Ana Sánchez Resalt, Observatorio Eurasia ::: En la Rusia del siglo XXI ya no existen cánones estéticos definidos para la creación musical. Sin embargo, algunos músicos aún tienen que medir sus palabras y acciones para no “molestar” a las autoridades

En 1936, Dimitri Shostakóvich fue duramente criticado en las páginas de Pravda por su ópera “Lady Macbeth de Mtsensk”. El artículo, titulado “Caos en lugar de música”, lo acusaba de “formalista” y “antinacional”. Doce años después, el decreto del Politburó del Partido Comunista “Sobre la ópera «La gran amistad» de V. Muradeli”, incluía también en la “lista negra” de compositores de música “ajena al pueblo soviético y a sus gustos artísticos” a Prokofiev o Jachuturian, entre otros. Han pasado más de 60 años, pero algunos músicos rusos aún siguen inquietando a las autoridades, como lo hicieran los formalistas de la época de Stalin.
En los últimos meses, hemos sabido de tres historias en las que poder y música se han enfrentado; historias sin cerrar y que no son, ni serán, las últimas ni las únicas que oigamos. Son algunos de los “shostakóvich” del siglo XXI. Sus pecados no son el formalismo o el anti-nacionalismo, sino hablar de libertad, contar historias que no quieren ser escuchadas o montar festivales en paraísos idílicos con música que quizá no sea del agrado algún miembro del gobierno.

Yuri Shevchuk es el rockero por antonomasia de la Rusia actual, líder del grupo DDT, activo desde 1981, figura muy admirada y respetada en la escena musical rusa (y soviética). Tanto en sus canciones como en su vida, siempre ha mostrado su compromiso con la libertad de prensa, de expresión, contra el abuso de poder de las autoridades o su constante lucha contra las injusticias sociales (la última, el pasado agosto). En mayo, acudió a un encuentro en San Petersburgo, junto a diversos intelectuales y al que también estaba invitado el primer ministro ruso, Vladímir Putin. En un concierto celebrado unos días antes de esta cita, Shevchuk había criticado duramente al poder por su “totalitarismo, carencia de alma y de amor hacia la gente”, según apuntan en Kommersant. Por este motivo, eran muchos los que esperaban que el músico se atreviese a tratar alguno de estos temas con el primer ministro. Shevchuk no se anduvo con rodeos: primero, había que hablar de “la libertad. Qué palabra. Libertad de prensa, libertad de información (…)”. Putin escuchaba atentamente, sin comentar nada. (Conversación entre Putin y Shevchuk, en ruso). El veterano rockero insistía en la necesidad de que todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley para lograr un país democrático, y para esto también se hacía necesaria “la libertad de prensa, porque ahora no la hay. Shevchuk le recuerda también que, en la “Marcha de los disidentes”, ellos, los manifestantes, eran 500, frente a 2.500 del OMON (fuerza policial especial rusa). Al rockero le asalta la duda: “¿Hemos matado o acuchillado a alguien?”. Al final del encuentro, Shevchuk propuso un brindis por los niños “que vivirán en un país lúgubre, corrupto, totalitario, autoritario, con un solo partido, un solo himno, con un pensamiento”. Él es uno de los “shostakóvich” de la Rusia de hoy.
(Resumen del encuentro entre el mandatario ruso y el líder de DDT en inglés)

El pasado 31 de julio, el rapero Noize MC ofreció un concierto en Volgogrado, la antigua Stalingrado. Hubiese sido un concierto más del polémico y joven rapero, pero la policía de la ciudad creyó que su actitud en el concierto no fue la adecuada y lo detuvo al final del mismo. En su tema “Kuri Bambuk” se burla de la policía  y habla de su ineficacia y corrupción. Tras la actuación, Iván Alekséev fue enviado a prisión acusado de desorden público por no hacer caso a las indicaciones de la policía y fue condenado a 10 días de encarcelamiento. En seguida, algunos músicos y críticos musicales redactaron una carta abierta pidiendo su liberación. Pero esta no era la primera vez que el nombre Noize MC aparecía en los medios de comunicación por un motivo “no musical”. El rapero se dio a conocer a partir de su canción “Mercedes 666”. Al parecer, es habitual en Rusia, por lo menos en la capital, Moscú, una ciudad de tráfico muy denso, que las autoridades (y los ricos) con un poco de prisa, coloquen una luz azul en el techo de su coche (similar a la de los coches de policía) y circulen saltándose las normas de circulación. El vicepresidente de la compañía de petróleo LUKoil, Anatoly Barkov, utilizó esta “estrategia” para moverse por Moscú, junto a su conductor, en su Mercedes y terminó estrellándose contra otro vehículo. Murieron las dos ocupantes del segundo coche. La policía no hizo nada, no hubo juicio y nadie asumió responsabilidades. Tras su liberación, el periódico Gazeta publicó una entrevista con el rapero. Al final de la conversación, el periodista le comenta que las “pruebas periciales han confirmado la inocencia del conductor del coche de LUKoil”, a lo que Alekséev exclama, con su usual ironía: “¡Vaya, estoy tan, tan asombrado…!”.

El último “desencuentro” entre músicos y autoridades al que haremos referencia tuvo lugar durante los últimos días de junio y los primeros de julio en Abjasia. Future Sound of Russia (FSOR) es un festival que celebraba su segunda edición y que reúne a jóvenes artistas rusos (djs y grupos de música) en Shaumiana, una pequeña aldea a menos de 15 kilómetros de la costa del mar Negro. El cartel del festival anunciaba “Cuatro días de música y mar en Abjasia” (1, 2, 3 y 4 de julio). El espectáculo fue cancelado a última hora, tal y como explican sus organizadores en una carta que enviaron a los medios y recibimos en el Observatorio Eurasia. Dos días antes del comienzo del festival, con todo prácticamente listo, representantes de la militsia de Tsandripshky, localidad de la costa, se presentaron ante los organizadores con un documento oficial que prohibía la realización del festival y cualquier utilización de ese espacio. A pesar de los contactos con el Ministerio del Interior de Abjasia, el Ministerio de Cultura y otras instancias públicas, la policía regional pidió que abandonaran inmediatamente la zona, sin dar otra explicación que la de que la celebración del festival suponía una “infracción del aspecto moral del país”. El 6 de julio, Ejo Kavkasa (Eco del Cáucaso) publicaba un artículo en el que se afirma que, según las autoridades, el festival se suspendió porque “no estaba coordinado. Se hablaba de los posibles motivos: drogas, armas, política, etc., pero no se sabe, no hay relación”. Tanto el primer ministro de Abjasia, Segéi Shamba, como el presidente del Comité de los Asuntos de la Juventud y el Deporte, Rafael Ampar, estaban informados de la celebración del festival y de la autorización por parte de la administración de la región Astamur Ketsb. En conversación con Álex Kelman, uno de los organizadores del FSOR de la promotora rusa independiente Ice Cream Disco y líder del grupo Punk Tv, nos aseguró que poseían todos los premisos pertinentes y que, a día de hoy, continúan sin conocer los motivos oficiales de la suspensión del evento. “Creo que la razón principal es la mentalidad de la gente de las regiones del sur. No buscan el desarrollo turístico en su región, sólo siguen su vieja mentalidad”. A pesar de que opina que en Rusia no existe la libertad de expresión y que “todo el mundo está controlado”, cree que podrán realizar, sin problemas, una nueva edición del festival en 2011 en territorio ruso (los circuitos de música independiente poseen vías alternativas de promoción, organización y distribución). Mientras no molesten, no serán molestados.

En la Rusia de hoy, a diferencia de lo que pasaba en la URSS, no hay decretos como el que condenó a Shostakóvich ni, teóricamente, censura, pero parece que las autoridades rusas y de algunas ex repúblicas soviéticas siguen temiendo la capacidad de la música para mover masas y decir aquello que todos intuyen y nadie se atreve a mencionar. Los organizadores y participantes del FSOR, Shevchuk o Noize MC son algunos de los “formalistas” del siglo XXI. Habrá que seguirles la pista, porque seguro que oiremos hablar de ellos y no por motivos exclusivamente musicales.

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