado en los últimos años.

Del listado se desprende también otra interesante información: en el antiguo espacio soviético no se eliminan solo periodistas incómodos (como, entre otros, Antonio Russo, Ana Politóvskaya o Yuri Shchekochikhin), sino cualquier profesional ligado a la complicada labor de “informar”: operadores cámara, fotógrafos, tipógrafos, webmásters y dueños de páginas web, jefes de gabinetes de prensa oficiales o editores.

Observando con detalle el listado de víctimas, nos percatamos de que esta extraña epidemia que golpea a quien informa o quiere informarse, es especialmente mortal en Chechenia o en Daguestán, y que no solo afecta a periodistas locales a los que definiríamos como “héroes de la libertad de información”, como Magomedzaghid Varisov, sino también a corresponsales extranjeros (Russo, al que mencionábamos unas líneas arriba), o a periodistas que trabajan en medios internacionales como Paul Klebnikov, de Forbes.

La reacción internacional a estos asesinatos (los que llegan a los medios extranjeros) es casi siempre de gran indignación. En los telediarios le dedican pequeños espacios durante un par de días; agencias de la UE o de la ONU que se ocupan de la democratización y fomento de la libertad de información, envían duras cartas en las que anuncian represalias; unos cuantos delegados quizá incluso lleguen a viajar al lugar del delito y, en casos muy reseñables, se organizarán manifestaciones o actos simbólicos en diversas ciudades europeas. Pero al final, a todos, a los medios extranjeros, a las organizaciones pro-derechos humanos, a los “defensores” de la ley y políticos extranjeros y rusos, a su propio presidente y a gran parte de la opinión pública (rusa e internacional), parece que les ataca un “alzheimer” localizado que les hace olvidarse de esos periodistas asesinados por los que se manifestaron y por los que tan fervorosamente clamaron justicia.

El caso de Oleg Kashin
Oleg Kashin ha estado a punto de ser la víctima número 18 (o la 332, según se mire) de la impunidad existente en Rusia y, sí, también, de la indiferencia de Occidente.
El pasado 6 de noviembre, Kashin, joven periodista del diario Kommersant, volvía a su casa por la noche. En la puerta lo esperaban dos desconocidos que, de un ramo de flores, sacaron una barra de hierro con la que lo golpearon brutalmente. La agresión quedó registrada por las cámaras de seguridad de la zona (las imágenes, a las que habían tenido acceso solo los investigadores, llegaron a Internet dos días después del ataque, no se sabe cómo…). Le fracturaron el cráneo, le rompieron las piernas y los dedos de las manos. Dada la gravedad de las heridas, los médicos decidieron inducirle un coma farmacológico del que despertó el viernes 12 de noviembre, según confirmó su esposa.

Las reacciones no se hicieron esperar. El presidente ruso, como en otros muchos casos como el de Natalia Estemírova, se toma como un “asunto personal” encontrar a los culpables del ataque, y encarga a los más altos órganos judiciales y policiales del país llevar a cabo la investigación. Dimitri Medvédev, con su nada creíble traje de defensor del periodista y su ya habitual y forzado tono de indignación en estos casos, declaraba al diario Rossiyskaya Gazeta: “Quien sea que participó en este crimen, será castigado. Independientemente de su puesto, de su posición en el sistema social, e independientemente de sus méritos en el pasado, si los tuviese”. Según el mandatario ruso, todavía hay quienes piensan que por la fuerza es “posible tapar la boca a cualquiera –periodista o político-“, y opina que es deber del Estado garantizar el trabajo y la seguridad de los periodistas. Sí, muy bien, ¿pero cómo piensa hacerlo? ¿Del mismo modo en que ha resuelto el caso de Estemírova, o el del abogado Sergéi Magnitsky? ¿Igual que lleva el caso de Politkóvskaya, Baburova, Safronov, Kotxetkov? Por su parte, el fiscal general, Yuri Chaika, aseguraba al mismo diario que se encargará la investigación del ataque a Kashin a los mejores especialistas, y que la oficinal del fiscal supervisará el trabajo: “Estoy convencido de que este crimen se resolverá” (Por cierto, que estos “mejores especialistas” son los mismos que se encargan de los casos de Gusinsky o Anna Politkóvskaya).

Tras la paliza a Kashin, todos los medios, gran parte de la población y numerosas personalidades públicas coincidían en que el ataque contra el periodista está relacionado con su actividad profesional, con los artículos y comentarios que publicaba en Kommersant o en su blog personal. Desde el periódico en el que trabaja apuntan varias posibles “razones” para el ataque. En primer lugar, el conflicto que mantenía con Andréi Turchak, gobernador del oblast de Pskovsk. Kashin, vía blog, había denunciado al político por su mala gestión y lo había definido como un “mierdoso”. Tras leer esto, Turchak publicó, también en su blog, que tenía “24 horas para pedir perdón”, pero no lo hizo. El segundo frente abierto estaría relacionado, según Kommersant, con el caso del bosque de Jimki. En los últimos meses, el periodista había publicado varios artículos y entrevistas con algunos jóvenes del movimiento antisistema que el verano pasado organizaron una marcha de protesta por las calles de Jimki que terminó con algunas ventanas rotas y varias pintadas. Dos jóvenes, Aleksei Gaskárov y Maksim Solopov, fueron detenidos. Oleg Kashin consiguió la primera entrevista con Solopov una vez liberado. Estas entrevistas molestaron mucho a “La Joven Guardia de «Rusia Unida»”, una organización que apoya al partido de Vladímir Putin. En su web, en una entrada del pasado 11 de agosto, calificaban a Kashin y a otros tantos periodistas de “saboteadores informativos”. Junto a la información, publicaban la foto de varios redactores, Oleg entre ellos, con la estampa de “Será castigado” (esta entrada ya no está disponible en su web. Han cambiado el nombre del artículo y han eliminado las fotografías). Los representantes de Turchak y “La Joven Guardia”, inmediatamente después de que se conociese la noticia de la paliza a Kashin, manifestaron no tener nada que ver con el ataque al periodista y le desearon su pronta recuperación.

Desgraciadamente, el caso de Kashin es bastante habitual y se parece sospechosamente a uno ocurrido hace más de dos años. A Mijail Béketov, director del periódico “La verdad de Jimki”, le dieron una paliza que lo dejó en silla de ruedas y sin poder hablar. Perdió una pierna y varios dedos de la mano. Desde 2007, este periodista había criticado duramente a la administración de la ciudad y la gestión de su alcalde, Vladímir Strelchenko. La semana pasada fue condenado a pagar 5000 rublos (unos 120 euros) por calumnias contra Strelchenko. Su abogado ha anunciado que recurrirán la sentencia y que llevarán el caso al Tribunal Europeo: “Hemos vuelto a ver que en Rusia no hay jueces heroicos que estén preparados para dar una sentencia justa, independientemente de las consecuencias para su carrera”. Aún no se ha detenido a nadie por el ataque a Béketov.

Kashin y Béketov han sobrevivido (ya veremos en qué condiciones queda Kashin), pero la gran mayoría no vive para denunciarlo, y los que sobreviven no tienen fuerzas para luchar durante años por una sentencia justa que, muy probablemente, nunca llegará. El viernes 12 de noviembre, Gazeta publicaba un artículo que titulaba con la palabra clave en prácticamente todos los casos de asesinatos o ataques a periodistas en Rusia: “Impunidad”: “¿Qué esperan los que encargaron la paliza de Oleg Kashin? La total impunidad. ¿Por qué? Porque sus predecesores quedaron impunes”. Gazeta recuerda dos ejemplos escandalosos de esta “total impunidad”. Habla del caso del periodista Maksim Maksimov, del semanario de San Petersburgo Gorod, que en 2004 fue asesinado, “presuntamente”, por encargo del teniente coronel Mijaíl Smirnov. Un testigo los vio entrar juntos, más otras tres personas, en una sauna en la que luego apareció muerto. Ígor Domnikov, de Nóvaya Gazeta, fue asesinado en 2000. A pesar de que su asesino confirmó que Sergéi Dorovskij, vicegobernador del obast de Lipetsk, le había encargado cometer el delito, quedó impune.

Y ahí está el problema: impunidad. El gobierno ruso, a pesar de esas 17 muertes confirmadas en los últimos diez años, no ha hecho nada por evitar que sea habitual amenazar o acabar con la vida de los periodistas, abogados o activistas pro-derechos humanos que se dedican a denunciar la corrupción en su país, o simplemente que muestran públicamente su disconformidad con la gestión de cualquier funcionario. Al final, todo se queda en palabras de apoyo, forzada indignación y buenas intenciones. “No quedará impune”. “Los culpables serán localizados y castigados”. “Hay que proteger a los profesionales de los medios”. Aún así, los periodistas siguen siendo maltratados por la policía y algunas personas mueren en extrañas circunstancias en las cárceles rusas, pero, ¿a quién le importa?. Muerto el perro, se acabó la rabia…

Desde estas líneas, apoyamos y suscribimos las palabras que en carta abierta han dirigido varios periodistas al presidente ruso:

“(…) los periodistas en Rusia son un objetivo fácil, efectivo y totalmente seguro. Pero el periodismo es el indicador del estado de la sociedad. Exigiendo la defensa del periodismo, no estamos hablando solo de nuestro gremio. Es necesario defender a nuestros lectores. El derecho del periodista a desempeñar con normalidad su oficio y no sentir miedo por su vida, es también un derecho de la sociedad a hablar y ser escuchada (…) Por eso es necesario que la investigación del caso de Oleg Kashin se lleve a cabo hasta el final. Los culpables deben ser identificados y castigados. Es necesario llevar hasta el final los casos de Politkóvskaya y Béketov (…) El periodista en Rusia debe de ser defendido de una vez por todas”.

— NOTAS —

(1) Esta lista incluye las muertes que se han confirmado están relacionadas con la actividad profesional del asesinado, pero también todos aquellos casos en los que las muertes de los profesionales de los medios se han producido de manera sospechosa. Por su parte, un informe del Comité de Protección del los Periodistas (CJP), habla de 17 periodistas asesinados desde 2000. En esta lista sí se enumeran (y confirman) los periodistas asesinados por motivos relacionados con su trabajo.

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