Tania Loshkina, Human Rights Watch ::: En Chechenia existe apoyo oficial a los ataques contra mujeres cuando se considera que han desobedecido abiertamente las leyes islámicas al no llevar pañuelo en la cabeza o no ir lo suficientemente tapadas.

“Ni en los años 90, durante la República Chechena independiente, Ichkeria, las cosas no iban tan mal como ahora. Después de todo no llevaba pañuelo entonces y, aunque los defensores de la moral pública podían alguna vez hacer algún comentario, mantenían las manos quietas. Podías decirles: “¿Tú qué me vas a mandar? Tengo padre y hermanos, así que quién eres tú para darme órdenes?” No querían problemas, y se batían en retirada. Pero ahora no sabes dónde esconderte. Tienen el poder y están por todas partes”.

Esta chica guapa, vestida con una falda recta y una blusa pastel almidonada, gesticula impotente: “Es muy humillante, pero no tienes otra opción que cubrirte la cabeza con un pañuelo. Si, digamos, te pegan, cosa que puede ocurrir, entonces tus hermanos no dejarán el tema aquí. Tomarán represalias contra los agresores, hecho que les costará la vida. Te vistes de acuerdo con sus reglas no tanto por el miedo que te causan, sino para proteger a tu familia”.

En junio, a Madina y a su amiga les dispararon con una pistola de paintball. Al principio creyeron que era un arma auténtica. Iban caminando por la calle principal de Grozny, charlando y riendo. De pronto un coche sin matrícula se paró junto a ellas. La ventanilla estaba bajada y vieron la pistola. El mundo de repente se redujo al tamaño de su cañón, todo fue engullido por un agujero negro. Madina oyó los disparos y sintió un golpe seco en el pecho. Estaba segura de que se estaba muriendo, pero por alguna razón no perdía el conocimiento y la mancha que se estaba extendiendo por su blusa no era roja, sino azul. La falda de su amiga, que estaba paralizada por el miedo, tenía una gran mancha verde. Le pareció ver una cara regordeta sonriendo burlonamente dentro del coche. Sí, un hombre estaba riéndose y la señalaba. Vestía el uniforme de los kadírovtsi, los hombres del presidente checheno. Pensó que sus carcajadas le reventarían los tímpanos.
Madina empezó entonces a sentir dolor. Empezó con una sensación de quemazón intensa, que se transformó en dolor. Su amiga fue la primera en reaccionar. Cogió de la mano a Madina y la arrastró hasta la primera tienda que encontraron. La dependienta reaccionó con horror, chasqueando la lengua e intentando limpiar las manchas con servilletas húmedas. Les masajeó los moratones que empezaban a salir y les recomendó que aplicaran hielo sobre ellos al llegar a casa. Avisó a un taxi para que las recogiera. Fue cuando subían a él que las chicas vieron las huellas de pintura roja, verde y azul en la acera y en las paredes de algunos edificios. Se dieron cuenta de que no habían sido los únicos objetivos. En la calle había algunos folletos amarillos. Madina recogió uno y solo entonces entendió qué había ocurrido. Las letras negras danzaban ante sus ojos:

“¡Queridas hermanas!
Queremos recordaros que, de acuerdo con las reglas y costumbres del Islam, cada mujer chechena está OBLIGADA A CUBRIRSE LA CABEZA CON UN PAÑUELO.
¿No os molesta cuando oís piropos indecentes y os hacen proposiciones porque os habéis vestido de forma tan provocadora y no os habéis cubierto la cabeza? ¡¡¡PENSAD EN ELLO!!!
Hoy os hemos manchado de pintura, ¡¡¡pero esto sólo es una ADVERTENCIA!!! ¡¡¡NO NOS OBLIGUÉIS A RECURRIR A MÉTODOS MÁS PERSUASIVOS!!!

El día siguiente, Madina se cubrió la cabeza con un pañuelo. No vio otra solución. Sentía miedo en cada cruce y cada esquina: creía ver hombres vestidos de negro, los que hacen cumplir la moralidad y la ley. Durante dos semanas más estos hombres estuvieron conduciendo por la ciudad, patrullando las calles centrales. Las mujeres ya no salieron más con las cabezas descubiertas, especialmente porque el presidente Kadírov apoya claramente los intentos de inculcar la modestia femenina. Incluso dijo en TV que si encontraba a los hombres que habían disparado a las mujeres con ampollas de tinta, le daría las gracias.

A mediados del verano el apogeo de las agresiones parecía haber pasado. Aunque es cierto que corrían rumores sobre las mujeres solteras, que perderían sus trabajos y no se las dejaría terminar sus estudios universitarios, hasta entonces no habían despedido a ninguna, así que quizá se tratase solo de rumores… Las chicas de nuevo empezaron a salir por el centro de la ciudad en manga corta y con las cabezas al descubierto. No iban a la escuela, a la universidad o a la oficina sin el pañuelo, pero parecía que podían quitárselo al salir a la calle.
El Ramadán empezó a mediados de agosto y la principal avenida estaba llena de hombres. Esta vez no eran hombres de los servicios secretos, sino gente del Centro de Educación Espiritual y Moral afiliado al Congreso Islámico de Chechenia. Estaban repartiendo folletos a las mujeres que mostraban cómo deberían vestirse. También se describía cómo una mujer chechena debería comportarse. Las instrucciones rezaban: “¡Querida hermana del Islam! Hoy Chechenia quiere conservar la decencia y la moralidad. Tu vestimenta, querida hermana, debería ser una muestra de tu pureza y moralidad, y, sobre todo, de tu fe. Tus vestidos y tu moralidad preservan tu honor y el de tus padres y familiares.”
Los folletos también exhortaban a los hombres a velar por la vestimenta de sus esposas: “Lamentablemente, hay que reconocer que por las calles vemos un panorama terrible. Y no acusamos a las mujeres de ello, porque la principal culpa es de los hombres. Una mujer no perderá su cabeza si su marido no se lo permite. Hombres, necesitamos vuestra ayuda. De todo lo que vemos, lo peor es la manera en que algunas mujeres visten. Pero lo que aún es más desolador es pensar que los hombres permiten a sus hermanas, mujeres e hijas vestir de este modo y no consideran que esté mal.”

Los fanáticos de la moralidad iban en grupos. Rodearon a las mujeres que habían sido lo suficientemente valientes como para salir sin el pañuelo de la cabeza o con una falda que ellos consideraban demasiado corta. Las reprendieron a voz en grito, describiendo su comportamiento como indecente y exigiéndoles que tuvieran algo de vergüenza y “se vistieran” inmediatamente.
Yakhita no entendía muy bien qué pasaba. Había estado viviendo en Moscú mucho tiempo y sólo iba a casa en Grozny de vacaciones para ver a la familia. Por supuesto, se había dado cuenta de la prominencia de los pañuelos en la cabeza: las mujeres que presentaban las noticias en televisión, las maestras, el personal de distintas organizaciones, las estudiantes, incluso las niñas en el primer año de colegio, todas, de repente, se lo habían puesto. Sus amigos hablaban discretamente de cómo durante la guerra los hombres no habían protestado cuando las mujeres los rescataban, los protegían y trabajaban hasta que lo dejaban para alimentar a la familia. Pero ahora han recordado que son hombres y que “una mujer debe saber cuál es su lugar”. Yakhita asintió, pero sólo en la mitad de lo que estaba escuchando. No era su problema cuando todo está ya hecho y dicho. Pero resultó que sí que era su problema.
Estaba paseando por una avenida llevando en brazos a su bebé recién nacido y tirando de su hijo mayor de tres años. Hacía mucho calor, así que se puso una falda a la altura del tobillo y una camiseta de manga corta. Llevaba puesta una cinta en la cabeza – un pañuelo doblado sobre sí mismo varias veces-. ¿Y por qué no? De repente, cuatro hombres que vestían ropa islámica se acercaron a ella y empezaron a gritarle, señalándole sus brazos descubiertos y diciendo que se estaba comportando indecente y vergonzosamente. Yakhita se sorprendió tanto que casi no supo qué decir.
Pero entonces se calmó y empezó a gritar que estaba casada y que tenía dos hijos y que nunca en su vida había hecho nada vergonzoso, así que ellos no tenían el derecho de hacer tales comentarios. Repitió que tenía un marido y un hermano y que los llamaría inmediatamente para que viniesen y resolvieran las cosas. Viéndola que buscaba su móvil, los hombres se marcharon. Uno de ellos dijo: “No tienes que llamar a nadie. No armes un escándalo. Recibimos órdenes de arriba. Tenemos que hacer esto, ¿Lo entiendes?”. Yakhita entendió el mensaje y no quiso permanecer allí por más tiempo. Al día siguiente compró un billete de vuelta a Moscú.

A los fanáticos que visten ropas islámicas pronto se les unieron jóvenes agresivos. Algunos de ellos llegaron al punto de agarrar a las chicas por los brazos y tirarles del pelo. Los agentes del orden público asumieron con gran placer la tarea de enseñar moralidad a las mujeres. Fátima tiene 19 años. Su madre le rogó que no saliese sin pañuelo en la cabeza, especialmente por el centro de la ciudad. “¡No los provoques, por favor, no lo hagas! Podrían incluso matarte. Ayer una chica iba caminando por el distrito de Chernorechnye sin pañuelo. La metieron a empujones en un coche y se alejaron. ¡Nadie sabe dónde está ahora!”. Fátima se puso el pañuelo para no disgustar a su madre, pero cuando salió, lo metió en el bolso. Era humillante cubrirse la cabeza sólo porque le habían dicho que tenía que hacerlo. Era el inicio del mes del Ramadán. Llevaba el pelo suelto y un vestido largo, pero bastante ajustado. Era nuevo y Fátima lo había estado admirando esa misma mañana en el espejo.
En la esquina había dos coches de los hombres de Kadírov – jóvenes, con barba, uniformes negros y armados. Había como 7 u 8 de ellos. Gritaron a la chica, obviamente intentando entablar contacto. Ella hizo como si no los hubiese escuchado y empezó a caminar más rápido. Los chavales saltaron del coche y corrieron detrás de ella. La rodearon y comenzaron a decir obscenidades. Ella intentaba deshacerse de ellos gritando “¡Dejadme en paz!”. Entonces los jóvenes se calentaron más diciendo que si hubiese ido vestida decentemente y llevando pañuelo, nadie la molestaría; vestía de tal manera que atraía la atención de los hombres y era una tentación para ellos. Le dijeron que era una fulana y que debería estar en un estercolero. La agarraron de las manos y empezaron a arrastrarla hacia un cubo de la basura.
La chica estaba llorando e intentaba resistirse. Le estaban tirando del pelo. Había gente en la calle, pero nadie intervino. Sólo una mujer de unos 40 años no pudo resistirlo más. Corrió hacia Fátima, la agarró y gritó: “¿Qué estáis haciendo?¡Dejad que se marche!”. Los jóvenes intentaron quitársela de encima, pero no se iba y continuó gritándoles más fuerte. Al final, dejaron a Fátima irse y se marcharon. La chica todavía reza por su salvadora y sigue sin entender cómo no perdió el valor.

La mujer probablemente perdió la cabeza. Sus sentimientos de horror y pena fueron más fuertes que su instinto de supervivencia. Ella, de hecho, llevaba pañuelo porque piensa que es lo correcto. Lo lleva desde hace muchos años, pero ahora, a veces, quiere quitárselo: “Este tipo de comportamiento hace que incluso la mujer que quiere llevar pañuelo empiece a sentir que la está asfixiando”.

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