Ana Sánchez Resalt, Observatorio Eurasia ::: Lidia Yúsupova es abogada de origen checheno y ha trabajado para organizaciones pro derechos humanos como Memorial.

Lidia Yúsupova es una de esas personas que, a pesar de las continuas amenazas, aún se atreve a luchar por la defensa de los derechos humanos en el Cáucaso Norte. Esta abogada nacida en la capital de Chechenia, Grozni, e hija de padres de etnia rusa, dedica su vida a defender a los que no tienen defensa, a denunciar y ayudar a los que no encuentran quién oiga sus historias de desapariciones, torturas, abusos por parte de soldados, saqueos, asesinatos, etc. Por su trabajo y esfuerzo en pro de los derechos humanos, la abogada chechena ha sido candidata al premio Nobel de la Paz en varias ocasiones y ha sido galardonada con el Rafto (Professor Thorolf Rafto Memorial Prize) y el Martin Ennals Award for Human Rights Defenders. Yúsupova vivió las dos guerras de Chechenia en Grozni. Escondida en el sótano de la casa de algún vecino, y bajo los bombardeos y el miedo constantes, se preguntaba una y otra vez por qué sucedía aquello, sin encontrar una respuesta válida. Las miradas de pavor e incomprensión de sus amigos y familiares fueron el detonante del inicio de su lucha contras las injusticias en el Cáucaso: no sabía exactamente qué, pero sabía que algo tenía que hacer. Yusupova denuncia que las torturas y las amenazas a los defensores de los derechos humanos en el Cáucaso ocurren diariamente, aunque sólo unos pocos nombres aparecen en los medios de comunicación, y siempre son los mismos. La abogada recuerda que los europeos “hicieron mucho por los refugiados” de las guerras de Chechenia, pero afirma rotundamente que la comunidad internacional nada más puede hacer por mejorar su situación, porque es el propio pueblo checheno, son los pueblos del Cáucaso los que tienen que armarse de valor, dar un paso adelante, decir “basta” y promover un cambio del sistema: “nadie es culpable de nuestras desgracias, únicamente nosotros somos culpables, por aguantar, por permanecer indiferentes, porque nos hemos acostumbrado a que alguien nos lo haga todo, por decirlo de alguna manera, el problema es el sistema” Vosotros por aguantar… y nosotros por volver la cara.

La primera guerra chechena la vivió en Grozni, desde donde fue testigo de la tragedia de la guerra: perdió a amigos, a vecinos e incluso a miembros de su familia. Fue entonces cuando decidió dedicar su vida a la defensa de los derechos humanos en Chechenia, ¿por qué?

Yo, como otros muchos en Chechenia, me encontraba en Grozni durante la primera campaña militar y también durante la segunda. La primera tuvo lugar entre los años 1994-1996. La segunda empezó en 1999 después de la campaña del comandante Basáyev en Daguestán. Una cosa es la campaña de Daguestán, y otra, lo que pasó después de los acontecimientos de Daguestán. Oí historias de testigos, en concreto de víctimas de los dos pueblos donde permaneció Basáyev.

Cuando comenzó la segunda guerra, la gente sencillamente no pensaba que aquello pudiera convertirse en otra guerra. La primera guerra fue muy distinta: bombardeos incesantes, ataques de la artillería, la gente moría como consecuencia de las heridas de los ataques de mortero porque carecían de asistencia médica… La ciudad de Grozni quedó destruida al 85 %, los civiles eran ametrallados en masa: ancianos, mujeres, niños… Mientras me encontraba en medio de estos bombardeos, me hacía siempre la misma pregunta. ¿Por qué sucede esto, por qué? Pero era incapaz de encontrar una respuesta. Pasé largas noches y días enteros en el sótano de los vecinos, donde se escondían los pobres abuelos para evitar los ataques de obuses. Estos abuelos permanecieron escondidos dentro del sótano sin salir al exterior desde noviembre hasta el 28 de diciembre de 1999. Nosotros les llevábamos comida, cortábamos leña y les cargábamos la estufa. Hacíamos todo cuanto podíamos para ayudarles. Y todo ello, en los 15-20 minutos durante los cuales se paraban los ataques. Vi sus ojos, su rostro ensombrecido por la tristeza. Esos abuelos habían pasado su niñez en Kazajstán, habían sufrido todo tipo de penurias a lo largo de su vida y se veían entonces, ya ancianos, escondidos en un sótano, bajo el estruendo de las balas y las bombas. En la mañana del 28 de diciembre de 1999, cuando empezaron a entrar las tropas rusas, tuvimos que sacar rápidamente a los abuelos del sótano porque los soldados lanzaban granadas dentro de los sótanos, sin entrar en ellos, ni tan siquiera miraban si había mujeres, viejos o niños en su interior. Entre estos ancianos estaba mi vecino, que entonces tenía 88 años. Recuerdo sus ojos, su mirada perdida en el vacío, y como me preguntó bajito «¿Van a dispararnos los soldados?». Vi los ojos de los niños que habían permanecido durante todo aquel tiempo bajo las bombas. Y entonces entendí que no podía vivir de otra manera. No sabía cómo, pero tenía que hacer algo… En 2000, cuando se inauguró la oficina de Memorial en Grozni, empecé a trabajar.

En esa época trabajaba como abogada en la capital de Chechenia, en Grozni. ¿En qué consistía su trabajo en una zona inmersa en un conflicto tan dramático?

En la oficina trabajaba junto a los demás juristas, atendíamos a los ciudadanos que acudían a vernos. Era gente cuyos familiares habían sido secuestrados o asesinados. En aquella época se llevaban a cabo las llamadas «limpiezas». También empezaron a operar en la ciudad la fiscalía, los juzgados y los órganos de seguridad. Mi trabajo como abogada era defender los intereses de los detenidos sospechosos de crímenes contra el ejército ruso, o sea, implicados en explosiones, tiroteos y asesinato de militares. Independientemente de si eran o no culpables, todos los detenidos, sin excepción, se vieron sometidos a torturas, vejaciones físicas, presión. Y no sólo aquéllos a quienes yo defendía, sino todos los detenidos, sin excepción, entonces y también hoy. Todos han pasado por esto. Estas «prácticas» se aplican en todas partes de Rusia. Chechenia, Ingushetia, Daguestán, Kabardino-Balkaria, etc. En toda Rusia.

¿Se sintió alguna vez en peligro por hacer este trabajo? ¿De dónde cree que podía proceder la amenaza?

Todos estábamos en peligro por igual, los que trabajábamos en la defensa de los derechos humanos y los que no. En cualquier momento podían irrumpir los militares en una casa o se iniciaba un tiroteo. Además, imperaba la impunidad ante los excesos de los representantes del sistema. No había diferencia entre militares, representantes de las fuerzas especiales o miembros de los órganos de seguridad.

El pasado verano hubo una ola de ataques en Ingushetia y Daguestán. Recordamos los casos del asesinato en Chechenia de Natalia Estemírova, de Memorial, y también de Zurema Saduláyeva y su marido. Es evidente que ejercer la actividad periodística y de defensa de los derechos humanos se han convertido una profesión de riesgo en el Cáucaso. ¿Queda todavía gente en esta lucha? ¿Cómo vivió, personalmente, el hecho de irse de Grozni? ¿Había alguna razón concreta que impulsase su decisión de marcharse precisamente en aquel momento?

Me fui de Chechenia en 2005 para hacer el doctorado en Moscú, aunque durante todo este tiempo mantuve el contacto con mis colegas en Chechenia e Ingushetia. Cuando comenzaron a aparecer noticias alarmantes en relación con Natasha pensé que nuestros compañeros mandarían a Natasha fuera de Chechenia. Con esto quiero decir, la dirección de Memorial. En cuanto a Zarema Saduláyeva y su marido, resulta difícil responder. Como abogada, me cuesta dar una respuesta pues estoy acostumbrada a trabajar con pruebas. Aunque, es evidente que su trabajo fue la principal razón de la tragedia.

Es conocido que Kadírov amenazó a Natalia Estemírova. Anna Politkóvskaya también recibió amenazas antes de ser asesinada. Oleg Orlov, el director de Memorial, por sentencia judicial, debe retirar sus acusaciones sobre la participación de Kadírov en el asesinato de Estemírova. En muchos de los asesinatos de activistas, abogados y periodistas, las autoridades rusas y chechenas son las únicas y principales sospechosas. Y, a pesar de ello, no pagan por sus crímenes y la justicia no funciona en estas situaciones. ¿Se puede luchar de algún modo contra esta impunidad?

Bien, en primer lugar, yo no compartí las declaraciones de Orlov. Porque, antes de acusar, hay que presentar pruebas. En segundo lugar, desde el momento en que existía una amenaza, lo que se debería de haber hecho es divulgarlo y ganar tiempo, y solucionar la cuestión de la seguridad de nuestra compañera. En tercer lugar, ¿cómo es que todo el mundo ha olvidado a todos esos periodistas que fueron asesinados antes que Anna Politkóvskaya? ¿O a los políticos asesinados antes que Starovoitova, cuando ella sólo era uno más de los que exigían que se adoptase la ley de lustración? ¿Cuántos activistas de los derechos humanos reciben palizas o son asesinatos hoy en día? No se trata sólo de una persona. La cuestión es el sistema. Y éste es un problema que debe resolver el pueblo. No podemos esperar que venga alguien a resolverlo, es preciso que la sociedad se conciencie. Pero eso no sucede, desgraciadamente.

Ha sido galardonada con el Rafto y Martin Ennals por su trabajo como defensora de los derechos humanos en Chechenia. También ha sido nominada al premio Nobel de la Paz en tres ocasiones y por todo ello ha recibido numerosas amenazas. Si mira hacia atrás, ¿cómo valora su trayectoria profesional?

Yo sola no hubiera podido hacer nada, debo mucho a mis colegas, ya que todo este trabajo se ha hecho en equipo. Pienso que se ha hecho muy poco, pero que nuestro trabajo tiene sentido, en primer lugar para nosotros mismos. No podría vivir de otra manera. Si lo he hecho es porque no quería acostumbrarme a todo lo que sucedía a mi alrededor, pues también me afectaba a mí personalmente. Yo soy una más a quien el sistema trata como quiere…

¿Recuerda algún acontecimiento en concreto que la haya impresionado especialmente?

Ha habido muchos. Me sorprendió mucho la fuerza, la paciencia y la valentía de esas madres que perdieron a sus hijos. Las hay a millares. El caso de aquella madre que perdió a cinco hijos en un mismo mes. Tres de ellos murieron ante sus propios ojos, eran adolescentes, les dispararon en el patio de su casa. Los dos mayores fueron detenidos y se los llevaron. Encontraron sus cuerpos mutilados en las afueras del pueblo. A esta mujer le quedaba un sexto hijo, de nuevos años, aún vivo…

Volvamos a las guerras de Chechenia. El Gobierno ruso, para justificar la primera, argumentó la necesidad de «restablecer el orden constitucional» y «desmantelar las formaciones armadas ilegales». En la segunda guerra, el discurso se centraba en que se trataba de una operación antiterrorista. Según su opinión, ¿cuál fue el motivo real de las guerras? ¿Qué piensan los ciudadanos chechenos?

Las autoridades tienen previsto todo aquello que pueda justificar sus hechos. Hay muchas razones, a mi parecer. Putin ha ganado puntos con este asunto; en segundo lugar, está la ambición, y, en tercer lugar, se trata de desviar la atención de los ciudadanos de otros problemas más graves que sufre Rusia (y son muchos; el lavado de cerebro, el miedo originado a raíz de los atentados de Moscú, por los terroristas, todo eso ha dado sus resultados. Por otra parte, se han ahorrado mucho dinero con aquéllos que hicieron el servicio militar en Chechenia y también con aquéllos que lo hacen ahora en el Cáucaso. Una vez han firmado el contrato, no se cumplen las condiciones, no les pagan la cantidad pactada, muchos mueren y sus familias no reciben las compensaciones del Estado. Es un sistema muy beneficioso y cómodo.

Los chechenos víctimas de secuestros, torturas y asesinatos, entre otros muchos delitos, son ignorados por su propio gobierno. Ni Kadírov, ni Medvédev, ni Putin, al parecer, tienen demasiado interés en solucionar sus problemas. Ante la dejadez de las autoridades, sólo les queda dirigirse a organizaciones no gubernamentales y a gente como ustedes. ¿Cómo se inicia el proceso de ayuda a las víctimas?

Nosotros proporcionemos asistencia jurídica. Muchas víctimas han ido a denunciar su caso al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Estrasburgo. Son aquéllos a quienes secuestraron y asesinaron a algún familiar… Nuestro equipo se encarga de todo el proceso de formalización y presentación de documentación ante los juzgados. También están las cuestiones de tipo social. Hay muchas mujeres y niños enfermos de cáncer. Había un programa médico de la organización Asistencia Civil en nuestras oficinas. Se trataba de proporcionar medicamentos y financiar los viajes a Moscú para recibir tratamiento. Ya en la época soviética la gente tenía muy claro que la justicia reina sólo cuando hay un poder real y hay dinero. Entonces se podía comprar a un juez o a un fiscal y hoy en día se sigue haciendo. Quiero subrayar que nadie es culpable de nuestras desgracias, únicamente nosotros somos culpables, por aguantar, por permanecer indiferentes, porque nos hemos acostumbrado a que alguien nos lo haga todo, por decirlo de alguna manera… Yeltsin, Putin, Medvédev y todos nosotros salimos del mismo sistema soviético. La pregunta es: ¿Queremos cambiar algo de nuestro carácter o no?

¿Ha estado últimamente en el Cáucaso Norte? ¿Qué piensa de la situación que se vive ahí?

La última vez que estuve allí fue a finales de octubre de 2009. ¿Mi impresión? La reflejé en mi blog «Viaje al Cáucaso». Sinceramente, me entristeció mucho todo cuanto vi y oí.

De todas las repúblicas en las que ha trabajado, ¿cuál de ellas sufre la situación más complicada?

La situación es idéntica en todas partes. Los abusos sociales, políticos y legales son comunes en todas ellas. Y lo peor es el miedo consciente o irracional que he sentido en la gente, en el Cáucaso y en Rusia.

Gracias a su trabajo y al de algunos valientes periodistas y activistas, se han comenzado a juzgar algunos casos de violaciones de derechos humanos en el Cáucaso. La violencia, las desapariciones, los secuestros y asesinatos aún suceden en Chechenia y en el Cáucaso Norte en general, pero no son tan frecuentes como en años anteriores. Aun así, prevalece la impresión de que la comunidad internacional no ha satisfecho las expectativas que depositaron en ella los activistas. ¿Qué cree que se puede hacer desde el extranjero para ayudar a resolver los problemas del Cáucaso?

Esta es una pregunta que me hacen a menudo. Y siempre digo lo mismo: ¡Nada! Y no es porque no haya nada que hacer. Este no es el tema. Los europeos hicieron mucho por los refugiados del Cáucaso. Recuerdo muy bien la solidaridad que mostraron con nosotros muchos europeos. Rusia no es Putin o Medvédev, y cuando hablamos de Chechenia, no queremos decir Kadírov. Francia no es Sarkozy, y cuando hablamos de Italia, no es Berlusconi. Sólo son jefes de estado que gobernarán durante un tiempo limitado. Está también el pueblo.

Cuando los políticos deciden algo, nunca consultan al pueblo. De hecho, esto pasa aquí y también en el resto de Rusia. Pero lo sorprendente es que todo el peso del problema que generan sus decisiones recae en las espaldas del pueblo. ¡El pueblo debe darse cuenta de esta carga y sacársela de encima!

¿Cómo cree que podrían haberse solucionado —o sólo suavizado— las consecuencias del conflicto en el Cáucaso Norte? ¿Qué futuro le depara al Cáucaso?

Es una pregunta de muy difícil respuesta. Sólo puedo decir qué futuro me gustaría para el Cáucaso: en paz y tranquilidad. Y no sólo allí.

Se puede seguir el trabajo de Lidia Yúsupova a través de su blog en ruso en Kavkaz-uzel (Caucasian Knot, El nudo caucasiano). Sus últimas entradas son de marzo de 2010.

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