Serguéi Markedónov, especial para Prague Watchdog ::: Los conflictos en el Cáucaso llevan a sus ciudadanos a vivir en mitad de una guerra dialéctica: las autoridades rusas hablan de “separatistas” y los locales de “supervivencia”.

Este artículo se publicó el 2 de mayo en Prague Watchdog. Se puede consultar en inglés aquí.

Serguéi Markedónov, especial para Prague Watchdog
Moscú, Rusia

La actividad terrorista y de sabotaje con la firma de los islamistas del Cáucaso Norte ha experimentado un importante recrudecimiento. Pero, a diferencia de años anteriores, ahora los representantes de las autoridades rusas reconocen abiertamente el hecho. En su discurso ante el Consejo de la Federación, el pasado 28 de abril de 2010, el fiscal general de Rusia, Yuri Chaika, constató que el año pasado hubo casi un tercio más de atentados terroristas en el Cáucaso Norte, y no hay que olvidar que se trata de datos oficiales, unas cifras que tradicionalmente las autoridades han intentado siempre subestimar. Cabe destacar también que dichas acciones terroristas islamistas se producen en otras regiones de Rusia, además de en el Cáucaso Norte (en este sentido, el atentado del primero de mayo en Nálchik se enmarca dentro de la tendencia mencionada por el fiscal general). Después de una larga pausa, las explosiones en el metro de Moscú han trasladado la «guerra rebelde» (miatezhevoiná, una pintoresca expresión creada por un experto militar ruso, Yevgueni Messner) hasta la misma capital rusa.

La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿comprenden las autoridades y la sociedad rusa en general la naturaleza de esta amenaza y su dinámica?, ¿cuáles son sus recursos (explícitos y latentes)? y ¿cuáles las motivaciones de los líderes insurgentes? A juzgar por el lenguaje utilizado por políticos, expertos y periodistas para describir el desafío al que se enfrenta Rusia en el Cáucaso Norte, no existe tal entendimiento. Mientras los políticos califican a los seguidores de Umárov de «resistencia de bandas criminales» (bandpadpolie), los medios de comunicación rusos optan por la expresión «separatistas chechenos» para referirse a los organizadores de los inquietantes atentados terroristas de los últimos meses.

Pero los líderes ideológicos y militares de la insurgencia no tienen casi nada que ver con el separatismo. Y eso es algo que resulta evidente simplemente analizando sus nombres (Said Buriatski, Anzor Astemírov, Mussa Mukozhev, etc.). Muchos de los yihadistas más extremistas no tienen ninguna conexión con los chechenos y justifican sus acciones como la defensa del«Islam puro» más allá de los límites geográficos del Cáucaso, no sólo en el frente antirruso. La retórica antisemítica y antioccidental es un elemento inherente del programa de Doku Umárov y sus seguidores.

El «emirato del Cáucaso» es básicamente una estructura virtual. Ello no significa que sus activistas y partidarios no cometan actos terroristas y de sabotaje, sino que no se trata de una única agencia en la que todo queda centralizado. Más que una organización de combate o un comité central social y revolucionario, es una red en la que incluso el engranaje horizontal carece de rigidez. Una comunidad de este tipo se mantiene unida porque comparte unos objetivos ideológicos y una experiencia vital particular. Como consecuencia, en muchas ocasiones se da el caso de células individuales de la red terrorista que actúan de forma independiente, sin haber recibido órdenes de su «emir».

La eliminación del «gran emir» o de otros emires de menor rango no supone un desastre irreversible para la red (tal como han demostrado los hechos de estos últimos años). Aún así, en este espacio virtual, el «emir» asume la responsabilidad de los atentados creando la impresión de un estado clandestino muy poderoso en el cual sus ciudadanos se mantienen «firmemente unidos en un único propósito y conectados por un único objetivo». En realidad, no existe un frente unido en esta lucha. Los grupos insurgentes están dispersos y son escasos, y eso hace más compleja la tarea de luchar contra ellos. Sería más sencillo poder atacar la estructura de una república no reconocida, más fácilmente influenciable desde el exterior y con posibilidad de ser destruida de forma mucho más efectiva.

En este sentido, el Gobierno ruso y la sociedad rusa deben tomar conciencia de unas cuantas evidencias poco agradables. En primer lugar, los opositores al gobierno que luchan por el «Emirato» están muy motivados, y, por lo tanto, comprarlos o hacer una campaña para convencerles es una tarea muy difícil. Así pues, la propaganda debe dirigirse no a ellos, sino a la población que duda o está indecisa, ya que estas dudas tienen una explicación muy simple: la falta de políticas positivas por parte de las autoridades que sólo contemplan la represión violenta como un mecanismo universal para solucionar un amplio abanico de complejos problemas sociales. En segundo lugar, además de no comprender la naturaleza de la amenaza del Cáucaso Norte, el actual Gobierno ruso tampoco tiene una motivación ideológica coherente.

La represión no puede sustituir a la ideología. Durante las décadas de 1920 y 1930, los islamistas y nacionalistas del Cáucaso y de Asia Central fueron vencidos no tanto por la CHEKA, como por las fuertes convicciones ideológicas de los bolcheviques y jóvenes comunistas, más preocupados por construir una nueva sociedad y un nuevo hombre que en posibles sobornos o porcentajes. Aunque no comparto las ideas de los comunistas, debo reconocer que los artífices de la nación civil rusa actual no muestran ni una centésima parte de esta convicción en mantener una actitud justa, desinteresada, abierta y entusiasta. Todo lo contrario, hay un exceso de cinismo y una prudencia excesiva, que aplasta abrumadoramente cualquier motivación de tipo no material. Para superar las tentaciones del islamismo radical, debemos hacerle frente no sólo con la policía y las fuerzas especiales enviadas desde Moscú, sino con los ideólogos del «Euroislam» (los políticos deberían dedicar un poco de su tiempo libre a leer los brillantes trabajos al respecto de Rafael Khakímov, consejero político del presidente de la República de Tatarstán) y los defensores de la «nación rusa». Las ideas sólo se combaten con ideas, de la misma manera que un invento de ingeniería sólo puede ser destruido por la eficacia de otro descubrimiento de ingeniería (y no con uno lingüístico, por poner un ejemplo).

Serguéi Markedónov es analista político y profesor asociado de la Universidad Estatal Rusa de Humanidades, en Moscú.

Anuncios