Stas Dmitrievski, periodista ::: El “glorioso mito” checheno que definía desde el siglo XVIII algunos de los principales rasgos culturales del pueblo checheno (hospitalidad, veneración a los mayores, culto a la mujer) desaparece en el siglo XXI.

Casi todos los pueblos tienen un «mito glorioso». Normalmente, esta leyenda habla del pasado, del «siglo de oro» de los héroes y hombres justos, sin embargo, al final, la conciencia colectiva proyecta a través de estas leyendas la imagen de un futuro deseado. No importa si este pasado idílico en realidad nunca existió, o si no fue tan ideal como la leyenda quiere hacernos creer: a través de su prisma la etnia intenta mostrar aquellas cualidades humanas que deberían servir de modelo a todos sus miembros, permitirles descubrir el ideal común propio y comprender el destino que el Creador deparó para ellos.

Para los rusos este «mito glorioso» queda perfectamente ilustrado por la Rusia sagrada, que en muchos aspectos está en las antípodas de la Rusia histórica. Esta antinomia fue expresada a la perfección por el poeta disidente Alexandr Gálich:

Cada año, tiempos revueltos,
Cada mentiroso, un Mesías
Rusia lleva un milenio
Llorando por Rusia
Echa maldiciones,
Pero ve y pregúntale:
¿Hemos tenido de verdad, hermanos,
Aquella Rusia en Rusia?

Aquella, con los campos amplios,
Con las flores de lilas
Donde nacen felices
Y se van resignados.
Donde las jóvenes son como cisnes,
Donde bajo un cielo cariñoso
Cada uno está dispuesto a compartir
La palabra de dios y el pan con cada uno
<…>
Aguanta, te suplico,
Sigue viva, aún pudriéndote,
¡Para que podamos oír el repicar de tus campanas
Al menos en nuestros corazones, como en Kítezh!

Kítezh es una ciudad invisible que hace ocho siglos se sumergió en las aguas del lago Svetloyar, en medio de los bosques, para evitar ser profanada por los invasores mongoles. Allí permanecerá junto con sus habitantes hasta el segundo advenimiento de Cristo, hasta que suene la trompeta del ángel, y sólo los justos en un atardecer sereno puedan oír, acercándose al espejo de aquellas aguas sagradas, las campanas de las iglesias de Kítezh que nunca han dejado de tañer…

Una santidad que no pertenece a este mundo, que es superior a él, que persiste a pesar del mal que reina en la tierra, santidad en el mundo y al mismo tiempo fuera del mundo; la sociedad como la Iglesia Triunfante –pero en la tierra (!)– he aquí el ideal de la Rusia sagrada.

El ideal étnico de los chechenos, formado a través de los siglos a tenor de la cultura tradicional, puede resumirse en una sola palabra: libertad.

La libertad como filosofía de vida y conducta cotidiana se expresa también a nivel del léxico común. Cuando saludan a alguien que acaba de llegar, los chechenos dicen: «Marsha vogiila» («Libertad para el recién llegado»). Las despedidas se expresan con la frase «Marsha doila» («Que tengas el camino libre»). En lugar de decir «saluda de mi parte», dicen «Marshalla doiitu» («Dale la libertad»), y «¡Salud!» es «Dala marshala doila» («Que Dios te dé libertad»).

Sin embargo, esta libertad es inseparable de la responsabilidad, de la justicia, de la valentía y del espíritu de sacrificio. El escudo de la Chechenia separatista muestra una loba bajo la luna. Este símbolo está relacionado con una leyenda antigua que no es sino una variante vainaj de la leyenda del diluvio universal.

Cuando las criaturas de Dios olvidaron los mandamientos del Creador –los hombres se mataban entre sí y las fieras más grandes y fuertes devoraban a los animales más pequeños e indefensos– el Todopoderoso mandó ángeles a la tierra. Pero nadie quiso escucharles. Entonces Dios decidió exterminar la vida, lanzando sobre la tierra la furia de los elementos. Un viento helado extirpó los árboles de raíz, llevándose consigo cualquier forma de vida. La gente y las fieras huían en búsqueda de salvación. Y sólo la loba se encaró al gran infortunio protegiendo a sus lobeznos. El Todopoderoso lanzó contra ella toda su cólera: el viento resquebrajó su piel, su cuerpo quedó hecho jirones, pero no se rindió. Y los hombres, que se creían vencedores de la tierra, se escondieron asustados detrás de la loba, salvando así sus almas pecadoras. El señor hizo amainar la tormenta diciendo que gracias a que todavía quedaba un ser digno, los demás conservaban la vida. Pero no les perdonó y se alejó de la tierra. Y la gente mató a la loba herida, pues no podían soportar su vergüenza. Desde entonces la gente persigue y mata a los lobos, deseando con ello eliminar cualquier recuerdo de su culpa ante el Todopoderoso. Y los lobos lanzan sus insoportables aullidos lastimeros, mientras miran al cielo que ha renegado de ellos, rogando a Dios que regrese a la tierra, que perdone sus pecados y restaure la justicia.

Refugiado en lo más profundo de las costumbres y la tradición, vivo durante siglos, el «mito glorioso» de Chechenia fue especialmente articulado en la segunda mitad de los ochenta y en los noventa. Durante dicho periodo se publicaron en Chechenia un gran número de libros y artículos sobre historia, etnología, folklore y lingüística. El conjunto de ideas que transmitían estas publicaciones sobre la identificación cultural e histórica de los chechenos se convirtió, también, en la base ideológica del movimiento checheno por la independencia. En sus principios, está el concepto de «revolución campesina» y «democracia de las montañas», muy bien expresadas por el etnólogo ruso Yan Chesnov. Según estos principios, entre mediados y la segunda mitad del siglo XVIII, como resultado de una serie de revueltas victoriosas, las comunidades agrícolas chechenas (taips) y sus tribus (tukkhumi) echaron de sus tierras a los señores feudales, tanto propios como advenedizos, y construyeron una sociedad basándose en los principios de la soberanía popular directa y el federalismo. «La esencia de la revolución campesina –dice Chesnov– consistía en la confirmación del régimen de propiedad familiar sobre la tierra de los que la trabajaban… bajo la defensa militar ejercida por los mismos propietarios armados. Esta democracia de la montaña incrementó en el trabajador el sentimiento de dignidad personal que dio forma a la particular mentalidad caucasiana, y por ello podemos identificar maneras aristocráticas en muchos simples campesinos y pastores. Esta democracia encontró sin dificultad el mecanismo de defensa social de sus explotaciones privadas y de sus miembros. Estos mecanismos se traducían en alianzas entre hermanos y parientes de sangre, en comunidades territoriales agrícolas, en organizaciones militares y en hermandades religiosas»

Según los etnólogos de esta escuela, precisamente esta «democracia de las montañas» modeló algunos rasgos propios de la mentalidad de los chechenos como, son por ejemplo, un elevado sentido de la dignidad personal, un código de ética caballeresca, el culto a la mujer, la apertura hacia otras etnias y culturas, la hospitalidad, el culto a los antepasados y descendientes –que suponía responsabilizarse de las generaciones pasadas y futuras– y la mayor veneración por los ancianos. Como resultado, la dura libertad de las montañas impuso en el checheno tal carga de responsabilidad y puso el listón ético del aristocratismo espiritual tan alto, que la popular frase «Es difícil ser checheno» no es sólo una expresión de coquetería nacional. Existe un gran número de hermosas leyendas, tradiciones, poemas populares que ensalzan estas cualidades y enaltecen al hombre que actúa según dicha ética incluso a costa de su propia vida.

En resumen, no nos equivocamos al decir que estas representaciones idealizan la histórica sociedad chechena, cuando parecía estar formada casi exclusivamente por caballeros nobles, mujeres y hermanas devotas y sabios ancianos. Pero en esta ocasión no nos interesa tanto la verdad histórica de antiguas leyendas y la certeza de su interpretación histórico-etnológica. Lo importante es que en el transcurso de un largo periodo precisamente estos ideales fueron el punto de referencia de la absoluta mayoría de chechenos. Precisamente estos referentes, tal como constata el autor, permitieron a los chechenos conservar, en épocas de terribles tragedias como las guerras caucasianas y el genocidio de Stalin, su identidad propia y evitar que desaparecieran como etnia.

Ni los generales zaristas ni Stalin consiguieron destruir el principio de la ética chechena, que es inseparable de los valores de libertad y responsabilidad. Pero, al parecer, sí lo han conseguido, y con creces, las autoridades rusas actuales con el colaboracionista Ramzán Kadírov.

No hace falta añadir que la sociedad chechena de la época de la autoproclamada Ichkeria también se movía según estos ideales. Sin embargo, el caos prebélico y de entreguerras, las dos guerras sufridas y el salvajismo y la brutalidad que siempre acompañan las contiendas la alejaron cada vez más de ellos. Sin embargo, el ideal permaneció, y eso significa que todavía hay esperanza. Resulta sorprendente como en el transcurso de algunos años, Kadírov, con la ayuda de sus padrinos moscovitas, consiguió romper la espina dorsal de la conciencia nacional chechena.

El régimen de Putin apostó por los más miserables, corruptos y despreciables, por las manzanas podridas de la sociedad, a quienes concedió, a cambio de lealtad, el derecho a asesinar impunemente a sus compatriotas en nombre del Estado ruso. Estuve viviendo durante casi un mes en un apartamento en Grozni. Mis vecinos eran un grupo de combatientes de Kadírov. Resulta difícil imaginar tal concentración de rasgos totalmente en las antípodas de lo que son los ideales sociales de los vainaj. Desaliñados y casi siempre borrachos y blasfemando, durante la noche se reunían en compañía de un grupo de mujeres chechenas que se habían rebajado a estar con ellos y se entretenían disparando con sus automáticas desde el balcón. Esa gente tenía un poder prácticamente ilimitado sobre cualquier persona desarmada. Esta era la cara del nuevo poder ruso de Kadírov.

Este país, que se enorgullecía de no haberse sometido nunca a ningún autócrata, a ningún rey ni terrateniente, está siendo gobernado ahora por el principio del despotismo oriental. La adulación del «adorado Kadírov» y de los dirigentes es cada vez menos frecuente en los canales de televisión y los periódicos. La imagen del gobernante en fiestas lanzando billetes a los pies de las bailarinas y bebiendo en compañía de generales que participan en ejecuciones en masa y en desapariciones forzosas de chechenos pacíficos, se ha convertido hoy en la típica imagen televisiva de Grozni. Ahora la televisión muestra imágenes de padres rechazando a sus hijos, huidos con los guerrilleros, y algunos padres incluso agradecen ante las cámaras a Ramzán Kadírov por haber asesinado a su propio «indigno hijo». Aquellos que se niegan a hacerlo, se arriesgan a perder a sus otros hijos. Un abuelo checheno puede ser apaleado por milicianos chechenos ante los ojos de todo el mundo en la plaza principal del centro de la ciudad y en las cocinas se cuenta entre susurros como Kadírov rompe la cara a sus ministros, muchos de los cuales, por edad, podrían ser sus padres, y exhibe películas en su móvil en las que se ve a un hombre, de gran parecido con el presidente de la República chechena, divirtiéndose en compañía de chicas desnudas.

En uno de los extremos del ecúmeno checheno está el culto a la violencia, a la grosería, a la sed de poder, al enriquecimiento personal, a la delación, al servilismo ante los fuertes y una sociedad paralizada por el miedo. En el escudo de la actual Chechenia de Kadírov vemos una torre de extracción de petróleo. Al otro extremo de este mundo, está el fanatismo de los combatientes que luchan por establecer el «orden islámico». Unos están dispuestos a matar en nombre del dinero y el poder, otros, en nombre de Dios. La generosidad se ha convertido en una rareza, y el afán de libertad ha entrado en la categoría de los «crímenes de tendencia extremista».

La loba chechena ha muerto.

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