Desde que cayera la Unión Soviética en 1991, el Cáucaso ha sido escenario de multitud de conflictos bélicos que han comprometido el desarrollo de la región y recuperado, creado o consolidado odios entre sus diversos pueblos.

Decía Thomas Hobbes que, más que las operaciones militares propiamente dichas, la guerra es el espacio de tiempo en el que reina la voluntad de resolver las diferencias por medio de la batalla, de la fuerza. Visto así, el Cáucaso está hoy en guerra.

Al sur de la frontera rusa, el conflicto de Nagorno Karabaj ha envenenado las de por sí malas relaciones entre armenios y azerbaiyanos; Georgia ha vivido varios conflictos civiles y, en 2008, se enfrentó a Rusia perdiendo, como consecuencia, Osetia del Sur y Abjazia. Ambos territorios declararon su independencia, pero el peso de Moscú en Sujumi y Tsjinvali es innegable.

Al norte de la frontera, en territorio de la Federación Rusa, la situación es, si cabe, peor. Más de una década de guerra en Chechenia ha convertido a esa pequeña república en una especie de agujero negro capaz de pudrir, con su presidente a la cabeza, todo lo que toca. La tan citada “chechenización” ha traspasado las fronteras de la república. El grito de horror de las organizaciones que defienden los derechos humanos más elementales se repite en Daguestán, Ingushetia, Kabardino-Balkaria, Osetia del Norte y en otros muchos territorios del Cáucaso norte.

El problema es que el eco de ese grito no llega más allá. Osetia fue portada durante poco más de una semana en 2008, Chechenia lo ha sido esporádicamente, muy esporádicamente, en los últimos años. Es todo. Cuando así ocurre, solemos denominar a esas guerras con el tremendo y desesperante nombre de “conflictos olvidados”. Dicho de otra manera, el Cáucaso es una de esas zonas del mundo, una de tantas… que no nos importan.

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