Onnik Krikorián, periodista freelance ::: Nagorno- Karabaj, territorio situado en Azerbaiyán pero de población armenia, sigue sin conseguir definir su estatus dieciséis años después del acuerdo de alto el fuego entre ambos países.

Dieciséis años después del acuerdo de alto el fuego impulsado por Rusia que dejó en suspenso el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el territorio disputado de Nagorno-Karabaj, un acuerdo de paz definitivo sigue mostrándose tan esquivo como siempre. A pesar de las negociaciones mediadas por el grupo de Minsk de la OSCE, los avances en las negociaciones copresididas por Rusia, Francia y Estados Unidos han quedado frustrados por desacuerdos existentes sobre cuál debe ser el estatus definitivo de esta región poblada principalmente por armenios, pero situada en territorio de Azerbaiyán. Otro obstáculo ha sido la falta de legitimidad y de voluntad política de ambos países.

En 1921 el territorio quedó bajo la autoridad de Bakú. En 1988, el Consejo de Representantes del Pueblo de la región autónoma de Nagorno-Karabaj exigió la secesión de Azerbaiyán, provocando un estallido de violencia interétnica y el éxodo de azerbaiyanos y armenios étnicos de Armenia y Azerbaiyán, respectivamente. En la guerra que siguió, murieron aproximadamente 25.000 personas y hubo 1 millón de desplazados. Antes del acuerdo de alto el fuego de 1994, las fuerzas armenias controlaban el 16 por ciento de un territorio que la comunidad internacional sigue reconociendo como territorio soberano de Azerbaiyán.

Desde entonces, los intentos para encontrar una solución al conflicto, que muchos analistas regionales consideran una amenaza para la estabilidad a largo plazo del Cáucaso Sur, han fracasado, e incluso provocaron en su momento la dimisión del primer presidente de Armenia, Levón Ter-Petrosián. Ter-Petrosián, que accedió al poder durante la desintegración de la Unión Soviética de la mano del Movimiento de Karabaj, fue obligado a dimitir en 1998 por los nacionalistas de su propio círculo de confianza después de haber propiciado un acuerdo de paz demasiado concesivo. El acuerdo por etapas que proponía habría dejado sin resolver la cuestión del estatus definitivo de Nagorno-Karabaj.

Hoy, la cuestión del estatus sigue siendo el principal obstáculo, con la mayoría de armenios poco dispuestos a aceptar menos que la independencia para Karabaj, y Azerbaiyán poco dispuesta a ofrecer más que un alto grado de autonomía dentro de sus fronteras oficiales. La situación, así como la posibilidad de que se reanuden los combates, empeora por los cuantiosos ingresos que obtiene Azerbaiyán del petróleo y que utiliza, en parte, para reforzar su capacidad militar. Algunos analistas, como Thomas de Waal, autor de Black Garden: Armenia and Azerbaiyán through Peace and War (El jardín negro: Armenia y Azerbaiyán en la paz y la guerra), creen que podría estallar una nueva guerra en los próximos 5-10 años.

De hecho, incluso hoy día, las escaramuzas en la línea de frente son habituales, aunque todavía no han derivado en un conflicto militar en toda regla. El riesgo, sin embargo, existe.
Asimismo, después de la desastrosa guerra que enfrentó Georgia y Rusia en agosto de 2008, la situación ha cambiado en cierta manera si la comparamos con años anteriores. Sin acceso al mar y sufriendo el bloqueo de Azerbaiyán y Turquía, la economía armenia quedó seriamente afectada por este corto conflicto que interrumpió el comercio a través de su vecino georgiano. Un proceso paralelo para normalizar relaciones entre Yereván y Ankara condujo posteriormente a la firma de dos protocolos entre Armenia y Turquía en octubre del año pasado. Armenia saldría notablemente beneficiada si Turquía abriera de nuevo las fronteras que cerró en 1993 en solidaridad con Azerbaiyán.

Sin embargo los nacionalistas en Turquía y Armenia se oponen a tal movimiento y Bakú ha presionado a Ankara para que no ratifique los protocolos hasta que se avance significativamente en la resolución del conflicto de Nagorno-Karabaj. Azerbaiyán reclama la retirada parcial o completa de las tropas armenias establecidas en el territorio que rodea Karabaj, mientras que Turquía se daría por satisfecha con un calendario definitivo que marcara dicha retirada. Los términos de tal resolución se establecen en los denominados Principios de Madrid, el marco donde encontrar una solución definitiva.

En julio del año pasado, los presidentes francés, norteamericano y ruso hicieron una declaración en la cumbre del G8 en L’Aquila (Italia) con una propuesta marco para poner fin a la guerra. Los Principios de Madrid preveían el retorno de cinco de los siete territorios que rodean Karabaj y, posteriormente, de los otros dos restantes, la apertura de un corredor entre Armenia y Karabaj, el regreso de los desplazados a sus hogares y un estatus provisional para el territorio a la espera de un nuevo plebiscito. Al parecer, hubo acuerdo en la mayor parte de estos puntos, pero no se ha conseguido todavía un acuerdo marco total.

Por otra parte, el presidente armenio, Serge Sargsyan, enfrentado a una fuerte oposición en casa después de asumir el poder en 2008 tras unas disputadas elecciones, está siendo acusado por los nacionalistas y las fuerzas opositoras dentro de Armenia de “venderse” a Azerbaiyán. De hecho, aunque son pocos los analistas que así lo creen, el conflicto todavía marca la política nacional en Armenia y Azerbaiyán de la misma forma como definió la independencia.

Estos últimos años, algunas fuerzas nacionalistas de Armenia han lanzado campañas para convencer a los armenios de que Nagorno Karabaj integra ahora los siete territorios ocupados que la circundan. Las sedicentes autoridades de Stepanakert, la capital de Nagorno-Karabaj, también se han expresado en contra de las previsiones que establece el acuerdo de paz actualmente en discusión, y parecen más interesadas en mantener su status quo que en ceder el territorio que les rodea. Por su parte, Azerbaiyán sigue amenazando con volver a tomar por la fuerza Nagorno-Karabaj, así como los territorios ocupados.

La sociedad civil en Armenia y Azerbaiyán se muestra también incapaz de preparar a la población de ambos países para un acuerdo de paz que comprometa a ambas partes. Aunque se producen algunos proyectos transfronterizos y reuniones en terceros países, los medios de comunicación locales a menudo se autocensuran o propagan desinformaciones y noticias negativas. En una situación como esta, la posibilidad de alcanzar una paz duradera en los próximos años es poco probable, a no ser que Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, juntos, adopten un papel más proactivo en un intento por poner fin al conflicto.

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