Natàlia Boronat, Catalunya Radio ::: Tras la guerra entre Rusia y Georgia, los surosetios intentan volver a la normalidad mientras los opositores del gobierno prorruso denuncian falta de libertad, represión y corrupción en las altas esferas.

Tras 15 años en un estatus indeterminado de independencia autoproclamada aunque no aceptada por nadie, Osetia del Sur —hoy ya reconocida como estado soberano por Rusia y otros tres países y considerada república secesionista georgiana por el resto de la comunidad internacional— trabaja para volver a una normalidad que su generación más joven no puede recordar.

Oksana Jubedzova, una fotógrafa surosetia de 24 años de Tsjinval, la capital de Osetia del Sur, unas semanas antes de que se cumpliera el primer aniversario de la guerra relámpago que tuvo lugar en 2008 entre Rusia y Georgia, se mostraba muy contenta por haber podido vivir el primer año que recordaba “en silencio, sin disparos”.

Gracias al apoyo político y económico de Moscú, Osetia del Sur, al igual que la otra república secesionista georgiana de Abjasia, vivía desde los años noventa en una independencia de facto de Georgia, amenazada por las continuas provocaciones de rusos, georgianos y surosetios que integraban una misión conjunta de paz desde el final de la guerra de 1991-1992 entre Osetia del Sur y Georgia.

Durante estos años, Rusia ha utilizado las aspiraciones secesionistas de Osetia del Sur y de Abjasia como moneda de cambio en las tensas relaciones que mantenía con Georgia, especialmente desde que, en 2004, la política exterior de Tbilisi diese un giro hacia Occidente, se convirtiera en el aliado de Estados Unidos en el Cáucaso y se planteara como objetivo ingresar en la Alianza Atlántica.

La noche del 7 al 8 de agosto, Georgia lanzó un ataque sorpresa contra Tsjinval como respuesta —según la versión de Tbilisi— a las provocaciones rusas, y Moscú reaccionó con una fuerte contraofensiva llamada “de imposición de la paz” que llevó al ejército ruso a cruzar las fronteras para defender a los ciudadanos de Osetia del Sur (muchos de los cuales tienen pasaporte ruso) y adentrarse después en territorio propiamente georgiano.

La guerra relámpago de 2008 supuso miles de desplazados georgianos y el reconocimiento ruso de la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia. Rápidamente, Moscú firmó con las dos repúblicas acuerdos de defensa que han permitido reforzar la postura del Kremlin en el Cáucaso Sur, unas acciones que Tbilisi denomina “ocupación de territorio georgiano” e “intento de anexión”.

Si para algunos jóvenes la guerra del 2008 trajo consigo su primer año de tranquilidad, para una serie de líderes opositores que creen que la comunidad internacional no reconocerá la soberanía de Osetia del Sur hasta que no se convierta en un estado democrático, no fue un año tan tranquilo: tuvieron problemas para presentarse a las elecciones legislativas de mayo del 2009 y algunos incluso tuvieron que abandonar la república.

Ese mismo verano de 2009, Fátima Marguíyeva, profesora de historia de la Universidad de Tsjinval y conocida opositora al gobierno prorruso de Eduard Kokoiti, denunciaba la falta de libertad en la república, la represión sufrida por la oposición y la corrupción en las altas esferas que impedía que las cuantiosas ayudas que Rusia enviaba para reconstruir las casas derrumbadas por la guerra no llegasen a sus destinatarios.

En esa época, Marguíyeva vivía bajo arresto domiciliario acusada de posesión ilegal de armas de su difunto esposo. Tanto ella como su entorno —que aseguran que en Osetia del Sur todo el mundo tiene armas en casa— tenían muy claro que las autoridades la habían castigado por sus ideas políticas. Se le abrió expediente penal coincidiendo con la campaña para las elecciones parlamentarias de mayo del 2009 (durante la cual el partido de Marguíyeva no pudo registrarse) y con la aplicación de una nueva ley que prohibía la posesión de armas, pero no establecía un mecanismo concreto de entrega del armamento.

Esta profesora de historia cree que su pueblo tiene derecho a la independencia ya que entraron a formar parte del Imperio ruso cuando Georgia aún no existía como estado y no fue hasta después de la revolución de 1917 cuando pasaron a depender de Tbilisi, aunque en el marco de la Unión Soviética. En verano de 2009, Marguíyeva se sentía muy cansada porque “después de tantos años sufriendo las políticas fascistas de Georgia, cuando finalmente nos liberamos, tenemos que aguantar a este tirano”. Además, padecía del corazón y, como vivía bajo arresto domiciliario, periódicamente tenía que informar a las autoridades cuando salía de Osetia del Sur para recibir asistencia médica adecuada en Vladikavkaz (Osetia del Norte).

El pasado 18 de febrero, Marguíyeva fue arrestada con el pretexto de que no había informado a las autoridades de su salida del país y que se la había estado buscando. Sin embargo, esta activista y su familia aseguran que no fue a ningún sitio. Este arresto se produjo justo después de la publicación de una entrevista de la opositora en una página web rusa en la cual, además de criticar al gobierno de Osetia del Sur, se quejaba porque las autoridades no habían publicado los presupuestos del 2008 y del 2009.

Desde entonces y hasta la hora de cierre de esta edición, Marguíyeva se encuentra en prisión a la espera de juicio, con la dificultad añadida de que el gobierno surosetio pone trabas para acreditar a la abogada rusa que la familia de la víctima ha elegido y con su salud muy debilitada después de dos semanas en huelga de hambre. Marguíyeva cree que es la primera presa política de Osetia del Sur y así también lo consideran una serie de disidentes, como Tarzán Kokoiti, quien fue vicepresidente del Parlamento y miembro del partido oficialista hasta que el presidente surosetio le impidió volver a presentarse a las elecciones legislativas de mayo de 2009 por haber osado decir que las ayudas para la reconstrucción tenían que llegar a la gente que se había quedado sin techo durante la guerra.

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