La libertad de prensa es un indicador del grado de democratización de un país. Medvédev habla de la “modernización” de Rusia, pero parace que no le importa mucho que en su país ser periodista hoy día sea una profesión de alto riesgo.

Medvédev escribió, hace ahora algo más de un año, un texto con pretensiones programáticas al que puso el desafortunado título de ¡Adelante, Rusia! En él, como es ya costumbre en el discurso del presidente ruso, hacía recuento de los problemas del país y apuntaba soluciones del tipo “hay que acabar con la corrupción, modernizar la economía, renovar las infraestructuras…” y un largo etcétera de generalidades que se han convertido en la marca de “la casa”, desde que a ella llegase el antiguo directivo de Gazprom. A Medvédev se le puede escuchar, incluso estar de acuerdo con él en muchas de sus afirmaciones. No obstante, a dos años del inicio de su mandato, lo que resulta ya más difícil es… creer que pueda (o quiera, sinceramente) aplicar lo que propone.

No hay motivos para pensar con base real que el país va a seguir el rumbo que, retóricamente, se proponía en ¡Adelante, Rusia! Desde su publicación, “modernización” ha sido la palabra de moda en la retórica del Kremlin, hasta el punto de que uno de los temas centrales entre los “kremlinólogos” resulta ser hasta qué punto la “modernización” que impulsa el presidente tendrá (o no) rostro humano.

Pero resulta que, en la Rusia modernizada del presidente que escucha a Deep Purple y tiene un videoblog, los casos de asesinatos y agresiones brutales contra periodistas, motivadas por ejercer su profesión, siguen siendo insultantemente frecuentes. Hasta hoy, seguimos sin saber quién ordenó el asesinato de Politkovskaya… y todos los demás. Ninguno de los casos de asesinatos a periodistas en los últimos años se ha investigado hasta el final. Los casos siguen abiertos o, peor aún, cerrados en falso.

Ahora ha sido la salvaje paliza a Oleg Kashin, del diario Kommersant. Medvédev se ha apresurado a afirmar que se llegará hasta el final en la investigación y que él personalmente se encargará de supervisar que así sea. Lo mismo dijo en el caso de Natalia Estemírova o del periodista Ígor Domnikov. Visto lo visto, no tenemos argumentos para pensar que esté diciendo la verdad.

Durante los últimos años, que incluyen especialmente los dos mandatos de Putin, se ha ido construyendo un peligroso ambiente de impunidad para quienes optaron por matar al mensajero. Así las cosas, resulta sorprendente que haya aún, en Rusia, periodistas con el valor de contar aquello por lo que mataron a sus compañeros.

Despierte, señor Medvédev, o se quedará sin nadie que le cuente la verdad.

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