Miguel Vázquez Liñán, Observatorio Eurasia ::: La búsqueda y presentación de proyectos futuribles que entusiasmen a la población ha sido una constante en la historia de los gobiernos rusos. Hoy día, aún lo sigue siendo.

La modernización como ideología

Las autoridades rusas lo siguen intentando. Desde 1991, ha sido una constante en la política rusa la búsqueda de «algo en que creer», de un proyecto identitario que entusiasme, que una a la ciudadanía y le dé cierta confianza en su futuro como parte de un país en el que merezca la pena vivir.

No obstante, los diferentes intentos han tropezado, una y otra vez, con la tozuda realidad de la corrupción generalizada y la sensación (con un buen argumentario a su favor) de que los distintos gobiernos han convertido al país en su coto privado, en un negocio que les permita, parafraseando el título de la película de Woody Allen… coger el dinero y salir corriendo.

Putin recuperó el discurso soviético con la idea de aparentar estabilidad, de devolver lo «malo conocido» a un pueblo harto de «lo bueno por conocer» y, aunque salió bien parado en cuanto a popularidad se refiere, no construyó ese proyecto común; entre otras cosas, porque no lo tenía.

Medvédev ha apostado, desde su llegada al poder, por el discurso de la «modernización» como ideología, como proyecto nacional y corazón identitario de la nueva Rusia. Se trata, dicen los que le siguen, de encontrar, por fin, el lugar que Rusia debe ocupar en el mundo del siglo XXI. El presidente proyecta un Silicon Valley a la rusa en la ciudad se Skolkogo, cerca de Moscú, se confiesa adicto a Internet, tiene un videoblog y ha lanzado proyectos de apariencia innovadora como el de la discusión de ciertos proyectos de ley a través de la Red.

Pero este discurso, a pesar de su apariencia «ultramoderna», tiene un fondo rancio, un poso reaccionario que pasa por la identificación, otra vez, entre tecnología y desarrollo, entre mejora del nivel de vida y mayor consumo. Es, de nuevo, el mito del progreso al servicio del capitalismo. El ultramoderno Skolkogo, con sus exenciones fiscales, tendrá a su alrededor un sistema sanitario en ruinas, una educación en caída libre, un ejército en permanente crisis y una población que, en número creciente, quiere salir del país de la «modernización».

No es un proyecto para los rusos; es más de lo mismo.

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