Miguel Vázquez Liñán, Observatorio Eurasia ::: El libro de Jonathan Little “Chechenia, año III” describe una Chechenia corrupta, con miedos y bajo el oscuro mando de Ramzán Kadírov, al que bien le sirve el “que todo cambie para que todo siga igual.

El pasado ocho de marzo se cumplieron cinco años del asesinato de quien fuera presidente de Chechenia, Aslán Masjádov. A pesar de lo controvertido de su papel en la historia de Chechenia, aquel día de 2005 muchos sintieron desaparecer, definitivamente, las esperanzas de un diálogo entre Moscú y el ala moderada del independentismo checheno. A decir verdad, las esperanzas eran, ya entonces, insignificantes.

Mirando atrás resulta difícil, aún hoy, librarse de la idea de que la guerra en Chechenia podía haberse evitado con relativa facilidad, si quienes tenían la capacidad de decidir (con Yeltsin y Putin a la cabeza) no hubiesen optado tan “a la ligera”, por la solución armada. Tampoco es fácil hoy, por motivos parecidos, asumir la versión de que la guerra ha terminado.

La imagen de una Chechenia en permanente construcción, con nuevas carreteras, edificios, cafeterías y retratos, muchos retratos de los Kadírov, padre e hijo, es un tradicional ejercicio propagandístico. Borrar los signos de la guerra, permitiéndose para ello detalles de tan mal gusto como llamar “Avenida Putin” a una de las principales arterias de Grozny. El mensaje es tan evidente como tramposo: con Dudáev o Masjádov todo era destrucción, hoy en Chechenia todo está “recien pintado”.

Esta sensación se desprende también del reciente reportaje en profundidad que Jonathan Littell ha publicado bajo el título “Chechenia, año III” (RBA, 2010). Littell describe con lucidez un escenario complejo, con luces y sombras en torno al régimen de Kadírov. Leerlo da idea de cómo, usando como cemento el dinero de Moscú, el sátrapa de Tsentoroi está intentando unir los cristales rotos durante los últimos veinte años.

Littell nos transporta a una Chechenia corrupta hasta los tuétanos, en la que nadie dice del todo la verdad (por miedo), las lealtades son dudosas (también por miedo) y los antiguos guerrilleros son hoy consejeros de Kadírov; eso sí, a menudo previa humillación pública ante las cámaras de la televisión chechena. No obstante, hay también, en las páginas del libro, espacio para describir un sistema financiero, fundamentado en el negocio de la construcción, que da posibilidad de trabajar a un número importante de chechenos, y una República en la que las matanzas masivas e indiscriminadas ya no son la norma: el terror se ha hecho más selectivo.

La impunidad de la que goza Kadírov le ha permitido construir un régimen que depende de él, y sólo de él. “Moscú no tiene más opción que creer en Ramzán. Y él lo sabe perfectamente”. La sentencia es de Littell, y estremece teniendo en cuenta al personaje. Sus rivales políticos mueren misteriosamente, pero no parece que haya intención política (y sin ella no hay nada que hacer) de pedirle cuentas; asesinan a Politkóvskaya y Estemírova, que siempre lo criticaron duramente, y él levanta un monumento a los periodistas caídos en Grozny. Y cuando se alza la indignada voz de Oleg Orlov, director de Memorial, Kadírov lo lleva a los tribunales por calumnias.

Así las cosas, tiene sentido formularse preguntas, aún a sabiendas de que son retóricas, como ¿quién ha ganado con esta la guerra?, ¿se puede dar por cerrado el conflicto de Chechenia? Hoy las guerras no se suelen declarar; oficialmente, no existen. Tampoco son habituales, por lo tanto, los tratados y conferencias de paz. Chechenia ha pasado los últimos diez años bajo una “operación antiterrorista” que casi borró a la República del mapa. Del reportaje de Littell se desprende que los chechenos, incluyendo a quienes sirven a Kadírov (quizás especialmente ellos), hablan de la guerra en términos de victoria sobre Rusia. Los rusos se han ido y Ramzán, como bien apunta Littell, es el único dirigente de una región de la Federación Rusa que nombra a sus propios silovikí, con lo de contradicción esencial que ello supone con la famosa “vertical del poder” de Putin.

Por otro lado, la ley rusa tiene problemas para aplicarse en Chechenia, donde con pocos tapujos se habla de la sharia como ley, el trato a las mujeres es especialmente humillante, la poligamia practicada por el propio presidente y las violaciones a los derechos humanos más elementales siguen siendo denunciadas, por quienes aún se atreven, como sistemáticas. Ramzán parece sentirse cómodo en su papel de equilibrista, se mueve con soltura sobre la cuerda floja, la línea que separa lo tolerable (para Moscú), de lo intolerable. ¿Está Medvédev dispuesto a aceptar cualquier cosa que haga Kadírov? Littel reflexiona sobre este asunto: “La ‘línea roja’ de los rusos es de orden completamente simbólico, es incluso como un sacramento – ‘la infección del separatismo’ – y su aplicación práctica en el mundo real, una vez admitido que los chechenos renuncian formalmente a la idea de una independencia jurídica, sigue dependiendo mucho de las interpretaciones que se le den”.

Chechenia se ha convertido en un espejismo: las cafeterías de la Avenida Putin y la abundancia de Hummers y Toyotas oculta una realidad terrible. Además, Grozny ha exportado violencia a repúblicas como Daguestán e Ingushetia, que desde hace ya demasiado tiempo se encuentran en una situación crítica. Si el modelo de “resolución de conflictos” que Moscú ha adoptado en Chechenia se repite en esas repúblicas, pronto no cabrá duda de que Rusia ha vuelto a perder la guerra en el Cáucaso.

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